EMPRENDEDORES SIN PAPELES
Negocios clandestinos en Madrid
La crisis ha empujado a muchos empresarios a montar los negocios en su casa particular al margen de la ley para eludir el pago de los impuestos
El Mundo, , 13-07-2013El acceso está restringido a los que se saben el santo y seña. Hoy viernes Mariló, te traigo la leche es la llave del Ábrete Sésamo, aunque el sábado el eslogan cambiará. También lo hará el fixer nocturno o intermediario encargado de introducir a los invitados en la discoteca clandestina.
«Está todo bien pensado. Por dentro las ventanas están tapiadas y desde fuera no se ve nada. Además, el piso de arriba es del mismo dueño así que no levanta sospechas», explica Sara, una de las asistentes a las fiestas que cada fin de semana se organizan en una casa del centro de Madrid.
Los comensales son un grupo selecto. «Vas con amigos de amigos del que organiza la fiesta», relata. El propietario, describe la madrileña, lleva años organizando veladas privadas al margen de la ley. Viernes y sábados su casa se convierte en una discoteca en toda regla. «Sólo puedes acceder si vas con alguien de confianza que conoce la clave del día», explica la invitada.
En el interior del piso-búnker, cerca de 30 personas disfrutan de la noche. Las copas, a 11 euros. Un disjockey anima la fiesta. El menú varía. «Un día tienes Brugal, otro, ginebra». dicen. A 11 euros el combinado y una media de 30 personas, cada día de fiesta el barman clandestino se saca una media de 1.000 euros.
Mucho menos gana Ana (nombre ficticio), peluquera hasta hace poco de derecho, ahora sólo de hecho. Pone rulos y da color a las melenas en la clandestinidad de su hogar, con la tele puesta y la comida preparándose en el horno. No paga impuestos y tampoco alquiler por un local.
Era eso o la indigencia. La crisis echó el candado al salón de belleza que tardó años en montar. Demasiados impuestos, pocos ingresos.
Como ella, muchos emprendedores que han tenido que cerrar sus negocios por culpa de la crisis han optado por instalarse en casa. Cocineros que han improvisado menús domésticos en sus casas, como en los paladares cubanos. Dependientas o modistas que venden el género a sus clientas mientras les sirven el té. Ya no pagan impuestos, trabajan al margen de la ley.
«Estuve mucho tiempo sin sueldo. Todo lo que ganaba se me iba en gastos». Cerca de 6.000 euros se le esfumaban a Ana cada mes en el pago del alquiler, luz y tasas de autónomos. Las cuentas no salían. Tuvo que hacer la maleta e irse a vivir con su pareja, acampar en la peluquería porque ya no podía pagar el alquiler de su piso.
Era el negocio o la vida. Y optó por lo segundo. «Así estuve tres años. O me arruinaba o me arruinaba», dice. Buscó un piso nuevo, discreto y barato en el que vivir y trabajar y trasladó espejos, secadores, lavaderos y tintes. «Aunque cobro menos el porcentaje de ganancia es mayor», explica mientras remata el tinte a una de sus clientas. «Ahora gano unos 2.000, pero con eso pago el alquiler, los gastos de electricidad, los productos y además incluye mi sueldo», explica.
En casa ajena adecentarse la cabellera es más barato. La factura de caja baja un 30%. Gana Ana y también sus clientes. «Me da para vivir, no para hacerme millonaria. Ahora quiero ser feliz, ya no tengo las ambiciones profesionales que tenía antes. No estoy dada de alta pero sé que si tengo un mes malo me puedo recuperar», dice.
Para aumentar los ingresos Ana daba comidas y desayunos. Su casa se convirtió en una especie de paladar cubano. «Mi compañero de piso era cocinero y los menús eran un pellizquito extra», explica. El almuerzo, como la copa, requiere de un santo y seña. En este caso, el que pide cita no sabe dónde va a pasar la velada hasta horas antes. Porque la historia de Ana se repite en los fogones con, pongamos, Pedro. Carrera prometedora en uno de los mejores restaurantes de la periferia, la crisis sepultó su alta cocina y el gourmet optó por instalar el negocio en casa.
Alquiló un piso en el centro de Madrid. Pronto dará cenas con un menú cerrado a grupos reducidos. «En los últimos años de la crisis el negocio fue decayendo hasta que tuvo que cerrar», explica una de las clientas de Pedro, de identidad también anónima.
Los clientes no sabrán la dirección hasta el día de la cita. «Mueve la oferta por redes sociales, primero entre amigos y conocidos, y siempre con claves. El menú es cerrado precisamente porque teme publicarlo en algún sitio y que le pillen», relata.
Cualquier precaución es poca. En los bajos de un edificio en el corazón de Madrid una familia africana vende trapos y cachivaches. Su tienda también está al margen del fisco. Abren día sí, tres no. Se trata de no levantar sospechas.
Para Ana, no se les deja otra opción. Se trata de sobrevivir. «Al principio pensaba que iba a ser una cosa temporal, pero ahora pienso que si puede estaré así bastante tiempo. No quiero preocupaciones, solo quiero vivir tranquila».
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