Un plato caliente para el invierno

Cáritas crea un comedor social atendido por cerca de 40 voluntarios en Uribarri desde noviembre a marzo. Unas veinte personas sin recursos, la mayoría transeúntes alojados en el albergue de invierno, comen diariamente en la casa cural de Uribarri

Diario Vasco, KEPA OLIDEN | DIARIOVASCO.COM |, 17-02-2013

Comer caliente, de gorra y llevarse de propina una bolsa con la cena sólo es posible gracias a la inestimable labor de los voluntarios que atienden diariamente el comedor social de Cáritas en Uribarri. Este prodigio acontece cada día desde noviembre en la casa cural de dicho barrio. Y sus beneficiarios son los inmigrantes e indigentes que cada mediodía encuentran un plato caliente sobre la mesa.

Potajes de alubias o de garbanzos, pasta, arroz y verduras, seguidos de carne, pescado, huevos… y algún postre, conforman el menú usual de este comedor social inaugurado en noviembre y que funcionará hasta el 31 de marzo. Coincide con las fechas durante las que permanece abierto el albergue de invierno que el Ayuntamiento mantiene en un viejo taller de Zaldibar. Sus 16 ocupantes son los beneficiarios preferentes de este comedor social. Pero también acuden «otros casos urgentes», como indicaba Pilar Arzamendi, veterana voluntaria de esta organización parroquial.

En total, una veintena de comensales se dan cita cada mediodía a las puertas de la casa cural de Uribarri. Magrebíes, pakistaníes, rumanos y un par de vascos llegan puntuales a las 12.30 horas para matar el hambre y sacudirse el frío invernal con una buena comida casera. Todos ellos han de portar el tíquet proporcionado por Cáritas. Quienes han pernoctado en el albergue reciben uno automáticamente de manos de la asistente social del Ayuntamiento. El resto, queda a discreción de los responsables de Cáritas.

Alberto Iturralde lleva el control de entrada. Este voluntario de Cáritas dirige el comedor de lunes a sábado con la ayuda del búlgaro Lubo Stefanov, casado en Mondragón. Entre los dos se ocupan de la gestión de una cocina cuya mano de obra recae sobre un contingente de veteranas ‘etxekoandres’. Una treintena de mujeres, en su mayoría jubiladas, junto con ocho varones, se turnan diariamente para cocinar el menú que corresponda. Cada equipo de cocina esta compuesto por 5 ó 6 miembros, y tiene asignado un determinado día de la semana.

Alberto y Lubo, en cambio, acuden cada día para proveer los comestibles, programar los menús, encargarse del mantenimiento y verificar la correcta marcha del comedor.

Fueron ellos quienes ayudaron al párroco Horacio Argarate a montar este comedor social. «El propio párroco ofició de cocinero durante las dos primeras semanas, y no se le daba nada mal porque tiene muy buena mano» aseguraba Iturralde.

La creación del comedor social para los transeúntes alojados en el albergue de invierno «se le ocurrió a Horacio» explicaba Pilar Arzamendi. En Cáritas «llevábamos algún tiempo tratando de buscar una solución para darles de comer decentemente» añadía Arzamendi. Durante los dos últimos inviernos «les proporcionábamos diariamente bocadillos que encargábamos en el restaurante del Batzoki». Pero querían darles de comer caliente, e «incluso barajamos preparar un puchero en los locales de Cáritas».

Al final fue el párroco Argarate quien propuso utilizar las restauradas dependencias de la casa cural Uribarri, reformadas pocos años antes gracias a la donación de un feligrés. La generosidad de otra familia permitió equipar la cocina en el verano de 2012, y el comedor se antojaba así el lugar idóneo donde instalar el figón para necesitados.

El párroco se remanga

El sacerdote Horacio Argarate fue también el primero en remangarse, junto con Alberto Iturralde y Lubo Stefanov, y cocinar para los transeúntes. Sus ayudantes aseguran que se le daba muy bien, pero el párroco de San Juan fue nombrado arcipreste del Alto Deba, y sus crecientes responsabilidades eclesiásticas no le dejaban mucho tiempo para dedicarse a los fogones. Lo que hizo fue un llamamiento público en misa para reunir voluntarios dispuestos a echar una mano en la cocina.

La respuesta «no podía ser mejor» observaba Pilar Arzamendi. 38 voluntarios para cubrir 7 turnos garantizan la buena marcha del comedor.

El miércoles es el turno de Malen Egaña, Dorita Díaz, Kontxi Berezibar, Begoña Balerdi, Aintzane Altuna e Iban San José. Salvo los dos últimos, las cuatro primeras son ‘etxekoandres’ jubiladas. Su solvencia en la cocina viene avalada por una amplia experiencia doméstica.

Ni cerdo ni sal

El equipo de turno se da cita en la casa cural de Uribarri a las 10.00 horas. Examina los comestibles disponibles, o si hay legumbres que Alberto y Lubo han puesto a mojo de víspera, y se ponen manos a la obra. Se reparten las tareas y comienza una faena que «para nosotras no constituye ningún esfuerzo» confesaba Aintzane con la aprobación de sus compañeras.

