JOAN ANTON BENACH

El racismo que no cesa

La Vanguardia, , 07-05-2013

¡El día que Santiago Rusiñol decidió poner su debilidad por la ironía y la sátira social al servicio de la denuncia de sus coetáneos burgueses, por hipócritas reconsagrados, aquel día, Santiago Rusiñol empezó a escribir Llibertat! La obra se estrenó en agosto de 1901, en italiano, en el Novetats, por la compañía de la Vitaliani, y el 11 de octubre del mismo año en el Romea dirigida por Enric Borràs. Después de la juerga cordial de L’alegria que passa y de otros cuadros líricos y no líricos del mismo autor estrenados unos meses antes, el aguijón que Rusiñol hundía en el corazón de muchos de sus admiradores desconcertados hizo que la comedia indignada pidiera el auxilio inmediato del olvido y que Els Jocs Florals de Canprosa, del abril siguiente, a pesar de la censura que provocó en unos ridículos lletraferits, restituyeran la imagen benevolente del autor.
Dirigida por Josep Maria Mestres, la resurrección de Llibertat! en el TNC, después de un larguísimo olvido de 111 años –en 1902 se presentó en castellano en el Novetats– es, pues, un acontecimiento. La comedia arranca en la plaza de un “pueblo cualquiera de la costa, de esos –dice el autor– que llegan americanos”. El de la fábula es Don Patríciu (Camilo García) y es recibido con una entusiasta bienvenida por parte del alcalde (Quimet Pla), el maestro (Artur Trias) y todos los vecinos, es decir, el grueso de los actores y los espectadores de la Sala Petita, invitados a blandir unas banderitas en una acción que parece de La Cubana.
Mestres ha dirigido el primer acto con la gracia y la seguridad que requieren las acciones con muchos intérpretes en escena –aquí una veintena– y sin escatimar aquellas señales de legítima complicidad con el espectador, un pelo exageradas, ante los barbarismos castellanos rusiñolescos y las sobreactuaciones presuntuosos de los vecinos endomingados. Esta primera parte es una diversión excelente que el director sabe declinar con mucha maña, hasta que el niño negro (Artur Raurich) que Don Patríciu ha llevado al pueblo queda solo, abandonado por todos. Mestres no quiere anticipar el conflicto, como sí hace el autor, y suprime la intervención de Martinet (Roger Casamajor) que clama contra la “manada de asesinos” hostiles con el pequeño forastero.
El cambio de registro del acto segundo está muy bien resuelto. Han pasado diez años, y el negro Jaumet (Òscar Kapoya) recibe ahora muestras de confianza por parte de los hombres del casino. De repente, sin embargo, todo cambia y estalla un racismo general, contagioso, violento, desde que el forastero pide la mano de la Florentina (Aina Sánchez), hija del factótum Pere Anton (Jordi Martínez), el cual vierte sobre el negro todo su menosprecio. La violencia racial se añade a los disturbios de los obreros que quieren ir a la huelga para protestar contra el maquinismo que les roba puestos de trabajo, y el director complica la obra lastimosamente hasta el final del acto tercero. La buena interpretación de todo el mundo –destacan Martínez, Trias, Casamajor, Maife Gil, Pla, entre otros– se mezcla con una adaptación contemporánea delirante: ¡Se escucha una grabación que va de Macià al 11 de septiembre del 2012, y los obreros gritan libertad equipados con móviles y tabletas electrónicas de última generación!. Una broma, sin duda. Ahora bien, pienso que no puede estar muy lejos el día en que algunos directores se den cuenta de que el público no es imbécil y puede discernir lo que de actual hay en un clásico, sin tener que inventar una dramaturgia aberrante. O una broma torpe.

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