Por los caminos de Alí Babá MIL Y UNA NOCHES

París rinde homenaje a 'Las mil y una noches', el libro sin fin de la literatura universal

El Mundo, JUAN MANUEL BELLVER PARÍS CORRESPONSAL, 07-12-2012

Aladino y su lámpara maravillosa, Alí Baba y los 40 ladrones, Simbad el marino, Sherezade y otros inmortales personajes de cuento conviven con hadas, genios, príncipes, tesoros, pócimas y hechiceros en la exposición Las mil y una noches que acoge desde hace unos días el parisino Instituto del Mundo Árabe. Inaugurada con gran boato por el titular de Exteriores galo, Laurent Fabius, la exhibición es la más ambiciosa dedicada jamás al icónico libro: vasta colección de relatos sin rival en la historia de la literatura por su contribución al entendimiento entre Oriente y Occidente.

Más de 350 manuscritos, cuadros, documentos, fotografías, vídeos, archivos sonoros y tesoros arqueólogicos ilustran, en la segunda planta del IMA, la leyenda de este libro sin fin, cuya peripecia a través del tiempo y las civilizaciones resulta casi tan increíble como las de los personajes que animan cada uno de sus capítulos.

Fascinante vademécum de historias populares anónimas, transmitidas oralmente generación a generación, Las mil y una noches hunde sus raíces en la India milenaria y pasa por Persia antes de convertirse, con permiso de El Corán, en la obra referencial del mundo islámico.

Como La Iliada de Homero, este libro seminal y sin autor ha alimentado con sus cuentos fascinantes, oníricos, moralistas y sensuales el imaginario universal, así como los estereotipos a veces, rozando la caricatura de las civilizaciones orientales. La fuente de todo se halla en un puñado de microrrelatos indostánicos que todo el continente asiático y luego Europa harían suyos, a medida que se iban traduciendo.

Una manuscrito caligrafiado del siglo IX originario de Bagdad es, en ese sentido, el documento más antiguo que pueden contemplar los visitantes nada más entrar en la primera sala. Le siguen varias ediciones antiquísimas, procedentes de Irán o Egipto, donde la selección de textos más o menos atrevidos varía en función de la época y el grado de tolerancia de cada régimen político. A pesar de las constantes variaciones, la trama principal es siempre inamovible: Sherezade, temerosa de ser asesinada de noche por su marido el califa, se inventa cada velada una narración fantástica para tenerle entretenido. Y al final, tras más de 1.000 relatos, consigue que éste, magnánimo, le perdone la vida.

A través de sus historias breves, Europa cayó fascinada por el exotismo de Asia Menor cuando el viajero y diplomático francés Antoine Galland (1646-1715) tradujo por primera vez al idioma de Molière el «libro interminable». Gracias a su buen conocimiento de los países musulmanes, el público occidental no sólo descubrió a personajes como Simbad, Ali Babá o Aladino, cuyas peripecias han entretenido a lectores grandes y chicos y han inspirado obras en todos los soportes, sino que se enamoró de ciudades míticas como Bagdad, Damasco o El Cairo. El ambiente de sus mercados y plazas, donde la vida de califas y sultanes parecía transcurrir alegremente entre jardines, estanques, harenes y huríes.

Y es que las tardes de danza, música, cánticos, poesía y banquetes son descritas en el libro con tal precisión, que ha sido fácil para los gestores del Instituto del Mundo Árabe reflejar el ambiente palaciego en la expo por medio de alfombras, trajes, jarrones, joyas, armas, corazas, cascos, escudos, lámparas, narguilés…

Al lado de estas valiosas antigüedades, la cueva de Ali Babá, reconstruida en cartón piedra, rivaliza con los mosaicos y arabescos del reinventado palacio del sultán y con esa sala circular en semipenumbra donde varios auriculares permiten escuchar cuentos en árabe o francés. Entre medias, una decena de pantallas repartidas por la planta proyectan filmes de Meliès, Douglas Fairbanks o Pier Paolo Pasolini, que realizó en 1974 la versión más provocadora y morbosa de esta inabarcable antología.

Sherezade acapara el protagonismo de buena parte de la muestra, por encima de héroes juveniles como Simbad, Ali Babá o Aladino, debido a la sensualidad con que ha sido retratada casi siempre, a pesar de que según la comisaria de la exposición, Elodie Bouffard, «su figura no tiene nada de licencioso». «Scherezade es, más bien, un símbolo de la palabra emancipadora, del conocimiento contra la tiranía y del coraje de una mujer contra la injusticia», señala Bouffard.

Pese a ello, Picasso la presenta con los senos desnudos en un bonito dibujo de 1938, Paul-Émile Destouches la pinta aún más lasciva en un cuadro de 1824. Y un cartel de 1913 realizado para un ballet de Nijinski la eleva a la categoría de diosa erótica.

Culpable de convertir en referencia sexual a la más celebérrima cuenta-cuentos fue sin duda Charles Joseph Mardrus, aquel amigo André Gide que publicó a partir de 1899 una traducción más moderna de la magna obra en 16 volúmenes.

Al contrario de su antecesor, el pacato Galland, Mardrus no esquivó el lado carnal de los relatos, sino que incluso lo acentuó al gusto de la Belle Époque. Desde entonces, Occidente vive fascinado por la magia y la sensualidad de Oriente. Y todo por un libro de aventuras y viajes, guerras e intrigas, donde las alfombras son capaces de volar, las lámparas albergan genios que conceden deseos y las mujeres bailan hasta quedarse desnudas tras quitarse siete velos. Como dijo el ministro Fabius en el vernissage, «Las mil y una noches es una de las mayores aportaciones del mundo árabe a la cultura universal». Hasta el próximo 28 de abril, esta exposición monográfica primorosamente montada nos permite (re)descubrirla.

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