Rezos y dátiles nocturnos hacia La Meca
En Madrid viven más de 120.000 españoles que profesan el islam
El Mundo, , 12-07-2013Abbas acude con su hijo a celebrar
el primer día del mes sagrado del
islam en el Centro Cultural Islámico
de Madrid. Tamer, estudiante de
medicina, empezó a tomarse en serio
el islam cuando tenía nueve
años. «En mi primer Ramadán
ayuné un día sí y otro no», recuerda.
Ahora, los cinco pilares del islam
forman parte de su vida: la fe
en Alá como única divinidad, la
oración cinco veces al día, la limosna
a los necesitados, la peregrinación
a La Meca y el mes de ayuno.
Así lo hacen también 120.000 españoles
musulmanes en Madrid, según
un estudio de la Unión de Comunidades
Islámicas de España.
Sin embargo, no todos los miembros
de su familia mantienen esta
costumbre litúrgica. Su madre, toledana,
no se ha convertido; como
tampoco lo ha hecho su hermana.
«Somos una familia rara –bromea
Abbas–. Pero creo que es mejor así.
Cuando las mujeres se casan con
un musulmán y se convierten al islam
siempre acaba habiendo problemas.
No lo aconsejo».
Cuando el sol se esconde tras la
autovía, el centro islámico se llena.
En la conocida como la mezquita
de la M-30 aguardan bandejas de
dátiles, la comida tradicional para
la ruptura del ayuno.
Las mujeres entran a su zona
por la puerta de la izquierda. En el
pasillo del primer piso, se sitúan en
torno a las mesas dispuestas para
ellas y sus hijos.
Por la puerta principal, a la derecha,
pasan los hombres, cuyo número
supera con amplitud al de las
mujeres. La tensión tras el primer
día de ayuno es evidente, aunque
domina la tranquilidad. Tras los dátiles,
el imán llama a la oración del
Magreb. Las mujeres se distribuyen
en una fila en su zona de oración,
de apenas cuatro metros de ancho.
A través de la celosía se observa
a los hombres, dos pisos más abajo,
en una sala que quintuplica la
superficie de la de las mujeres.
En un rincón, sin pisar las alfombras
que recubren la zona de oración,
Khadija observa a sus compañeras.
«Mientras tenemos la regla,
las mujeres no podemos hacer el
Ramadán ni entrar a los lugares sagrados.
Cuando esté limpia recuperaré
los días de ayuno», explica.
Abdelkader tiene un Corán con
una transcripción fonética latina que
le permite seguir las plegarias árabes.
Al leer, imita el soniquete de sus
compañeros de rezo. Su nombre original
es Juan y en su juventud fue seminarista.
Finalmente, se apartó de
la senda del catolicismo y, 20 años
después, entró en el seno del islam.
Pero la lectura del Corán no es
lo más difícil de esta nueva fe. En
su empresa no ven con buenos
ojos las oraciones. «Tengo que esconderme
para rezar. En mi trabajo
piensan que ser musulmán es
ser terrorista», lamenta.
El Ramadán, explica Tamer, consiste
en ser mejores creyentes. Con
la llamada del imán, Abbas y su hijo
se pierden en la multitud que reza
el Tarawih en el patio, dispuestos
a acercarse más a Dios.
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Vea cómo viven el Ramadán los
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