Rosa / Detenida en Barajas con 59 bolas de coca en su estómago: 715,1 gramos PISTAS / Una pareja que merodea por el aeropuerto / Una vieja dolencia / Una prisión lejos de casa / Un viaje desde Santo Domingo / Y el olvido eterno

Se llamaba Rosa, y cruzó el océano para morir

El Mundo, EM2 MADRID, 10-03-2013

Es difícil saber si cuando Rosa
montó en aquel avión sabía, o siquiera
imaginaba, el desenlace
que le esperaba en España. Tampoco
se puede dilucidar si esta dominicana
hizo aquello como un
viaje a la desesperada, con la finalidad
de salvar su vida, en un último
intento de recuperar la salud, o
si más bien pensó que el riesgo
merecía la pena porque ya estaba
muerta de todas formas.
Pero Rosa acabó aceptando la
propuesta, a cambio del dinero
que fuese, que nunca es suficiente
en caso de que todo salga mal. Lo
habitual cuando uno arriesga a volar
sobre el Atlántico con el estómago
lleno de cocaína no son más
de 5.000 euros. Si llega.
Y el peligro, claro: un reventón
de cualquiera de las pepitas de
droga supone una muerte rápida y
dolorosa, agónica.
Mas no fue el caso de Rosa, que
aterrizó en Barajas con su tripa
hinchada, sudando y con cierta palidez.
Los guardias y policías del
aeropuerto cuentan que les huele
mal el aliento a todos los boleros,
porque llevar el estómago repleto
de plásticos cargados de cocaína
provoca reflujos extraños.
La dominicana bajó del avión, el
frío 16 de enero de 2012. A los 10
minutos, un hombre y una mujer
que merodeaban por el aeropuerto
la recogieron. Pero poco duró el
negocio, cuando les pillaron a los
tres. A él lo mandaron a prisión.
También a Rosa. No está muy claro
si le ocurrió lo mismo a la otra.
Seguramente les estaban esperando,
y ya sabían que ella traía
droga, bien por un chivatazo, bien
porque bajó nerviosa del avión
Ella dijo cuando la
detuvieron con la
droga que estaba
enferma del corazón
Al haberse muerto,
ya no hay causa
posible contra ella
ni se investiga más
pasos rápidos levantan la sospecha
del veterano.
A Rosa le hicieron radiografías,
como siempre en estos casos, y llevaba
59 bolas de plástico rellenas
de coca, que le sacaron en el hospital
con un lavado de estómago. El
peso total de las bolas fue de 715,1
gramos. La pureza de la droga era
del 59,4%, como dictaminó el departamento
de Farmacia.
Todo esto en la calle habría terminado
con una pureza de 10%,
así que habría pesado al menos el
doble o el triple, y habría tenido
una gran cantidad de paracetamol,
y eso o cualquier otro producto. En
cualquier caso, era un suministro
muy pequeño, una cantidad que a
un camello no le dura nada.
Y Rosa fue a prisión. Entró en la
cárcel de Meco, con otras mujeres
entre las que hay muchas recién
llegadas a España, como ella, viajeras
con un equipaje psicotrópico
que no habrían volado nunca a
nuestro país si no fuera por una situación
desesperada.
En el juzgado, ya lo advirtió Rosa:
no estaba bien del corazón.
El 11 de abril de 2012, menos de
cuatro meses después de que su
trayecto Santo Domingo-Madrid
fracasara, murió en la cárcel.
¿De qué? Del corazón, de enfermedad,
de pena, de miseria. No se
quitó la vida, aunque un viaje como
el que ella emprendió a primeros
del año pasado tiene muchas
posibilidades de enviarte a dormir
el sueño eterno.
Muerta la acusada, no hay asunto
contra ella, así que se detiene la
investigación. Su caso era el procedimiento
105/12. El juicio contra el
hombre y la mujer que la recogieron
en el aeropuerto se celebrará
dentro de unas semanas en la Audiencia
Provincial.
De Rosa ya no queda nada, excepto
la breve mención que se le
hace en el escrito de la Fiscalía; o
quizá, también, un pequeño nicho
cedido por la caridad pública, y si
acaso un traslado a su tierra pagado
por el consulado.
Por aquí ya nadie la recuerda y
por eso no se puede preguntar qué
es lo que la trajo a España, qué dinero
iba a ganar con ese viaje, por
qué tenía dolencias del corazón,
cómo supo de los tipos que la iban
a recoger en Barajas, si es que los
conocía, por qué se murió sola en
una celda, lejos de casa.

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