A PIE DE CALLE
Los vecinos que están de paso
El Periodico, , 02-01-2013E s un geógrafo de la Universitat de Barcelona quien me pone sobre la pista. Me explica que en Barcelona hay una población flotante. Jóvenes residentes extranjeros –muchos no están empadronados– que viven solo por un tiempo en Barcelona y que, al cabo de unos años, se van a otra parte. Me dice que la mayoría vive en los barrios del centro y que su proyecto migratorio acaba cuando se termina un doctorado, un amor o la ciudad no les da posibilidades de encontrar trabajos en sus ámbitos.
Lanzo un mail al ciberespacio y pregunto a australianos, venezolanos, colombianos, británicos y mexicanos que alguna vez vivieron en Barcelona por qué vinieron y por qué se fueron. Las repuestas son de una nostalgia casi tanguera por un tiempo intenso y efímero que posibilitó parejas y experiencias multiculturales.
Hay también respuestas críticas. Una venezolana explica que el proyecto de permanencia en Barcelona se trunca cuando quien viene de fuera se da cuenta de lo difícil que es «conocer» y «hasta ligar con los barceloneses». Un australiano, que salió «expulsado», escribe que se fue cuando Barcelona dejó de ser «lo que era». Le pido explicaciones. «Cuando el brunch y las terrazas sustituyeron a las bodegas, a los bares de mala muerte y la Barcelona canalla se convirtió en un parque temático».
Salgo a la calle a buscar esos viejos lugares de los que él habla. Existe la bodega en Gràcia, aunque es cierto que hay muchas terrazas. En el Born, ya desaparecieron las bodegas de barril, la tienda de semillas y nacieron vinotecas y tiendas de diseño. Hace una década que se mantiene como el barrio hipster, y eso es todo un mérito. Asegura un inglés que lo que le gusta es que, estando en el Born, podría estar en Londres o en París. «No con Santa Maria del Mar», digo yo. Él habla de la seguridad que da la ciudad global y yo lo apunto sin opinar.
Escriben una mexicana y un argentino que, acabados sus doctorados, fue mucho más fácil que les «reconocieran» sus conocimientos en el extranjero.
Buscando los signos de la ciudad estación y de la urbe líquida, regreso a un edificio de la calle de la Paloma en el que ya hace muchos años supe que había una nacionalidad detrás de cada puerta. Ya no están los mismos vecinos. El piso en el que se alquilaban camas calientes ya no existe. En otros no contestan y no sé si la joyera japonesa sigue ahí.
Quien tiene familia, me digo, se queda en la ciudad. Me detengo en una terraza del centro y pregunto en una mesa de jóvenes si están de visita. Se horrorizan. Seis de los que están sentados viven en Barcelona. Es un grupo multicultural. Hablan en inglés. No saben cuándo se irán. De momento, disfrutan de la ciudad, de una experiencia «intensa». Es un tópico, pero sale el sol y el calor como argumento.
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