Ya es primavera en las chabolas del Gallinero

Historias del poblado rumano, que este sábado celebró el buen tiempo

El Mundo, PABLO HERRAIZ, 03-06-2013

El buen tiempo ha sido la excusa para hacer una fiesta, y las buenas fotos el pretexto para escribir sobre un poblado que ya se hace mayor en la capital, que sobrevive pese a denuncias, intervenciones policiales, derribos autorizados por el juez, derribos ilegales, incendios donde muere gente e inundaciones donde se ahogan ratas y coches.

La parroquia de San Carlos Borromeo organizó el sábado pasado una fiesta de la primavera en las chabolas del Gallinero, un asentamiento que ha tenido en sus momentos de mayor ocupación cerca de 500 habitantes.

Los recuerdos de este poblado empiezan un verano de hace ya al menos seis años, cuando la llegada del calor hizo salir a las ratas de sus agujeros. En Madrid no las hay tan grandes como las de este sitio, y será porque no les falta nunca basura que comer, o por los aires tóxicos de la incineradora de Valdemingómez, que siempre huele a azufre. Tampoco les faltan talones y tobillitos de niños para morder.

Después de aquel verano, pasó un año sin volver a oír nada de las chabolas. Luego llegó el nuevo estío, y al final un otoño que trajo lluvias como las de este año: copiosas, incesantes. Y así se formó una laguna en el Gallinero que sacó a flote las miserias de los rumanos que allí malviven.

Los lodos contaminados que son los cimientos del poblado impermeabilizaron el suelo, hasta que la charca llegó a tener un metro de profundidad y muchos, muchos de diámetro. Un día ya tuvieron que ir los bomberos y achicar como pudieron. Por encima del agua quedaban cables de alta tensión; por debajo, medias chabolas, medios coches y muchos muebles viejos y rotos. Cuando aquellas lluvias acabaron ya todo el mundo conocía el poblado, porque si algo tienen sus habitantes es que reciben a todo el que quiera ir y le enseñan sus casetas, para que se sepa cómo viven.

En aquel entonces, cuando ya había salido el sol, la primera chabola del camino, a las puertas del poblado, la ocupaba una mujer con sus tres hijos, y uno de ellos se llamaba Roberto. En esos días ella estaba sola con los niños, porque su marido ya se había vuelto a Rumanía. Aun así, decía la mujer que es que en su país vivían mucho peor que en el Gallinero, que seguramente es el peor sitio que hay para vivir en todo Madrid.

Roberto y su hermano jugaban al fútbol, tiraban piedras a las ratas y compartieron un cruasán que les cayó regalado una mañana. Cuando no tenían bollos, que era casi siempre, cogían mendrugos de pan del suelo. En su chabola se calentaban con una cocina eléctrica, encendida permanentemente y al máximo, mientras las paredes, el suelo y el techo estaban forrados con alfombras para que no pasara el frío a través de los cartones.

La siguiente vez, la madre y los niños se acababan de volver a su país, porque querían reunirse con el padre. Todavía quedaban en el poblado varios familiares de ellos, que les mandaron por correo unos retratos hechos la visita anterior.

Más adelante se produjeron las primeras tragedias. Un día se incendió una casucha y murió una persona. Otro que vivía al lado tenía la oreja absolutamente quemada, purulenta, y mientras bebía cerveza en lata caminaba entre las cenizas, en busca de algún objeto que salvar, aunque ya no quedaba nada. En otra ocasión, uno del poblado se electrocutó mientras trataba de engancharse al suministro eléctrico.

La Policía y la Guardia Civil hicieron muchas operaciones y registros en el poblado. La verdad es que paseando entre las infraviviendas, en las zonas más internas, no era raro para nada ver montones de varios metros de altura con restos de cables pelados. El cobre robado era una fuente de ingresos buena para muchos de ellos. La chatarra también les daba de comer; y a algunos, no a todos, la mendicidad en los semáforos y las carteras de los turistas. Los niños son muchos porque nunca faltan embarazadas, y la parroquia se preocupa de que vayan al colegio todo lo que puedan. También juegan al fútbol y van a catequesis, y otras veces montan talleres para enseñarles cosas. Hace unas semanas el Ayuntamiento derribó una chabola legalmente y otras dos con mala fe, según denunciaron.

Este sábado pasado, Rebeca se peinaba su larga melena y a Irlanda, de ocho años, la bañó su abuela. Una vida normal. Por decir algo.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)