PABLO SCARPELLINI
Cuando Hollywood se acercó a Hitler
Los Ángeles / El historiador Ben Urwand revela, en un libro que ha desatado polémica en la meca del cine, los esfuerzos ‘furtivos’ de los estudios americanos por cooperar con la causa nazi. Por
El Mundo, , 22-07-2013Hay momentos en el cine que son difíciles de olvidar, por muy patéticos que puedan resultar. Uno de ellos, sin duda, es la escena final de Rocky IV, con un Rocky Balboa masacrado sobre el ring de Moscú y poniendo en pie a la audiencia soviética con un discurso de hermandad balbuceado a duras penas, entre sangre y vísceras rivales. Aquello no fue sino la confirmación de un síntoma, el de la necesidad de tener siempre un enemigo común en pantalla.
En eso, la industria del cine fue siempre manifiestamente explícita, casi rayando en lo pueril, convencida de que había que crear un blanco común que las masas estadounidenses pudiesen detestar con la suficiente vehemencia como para atiborrar las salas de cine. Y en esa clasificación, los nazis fueron los número uno, más incluso que los pobres indios con sus pinturas y sus enclenques flechas.
De acuerdo a Urwand, un buen puñado de ejecutivos de Hollywood, algunos de ellos judíos, colaboraron con el partido de Adolf Hitler, Joseph Goebbels y compañía en la edición de películas que agredían de alguna forma o manera la sensibilidad teutona en esos tiempos. En parte lo hicieron por el convencimiento de que los alemanes terminarían ganando la guerra y que a la postre resultaría un buen negocio.
Fueron tan lejos en el empeño que incluso ayudaron con la propaganza nazi y con la financiación del armamento que habían de usar en la Segunda Guerra Mundial.
«Nadie sabía que Hollywood hizo negocios con los alemanes en los años 30, excepto por algunos historiadores que escucharon algo al respecto pero que decidieron no profundizar en el asunto por la polémica que conllevaba», explica Urwand. «Pero si se analiza bien, las implicaciones son terribles. Los estudios, entre ellos algunos de los de mayor prestigio, trabajaron con los nazis en las películas que se proyectaban por todo el mundo durante toda la década de los 30».
Urwand da cuenta de un ejemplo en particular, el de All Quiet on the Western Front, un filme de Lewis Milestone basado en la novela de Erich Maria Remarque y que da cuenta de la derrota del ejército alemán en la Primera Guerra Mundial.
En diciembre de 1930, el año en que se estrenó el largometraje, Goebbels organizó una férrea campaña de oposición contra la película y consiguió que se retirara de los cines. Tal era ya su imparable fuerza para establecer los códigos de censura.
Entonces, todo el mundo en Alemania llegó a la conclusión de que el aparato nazi había hecho lo correcto, puesto que la cinta hablaba de la derrota de sus ejércitos, un tema altamente impopular en aquellos momentos.
Lo grave del asunto no fue la censura que se le presuponía a los nazis por aquel entonces, sino el hecho de que el presidente de los estudios Universal viajase a Alemania para llegar a un acuerdo con Hitler. Su idea pasaba por lograr que se volviera a proyectar la cinta en el país, a cambio de modificar determinados aspectos en otros títulos que tampoco eran del agrado de los nazis.
El acuerdo involucraba la edición de esas películas para su proyección en todo el mundo, lo que a la postre ayudó en cierta medida a suavizar la imagen de los nazis en el resto del planeta. A tales cuotas llegó la pleitesía rendida que en una de las cartas enviadas a las oficinas de asuntos exteriores teutonas por los estudios Fox, se despedían al final con un elocuente Heil Hitler!
Después llegaría un tour por los estudios MGM, en 1939, para una docena de editores de periódicos germanos, un viaje que cristalizó en 20 películas modificadas por los ilustres invitados y asegurándose de que eliminaban cualquier personaje judío que pudiera aparecer en ellas.
Incluso Jack Warner, idolatrado por Groucho Marx por su forma de manejar su estudio, ordenó personalmente que se retirara la palabra judío de La vida de Emile Zola. «Hay un enorme mito sobre el hecho de que Warner Brothers fueron los valedores de la causa contra el fascismo», explica Urwand. «En realidad fueron los primeros en tratar de complacer a los nazis en 1933».
Todo ello porque se lanzaron a producir la primera cinta de crítica abierta a los ejércitos hitlerianos, Confesiones de un agente secreto (1939), con Edward G. Robison como protagonista. Sería el preludio de una nueva etapa con la guerra en marcha y los aliados en liza, ya con Hollywood volcado con la causa de los buenos contra los malos, los nazis con los que se entendió durante una década.
Son documentos de indiscutible valor a los que ha tenido acceso otro judío, el autor del libro, cuyos abuelos maternos se ocultaron en Hungría durante años para escapar del Holocausto. Urwand explica que comenzó con el proyecto en 2004, siendo un estudiante en la Universidad de Berkeley (California), en el área de San Francisco, y que a raíz de una entrevista que descubrió con el guionista Budd Schulberg, entendió que había cierta conexión entre Louis B. Mayer, fundador del poderoso estudio Metro Goldwyn Mayer, y la Alemania nazi, dejando, como otros de sus colegas de profesión, que editaran algunas de sus películas.
También aparecieron notas de los ayudantes de Hitler sobre la reacción del Führer a las películas que veía cada noche, amante de las ocurrencias de Laurel y Hardy –el gordo y el flaco–, pero un detractor acérrimo de la figura de Tarzán, en manos entonces del virtuoso nadador Johnny Weissmuller, gran campeón olímpico reconvertido a actor.
Urwand cree que los alemanes modificaron al menos una veintena de películas procedentes de Hollywood, algunas de las cuales sospecha que hubieran tenido un poderoso impacto en las audiencias a nivel internacional y en su forma de entender la clase de amenaza que realmente se estaba gestando en Berlín.
Otros historiadores han confirmado que muchos de esos filmes, en su formato original, contenían golpes directos a la idiosincracia del partido liderado por Hitler que cualquier espectador hubiera podido entender. Aún así, explican que en Hollywood había una especie de conflicto interno entre algunos de los ejecutivos de los estudios que permitieron la edición de sus cintas, y que al mismo tiempo estaban tratando de ayudar a los refugiados judíos que huían de la persecución nazi.
En cualquier caso, su desempeño fue siempre mejor que el del Departamento de Estado norteamericano, que durante esa década de los años 30 redobló los esfuerzos por bloquear las visas para los judíos que reiteradamente pedían asilo.
Lo de Hollywood es una complacencia que documenta ampliamente en su libro y que viene a constatar, de alguna forma, que nada ha cambiado en la meca del cine, plegada ahora ante los gustos y la censura del gigante chino, como hace poco vivió en sus propias carnes la última cinta de Quentin Tarantino, Django desencadenado, recortada por un desnudo considerado ofensivo en el país asiático. Aquí el dinero siempre ha sido lo primordial.
or fortuna, las cosas comenzaron a cambiar en la década de los 40, con la figura de Charles Chaplin como gran valedor de la causa contra los nazis. ‘El gran dictador’ fue su excelente aportación a la causa, una crítica ácida al hombre del pequeño bigotito, al fascismo imperante en Europa y al antisemitismo que habría de azotar el Viejo Continente. Su película causó polémica en una época en la que EEUU aún tenía buenas relaciones con Alemania. Hoy es, simplemente, una obra maestra.
Chaplin no ‘aceptó’
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