Del burka y las mezquitas

La Vanguardia, Oriol Pi de Cabanyes, 24-07-2013

Es deseable que, por ley, se quiera evitar que en el espacio público se vaya con la cara tapada. Con pasamontañas o con burka. Y es indeseable que un imán no respete a su autoridad civil porque es una mujer, como ya ha ocurrido. La democracia, aquí, está por encima de los usos y costumbres de sociedades que todavía consideran normal el sometimiento de las mujeres. Y el burka no es sólo un manera de vestir sino la evidencia de un patriarcalismo posesivo.

Pero aquí nos ahoga lo políticamente correcto. Cuando lo primero que conviene hacer es no negarse a la realidad y sus datos. Y es un dato que a la que los imanes entran en acción el velo se impone entre las niñas y las jóvenes en edad escolar que antes se socializaban más libremente. Y también es un dato que un tanto por ciento elevadísimo de los ingresos en las cárceles son de personas de procedencia exterior a las fronteras estatales.

Nadie debe escandalizarse farisaicamente por ello. Ni sirve de nada argumentar que con la expulsión sistemática de los extranjeros sin papeles se iban a solucionar los problemas de la delincuencia. Pero tampoco sirve de nada negarse demagógicamente a cualquier consideración a partir de este dato. No hay que criminalizar por sistema a ningún colectivo, pero tampoco dejar de entrar en la cuestión por miedo a ser tildado injustamente de racista.

En Barcelona está todavía pendiente el tema de la mezquita. Aunque se pagara también con petrodólares, ¿es deseable una gran edificación como la que Madrid levantó en la M-30? ¿O más bien convendrían varias pequeñas mezquitas adecentadas y en mejores condiciones, claro está, que el más de un centenar de locales que ya utilizan en Catalunya las comunidades de creyentes musulmanes?

Viven en Catalunya algunos centenares de miles de practicantes del islam. La administración debería tomarse en serio el tema. Vale que no deba construir mezquitas con dinero público, pero debe facilitar la posibilidad de que existan. Las instituciones representativas de la voluntad expresada en las urnas conviene que estén dispuestas a acoger a los ciudadanos de otras fes religiosas y a sus necesidades de culto.

Hay que abordar la cuestión sin esperar a que lo exijan de urgencia las circunstancias. En nada ayuda a sortear los conflictos que puedan plantearse afrontar un tema tan complejo con el mismo simplismo con que lo pretenden resolver los integristas.

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