Casi la maté, porque era mía
Mohammed M. / Marroquí residente en España, novio de la paraguaya Jennifer PISTAS / Una ruptura / Un teléfono móvil en manos libres / Una pistola sin licencia de uso
El Mundo, , 31-03-2013«Se acabó. Hemos terminado. A
partir de ahora, tú por tu lado y yo
por el mío». Es lunes, 27 de septiembre
de 2011, y aquí terminan
cuatro años y medio de relación
entre Jennifer y Mohammed.
Ella, paraguaya, coge el móvil y le
llama a él, marroquí. «Todo ha terminado
», le dice. «No quiero verte
más», le espeta. «Déjame en paz»,
termina. Sin embargo, la historia no
acaba, sino que comienza aquí.
Porque él responde: «Claro que
sí vas a estar conmigo, voy a ir a tu
trabajo a las tres y media y vas a
subir a la fuerza a mi coche».
La amenaza se cumple. A esa
hora,Mohammed se presenta en el
trabajo de la joven, en Pozuelo.
Susana, la jefa de Jennifer, ve el
percal y saca a la chica en coche.
Mohammed no se arredra. Se
acerca a la ventanilla, golpea con
los nudillos, y repite su exigencia:
«Baja de ahí, tú vienes conmigo».
Las dos mujeres, asustadas pero
protegidas, huyen. Mohammed se
sube en su coche y persigue su obsesión,
hasta la parada de Monte
Claro, en Pozuelo.
Jennifer sale del coche y consigue
coger el autobús antes de que
él la pesque a ella.
Mohammed se vuelve a subir al
coche y persigue, ahora, al autobús.
Localiza el asiento en que está
sentada la mujer que aún cree
poseer y, durante el trayecto, se dedica
a gesticular hacia ella.
El gesto: Mohammed se pasa el
dedo índice de lado a lado del cuello,
lo que no contribuye a tranquilizar
más a su ex pareja.
Jennifer logra llegar hasta la parada
de metro de Aluche, y tomar
su tren antes de que Mohammed le
ponga las manos encima.
Así que el acoso, tiempos mandan,
se traslada ahora al teléfono.
Una cascada de mensajes se
cierne sobre la chica, que soporta
el chorreo hasta la noche.
Mohammed posee a Jennifer como
quien tiene unos pantalones, y
no está dispuesto a quedarse desnudo
frente a la vida.
«La Policía no podrá estar las 24
horas del día contigo, ni tus amigos,
y en ese momento que te vea
sola te voy a matar».
La cosa se pone, pues, fea.
Jennifer, escuchado lo escuchado
y visto lo visto, se va a la comisaría
más cercana.
Cuando se encuentra delante
mismo del mostrador, dando cuenta
de lo que está sucediendo, recibe
otra llamada de Mohammed.
Jennifer descuelga y escucha un
torrente de amenazas, así que pone
el manos libres.
Lo que escuchan los dos agentes
que la atienden es lo siguiente: «Te
voy a hacer daño en Paraguay, te lo
voy a hacer pasar mal como tú amí,
te voy a dar dondemás te duele».
Así que, sobre la marcha, el
Juzgado número 9 de Violencia
contra la Mujer de Madrid prohibe
a Mohammed acercarse a Jennifer
a menos de 500 metros.
Un mes después, el 28 de octubre,
vuelve a la carga. El hombre va primero
al trabajo de Jennifer y, al no
hallarla, a su casa. Consigue entrar
en el portal cuando sale alguien.
Se esconde detrás de una puerta,
y, como en las películas, como en la
realidad, espera pacientemente a su
propiedad, su víctima.
Pasan varias horas, pero Jennifer,
finalmente, aparece.
Ha llegado el momento de Mohammed,
que, según el relato de la
Fiscalía, salta hacia la mujer.
«Cabrona de mierda, porque lo
has hecho, a ver si tienes tiempo
para contar esto».
Mohammed saca una de las manos
que tiene en el bolsillo.
En ella, una pistola –para la que,
por cierto, él no tiene licencia–.
Mohammed aprieta el gatillo.
Suena un clic, pero no una detonación.
Mohammed vuelve a apretar.
Otro clic.
Así que, en vista de que no puede
poseer a Jennifer, y tampoco
matarla, Mohammed se lanza contra
la mujer y la golpea en la cabeza
con la pistola durante un buen
rato, hasta que salen los vecinos y
él, ahora sí, huye.
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