Antes de embarcarse en este voluntariado «por hacer algo para ayudar a los más necesitados», las integrantes del turno del miércoles «no nos conocíamos». Ahora son grandes amigas, Iban incluido, y ya planean quedar para celebrar alguna cena de compañeros. Eligieron el turno del miércoles porque es el día que mejor les venía. Pero hay otros turnos fijos para cada día de la semana, incluidos sábados y domingos.

Aunque Malen y Begoña son las «más cocineras» del equipo, Iban, el único varón del turno de los miércoles, también se defiende en los fogones. Su especialidad, asegura, es el bacalao al pil – pil con patatas. Una receta que por desgracia no figura en la carta del comedor social de Uribarri.

Los menús son más modestos, y en ellos están excluidas la carne de cerdo y la sal, y por supuesto el vino y el café. Los derivados porcinos por cuestiones religiosas, pues muchos de los comensales son musulmanes. Y la sal por motivos de salud. No obstante, en cada mesa hay disponible un salero para que cada cual pueda sazonar la comida a su gusto.

Las cuestiones religiosas en la alimentación son respetadas muy escrupulosamente. Alberto y Lubo se ocupan de recabar y adquirir los alimentos, y la carne procede normalmente de la carnicería halal que regentan unos paquistaníes en la calle Okendo. Se trata, explicaba Alberto, de carne de ternera o pollos sacrificados de acuerdo con los preceptos islámicos.

El grueso de los comestibles, tanto imperecederos como frescos (frutas, verduras.) provienen del Banco de Alimentos de Bergara, a cuyo almacén acude diariamente Lubo con su furgoneta. El pescado se compra a un distribuidor de congelados.

También reciben donaciones, bien de dinero y bien de productos comestibles. Incluso han llegado a recibir comida ya preparada. Algunas semanas atrás un «señora nos trajo dos espléndidas bandejas de redondo en salsa, y aquel día, además de no tener que cocinar, pudimos servir un verdadero banquete que los comensales saborearon con deleite. No preguntaron ni qué era aquello. Se lo comieron todo».

Más allá de menús extraordinarios como el descrito, los platos de diario que mayor aprecio tienen son los potajes de alubias y garbanzos, afirman sin ninguna duda las cocineras. Del mismo modo, «cuando preparamos coliflor o huevos con tomate vemos que se sirven más bien poco» señalaban.

En ocasiones, la comida preparada también es envasada en ‘tupperwares’ para familias en precaria situación económica. Pero a fuerza de entregar envases y no devolverlos «nos hemos quedado sin ‘tuppers’, y ahora el que no lo traiga se queda sin comida».

El Banco de Alimentos que nutre la despensa de la casa cural de Uribarri también contribuye a la manutención de familias que reciben la ayuda de Cáritas. Es el caso del rumano Stefan, un joven emparejado con una mondragonesa madre de 3 hijos, ambos desempleados, que desde diciembre acude semanalmente a recoger las provisiones que le entrega Alberto Iturralde.

Entre tanto, los comensales dan buena cuenta de un menú consistente en un puré de verduras, empanadas de atún con guarnición de champiñones salteados y alcachofas rebozadas y una macedonia de frutas. El marroquí Aziz, su amigo argelino Khalid o el paquistaní Zaid, todos ellos alojados en el albergue de transeúntes, comen agradecidos el menú que les proporciona Cáritas. Tampoco tienen mayor queja sobre las instalaciones del albergue municipal, que ellos mismos limpian y adecentan, con la ayuda de una lavadora. Su preocupación estriba, como apuntaba Zaid, en qué harán cuando el albergue invernal cierre sus puertas el 31 de diciembre. Es la incertidumbre que ronda la mente de los 16 ocupantes que tienen cabida en el albergue. Zaid y sus compañeros, que estudian en el centro EPA, dejaban clara su voluntad de permanecer en Arrasate, para lo que quieren hablar con la asistente social del Ayuntamiento y con Cáritas para «ver si es posible conseguir alojamiento en algún piso de acogida».

No son todo alabanzas lo que se escucha entre los transeúntes alojados en el albergue. Uno de ellos, vasco para más señas, se quejaba amargamente de la «humedad que rezuma todo el local». Además, añadía, «disponemos de un solo baño para 16 personas, y faltan almohadas en las camas». «Es una cuadra de animales; el Ayuntamiento podría hacer algo más por mejorar este servicio», concluía.

Las quejas de este usuario no acaban ahí. También cargaba las tintas contra «los yogures caducados que nos dan». En la bolsa con la cena que les entregan al término del almuerzo, que habitualmente contiene un bocadillo con 2 quesitos, lácteos y fruta, se incluía un pack de yogures con fecha de caducidad una semana antes, pero en ningún caso en mal estado. De hecho, este comensal fue el único que rechazó los yogures, y estos no tardaron en ser aprovechados por otro compañero.

Al igual que dejó los yogures, fue también el único que devolvió su postre de macedonia de frutas, lo que suscitó los inevitables comentarios entre los voluntarios de Cáritas: «si no le gusta lo que le servimos, que no venga» clamaban al unísono.

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