Obama sitúa la inmigración como la prioridad del segundo mandato
La reforma puede encontrar apoyo republicano en el Washington polarizado. i la derecha torpedea la regularización, se arriesga a perder a un electorado clave
La Vanguardia, , 16-01-2013El espacio para que Barack Obama deje su huella durante el segundo mandato en la Casa Blanca, que arranca la semana próxima, es escaso. El Partido Republicano, que controla la Cámara de Representantes, salió debilitado de las elecciones del pasado noviembre, pero mantiene la capacidad para bloquear las iniciativas del presidente demócrata. Uno de los contados ámbitos en los que Obama dispone de margen para lanzar iniciativas audaces es el de la inmigración.
En Estados Unidos viven cerca de 11 millones de inmigrantes indocumentados, la mayoría de origen latinoamericano. El debate sobre qué hacer con ellos –¿dejarlos en el limbo actual?, ¿deportarlos?, ¿legalizarlos?– ha ocupado la política de este país en la última década. Sin resultados.
Ahora se dan las circunstancias para reformar unas leyes que dificultan la inmigración legal e incentivan la ilegal. La inmigración ha caído durante los años de crisis. Y los norteamericanos, que llevan la inmigración en sus genes, ha entendido que, sin los simpapeles que desempeñan algunos de los trabajos peor remunerados y menos agradecidos, la economía frenaría en seco y el país dejaría de funcionar.
Los latinos –o hispanos– son la minoría más pujante. En noviembre, el 71% votaron a Obama e inclinaron el resultado en algunos estados clave. Los republicanos saben que, si siguen cultivando la retórica contraria a los inmigrantes, a veces con tintes xenófobos, se arriesgan a perder durante décadas a un segmento electoral cada vez más decisivo. Si los votantes hispanos, que en cada elección son más, mantienen la fidelidad a los demócratas, los republicanos lo tendrán difícil para ganar elecciones nacionales.
Obama lo vaticinó, antes de su reelección en noviembre, en una entrevista con el diario de Iowa Des Moines Register. “Si gano un segundo mandato, un motivo importante será porque el nominado republicano y el Partido Republicano han alienado tanto al grupo demográfico que más crece en este país, la comunidad latina”, dijo. “Y confío bastante en que tendrán un interés profundo en hacer esto”, añadió, en alusión a la reforma migratoria. Ya entonces, situó esta cuestión como una de sus prioridades en el segundo mandato, una de estas reformas –como la sanitaria durante el primer mandato– que pueden definir su legado histórico. En vísperas de la segunda inauguración, varias propuestas de reforma migratoria han empezado a circular por Washington.
La Casa Blanca y los demócratas del Capitolio quieren una reforma que incluya desde una vía para la legalización de los millones de indocumentados hasta un sistema de visados para profesionales altamente cualificados y para trabajadores agrícolas. En paralelo, según The New York Ti-
mes, se establecería un sistema nacional para verificar la situación legal de los nuevos contratados en las empresas. La vía hacia la legalización –y, en última instancia, a la ciudadanía– exigiría el pago previo de una multa y ponerse al día de impuestos atrasados. Estas exigencias permitirían negar la acusación, desde la derecha, de que lo que Obama pretende es una “amnistía” de los simpapeles.
En sus líneas maestras, el plan de Obama coincide con el del senador republicano por Florida, Marco Rubio, uno de los posibles candidatos a las presidenciales del 2016. Rubio es hijo de inmigrantes cubanos y una de las voces más conciliadoras del Partido Republicano en cuanto a inmigración. No todos en la derecha le seguirán, pero también es cierto que fue Ronald Reagan quien impulsó la última gran reforma migratoria y que otro republicano, George W. Bush, lo intentó en la década pasada. La principal diferencia de Rubio con el de Obama es de método: Rubio aboga por desgajar la reforma en pequeñas leyes en vez de aspirar a una gran reforma que abarque todos los aspectos de la legislación migratoria. Obama parte con ventaja en esta negociación.
Si el Partido Republicano se pliega y acepta la nueva legislación, el presidente podrá dejar como herencia una reforma de calado. Si, siguiendo la estrategia de los últimos años, torpedean la iniciativa del presidente, los republicanos correrán el riesgo de confirmar los peores prejuicios y de aparecer, a ojos de millones de ciudadanos, como el partido antihispano.
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