Cuando toca emigrar

El Mundo, VICENTE SALANER , 25-06-2013

Saber idiomas fue durante mucho tiempo algo inhabitual en el deporte español, y sobre todo en el fútbol: aquí se inmigraba, no se emigraba, y que los Kubala y Puskas aprendiesen la lengua local, qué narices. (Una duda: ¿aprendió entonces Kubala el catalán). Eso nos dio, a quienes ya habíamos emigrado por otros motivos y aprendido idiomas, unas oportunidades que de otra manera ni hubiésemos soñado.

Hace 41 años, cuando Antonio Serra –seleccionador juvenil de baloncesto y futuro técnico del Barcelona– obtuvo una beca de la Federación para seguir el campamento preolímpico de la selección norteamericana, ¡en Hawaii!, llamó a este cronista para decirle: «Mira, no sé nada de inglés. Te invito a acompañarme». Fantástico. Y así pudimos ver al histórico Hank Iba y a sus pupilos, a punto de convertirse en históricos a su vez con la primera derrota de su baloncesto, en Múnich. Tampoco hablaba nada de inglés Pedro Ferrándiz, y eso permitió al susodicho chaval anglófono gestionar directamente los fichajes de Bob McIntyre, Wayne Brabender, Miles Aiken…

Desde entonces el baloncesto, el atletismo y la natación se han vuelto mucho más cosmopolitas y políglotas, y chollos como aquellos no se dan ya. Pero en el fútbol el movimiento no ha sido tan espectacular, entre otras cosas porque justa o injustamente se les supone a sus jugadores y técnicos un nivel educativo más desigual. Causó mucha polémica en su día el que el tándem Florentino/Valdano decidiese que la falta de idiomas de Vicente del Bosque era una de las razones de peso para prescindir de sus servicios, una decisión de la que probablemente llevan años arrepintiéndose. (Y si no es el caso, se equivocan). Polémica sí, no sorpresa, porque nunca se nos ocurrió que un Miguel Muñoz o un Luis Aragonés tuviese que saber algo más que su castellano nativo.

Llevamos años ya de emigración de futbolistas y entrenadores, y nos consta que muchos de ellos han aprendido correctamente, aunque también sabemos que a países muy exóticos como China o Rusia solamente viajan con un intérprete colgado. Lo que sucede es que lo que hasta ahora hemos oído chapurrear a nuestros futbolistas ha sido francés y, sobre todo, inglés: los idiomas que, mal que bien, todos los españoles han estudiado siquiera un poquito dentro de esos planes de Bachillerato siempre tan lamentables en el capítulo de lenguas extranjeras. Lo que ha hecho Pep Guardiola es demostrar que, con esfuerzo y profesionalidad dignas de un extranjero –¿del pequeño país al norte del Ebro?–, en unos meses se puede dominar con cierta solvencia el alemán, sinónimo de lo imposible. Y eso aquí sí que impresiona. Mucho.

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