“Ahora soy la persona que quiero ser”

La Vanguardia, TONI COROMINA / LLIBERT TEIXIDÓ (FOTO), 01-07-2013

En el 2004, Laila Karrouch (1977), nacida en un pueblecito rural de la región de Nador, en el norte de Marruecos, publicó en catalán su primer libro, De Nador a Vic, el relato de su llegada a Vic a los ocho años y la sacudida emocional derivada del proceso de adaptación a una nueva vida y a unas costumbres desconocidas. A pesar de la añoranza de su tierra, donde de pequeña jugaba a construir muñecas y casas de barro, en Vic hizo nuevas amistades, estudió en el instituto, se casó y se forjó una nueva personalidad con ingredientes de dos mundos diferentes y cuatro lenguas: tamazigh, árabe, catalán y castellano.

Nueve años después de un sorprendente éxito editorial, acaba de publicar Petjades de Nador (Columna), la continuación del primer libro, aunque esta vez ha optado por escribir en primera persona su acceso a la madurez y a la superación del proceso de integración en la sociedad vicense, en formato de novela autobiográfica, con muchas dosis de ficción. En el intervalo de los dos libros han cambiado muchas cosas: “He tenido otra niña y me he divorciado, un paso difícil de aceptar por mi familia. Y he cursado la carrera universitaria de enfermería. Me he centrado en cuestiones que no son identitarias. He descubierto que puedo navegar en los dos mares. Ahora soy la persona que quiero ser, no la que los otros pretenden que sea”, explica.
Además de trabajar de enfermera, explica cuentos árabes y hace charlas en las escuelas: “Un día, una niña me preguntó cuándo escribiría la continuación del primer libro. Aquella niña tenía razón y lo he hecho. El título me vino como un flash, mientras iba en tren en Barcelona, cuando la novela ya estaba acabada. Refleja el hecho de que mi tierra me ha marcado para siempre. Las huellas de referencia son circulares y las encuentro cada vez que voy a Marruecos de vacaciones. No he roto el cordón umbilical que me une a Nador. Antes pensaba que no tendría la necesidad de volver; pero ahora no lo veo así. Estoy muy bien en Vic, donde compagino la vida laboral con la educación de las niñas. Hago malabarismos, como la mayoría de familias, aunque mi hermana me ayuda mucho. Pero soy consciente de que siempre seré inmigrante: mis raíces están allí. Quizás me jubilaré en mi tierra”, apunta.
Piensa que en Marruecos hay más vida social y que el tempo es más relajado que en Catalunya: “Me sorprende que, en Vic, para ir a tomar un café tengas que llamar y quedar a una hora concreta. A la larga lo he entendido, porque si tienes una agenda llena tienes que estar disponible. Los dos mundos se pueden entender si los has vivido. Aparentemente pueden parecer diferentes, pero no lo son tanto. La diferencia más visible es la vestimenta, a menudo relacionada con la religión; aunque también hay gente catalana muy religiosa que no se distingue por el vestuario. La religión es un tema íntimo. Cuando en una celebración me piden que beba cava, digo no me apetece; pero si insisten digo que soy musulmana. No creo que eso se tenga que explicar como una excusa, de la misma manera que un diabético no debería dar explicaciones para rechazar un pastel”.
Laila ha observado un fenómeno curioso en su colectivo. A principios de los setenta, los primeros magrebíes que se establecieron en Vic, la mayoría hombres, estaban abiertos a los cambios y a la integración. Pero cuando empezaron a fundar familias, se produjo un estancamiento: “Hoy, cuando vamos de vacaciones a Nador, nos damos cuenta de que allí las cosas han evolucionado con naturalidad. Se priorizan los estudios y el trabajo. El papel de la mujer ha cambiado en muchos aspectos y el matrimonio ya no es una prioridad. Las mujeres que vivimos en Vic no mostramos la realidad de las mujeres que viven en las ciudades de Marruecos. Aquí, ya sea por la cerrazón de los marroquíes o por la incomprensión de determinados sectores vicenses, vivimos anclados en el pasado. Hay muchas personas sin alfabetizar o con pocos estudios, sobre todo las mujeres. Nos hemos estancado: falta conexión con gente autóctona”, lamenta. Con todo, cree que la visión de Vic como una ciudad xenófoba es exagerada: “La gente que no ha tenido problemas graves por motivo de procedencia, no nota el racismo. En cambio, quien ha tenido algún tropiezo es normal que piense lo contrario”, matiza.
Antes de redactar su segundo libro, pensaba escribir una novela protagonizada por un chico marroquí que quería cruzar el mar. Pero cuando un primo suyo murió ahogado en el estrecho de Gibraltar paralizó el proyecto. También tenía perfilada una novela, Sota la gel·laba, sobre las relaciones entre una joven, su marido y la suegra, que quizás un día reanudará. Mientras tanto dice que le gustaría vivir un tiempo en otro lugar, “con mis hijas, para comprender más a la gente y para que las niñas vean que existen otros mundos. Preferiblemente un país de habla inglesa. El inconveniente es que quisiera que fuera un país próximo y cálido. Quizás tendré que inventarlo”.

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