SIDI LARBI La danza de las identidades
El coreógrafo belgomarroquí lleva al Grec su ‘Puz/zle’
La Vanguardia, , 15-07-2013Yo soy Sidi Larbi Cherkaoui, soy un hombre, soy un hijo, un coreógrafo, un homosexual, soy belga, tengo un tatuaje, ojos marrones, soy el hijo de un emigrante. Soy todo eso y muchas cosas más. Es el caso de todos, son los elementos que me unen a los demás”. Con esta poderosa declaración arrancaba hace tres años Sidi Larbi Cherkaoui el documental que le dedicaba la cadena franco-alemana Arte. Una declaración a la que podría haber añadido que ama los cómics, especialmente los japoneses y, dentro de ellos, los de Osamu Tezuka “por su humanidad y empatía y por ir a la naturaleza oscura de nuestro comportamiento”. Pero también podría haber recordado que sus coreografías han logrado en pocos años un éxito internacional que le ha llevado a crear su propia compañía, Eastman, que significa, como Cherkaoui, hombre del este. O que no puede parar quieto: ha hecho dúo con la bailaora María Pagés en Dunas, ha coreografiado a monjes shaolín en Sutra, ha danzado en Play con Shantala Shivalingappa, bailarina de kuchipudi, ha creado una coreografía en homenaje a TeZukA e incluso se ha atrevido con el tango en Milonga.
En fin, que cuando, como hoy y mañana, Sidi Larbi Cherkaoui (Amberes, 1976) presenta en el festival Grec una obra titulada Puz/zle con 11 bailarines y ocho músicos, resulta difícil no preguntarle si Puz/zle no es él. Sonríe, y con voz siempre baja, cercana a la confidencia, explica que “quería llamar la obra Petrus, como piedra, pero en la cantera en la que hicimos la première en Aviñón vi tantos trozos de piedra que me pareció un puzzle que debía volver a unir. Una piedra siempre viene de haberse roto de otra masa mayor, e imaginé ponerlas todas de nuevo juntas, ensamblar de nuevo todo el mundo. Y lo llamé Puz/zle”.
Un puzzle de piedras, muros, desplazados o grafiteados. Pero también un puzzle de identidades, y no sólo las de los bailarines, que van del clásico al hiphop: la mezcla de músicos es impresionante, desde Japón hasta Córcega, Líbano o la electrónica. “Cuando oyes la música no sabes de dónde viene, pero suena como si hubiera estado siempre ahí. La armonía es tan lógica que no imaginas que no canten siempre juntos. Es importante mostrar la posibilidad de crear nuevas culturas de la mezcla de otras”. Y es que Cherkaoui dice que Puz/zle es “una reacción química”. “Quiero desconectar de las diferencias simplistas que los nacionalistas hacen entre la gente y cuestionar cosas normalmente asociadas, como que si oímos un tema árabe ha de ser musulmán. Fadia Tomb El-Hage es libanesa y cristiana”.
En ese sentido, cuenta que su referencia es el libro de Amin Maalouf, Identidades asesinas (Alianza). “Es mi Biblia. Habla de las múltiples identidades que tenemos. Puedes ser un hombre, venir de cierto país, tener tal trabajo, y todo eso puede separarnos o unirnos. Todo el mundo es muchas cosas, tiene diferentes identidades, pero nos focalizamos en una y decimos o creemos ser esa. Pero eres mucho más que sólo eso. Este libro te permite colocarte en el mundo sin convertirte en prisionero de tu imagen de ti. Fue muy liberador para mí poder decir soy artista pero también marroquí, belga… apoyar mi identidad con otras identidades porque siempre puedo encontrar algo que me conecte al mundo exterior más que sentirme una víctima del racismo o el miedo”.
De hecho, dice, él que siempre llena de juego sus obras, Puz/zle es muy meditativa. “Al crearla habían pasado muchas cosas en mi vida, hubo el tsunami en Japón y mi compañero es japonés, fuimos…”. A lo que se añade que “la piedra está muy ligada a la muerte, a las tumbas y las estatuas, la imagen de alguien que no se moverá más”. Pero con las piedras ha creado un lenguaje para que hablen, para recorrer la historia por sociedades que construyen y destruyen. Así, inspirado por las
hormigas que iban y venían bajo las piedras de Aviñón en un caos que simplemente era “un orden que aún no sabemos ver”, da vida a unos humanos muy similares que luego evolucionan, crean templos, dioses, guerrean y llega un tiempo en el que “en vez de imitar las piedras, hacen que las piedras se parezcan a ellos”. Un recorrido que llega a esa generación de los ochenta, que “dibuja en las piedras, no las trabaja. Es la generación grafiti, la que está haciendo el arte real, no teatro, no por dinero, sólo por expresarse. Me fascina”. Y todo el rato hay un juego entre lo estático y el movimiento, piedra y cuerpo, quedarse quieto y avanzar, pararse y reflexionar o hacer y no pensar.
El coreógrafo prefiere hacer. Duerme cuatro horas porque no para de tener ideas pero quiere mantener lo hecho: “Pienso que si paro no volveré a comenzar. Soy muy analítico. Si al mirar atrás lo que veo me impresiona me daría miedo el futuro. Necesito avanzar, aceptar nuevos estilos, partes de mí. Es cuestión de cambiar y cambiar. De metamorfosis”. De hecho, concluye, “aprender es la única cosa que me hace feliz. Cuando hablo y no hago o hago pero no intercambio, me siento deprimido. Ahora trato de aprender a hacer música, desde un lugar humilde. Me gustaría crecer en eso. Tocaré cuando sienta que estoy listo. Soy curioso, abierto y tengo una memoria que me ayuda mucho”.
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