Populismo literario

La Vanguardia, LAURA FREIXAS, 27-02-2013

Mi padre es mujer de la limpieza ha sido un fenómeno en Francia, con 200.000 ejemplares vendidos y una película del mismo título dirigida por su autora, Saphia Azzeddine, francesa de origen marroquí. Cuenta unos meses de la vida de Polo, un chico de catorce años habitante de la banlieue, es decir, de uno esos suburbios siniestros de las grandes ciudades francesas donde se hacina el proletariado, que en Francia (mucho más, y desde mucho antes, que aquí) está formado principalmente por inmigrantes, de primera o segunda generación. Polo y su familia son blancos, cien por cien franceses, pero eso no impide que vivan comosus vecinos y amigos árabes, gitanos o negros. El padre trabaja limpiando oficinas; la madre, inválida, se pasa las horas muertas viendo telebasura; Polo quiere perder la virginidad; su hermana se pone uñas postizas mientras sueña con ganarun modesto concursode misses. El libro nos muestra la miseria económica, social, psicológica y cultural de semejante mundo, en el que las vacaciones se pasan sudando y aburriéndose sin moverse del barrio y la literatura es cosa de ricos, los que pueden viajar “a la India, Madagascar o Irlanda en busca de inspiración”, y escribir luego unos libracos a los que el sufrido hombre/mujer de la limpieza, ayudado por su hijo, quita el polvo.

Con parecida materia prima se han escrito libros muy buenos, o por lo menos dignos: sin movernos de Francia, pensemos en Muerte a crédito de Louis-Ferdinand Céline, en El lugar, deAnnie Ernaux,o Primavera en el parking, de Christiane Rochefort. No es, por desgracia, el caso de Mi madre es mujer de la limpieza, obra superficial y facilona donde los temas más difíciles o escabrosos se despachan en media página, trátese de la invalidez de la madre, los abusos sexuales sufridos por el niño por parte de un tío pedófilo, las fantasías de violación (“Tenía que acostarme con alguna chica. A la fuerza sería mejor, ella diría no, no, y yo oiría, sí, sí”), las diferencias sociales, religiosas o étnicas, el racismo, o la posibilidad de comprender una obra literaria en un contexto muy distinto a aquel en que fue creada… Si el libro se salva por algo, es por la ternura, verdaderamente convincente y conmovedora, del protagonista narrador hacia su inculto y fracasado padre. En todo lo demás, se le podría aplicar el conocido aforismo de André Gide sobre los buenos sentimientos –con ellos, dice, no se hace buena literatura–, y hasta no es muy arriesgado suponer que si Mi padre es… ha cosechado tantos lectores, es por lo mismo que da a los partidos populistas tantos votos: por ofrecer, a problemas muycomplejos, el espejismo de soluciones simples.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)