«Él no me daba comida para el niño. Murió en mis brazos de hambre»

Una mujer marroquí fue maltratada por dos parejas distintas en su país y en España / Si no encuentra trabajo, acabará en la calle y perderá la tutela de sus otros cuatro hijos

El Mundo, PEDRO SIMÓN MADRID, 07-12-2012

Ni su infancia de semiesclava en Marruecos; ni su matrimonio a la fuerza con un hombre que casi le doblaba la edad; ni sus experiencias sucesivas como víctima de violencia de género con dos parejas distintas logran acercarse al trauma brutal que hoy cuenta por primera vez: la muerte de hambre en sus brazos de su bebé, cuando el padre del crío los encerró a ambos y los dejó sin comida.

«Me pegaba palizas. Me golpeaba con su mano o con cualquier cosa, hasta con el tubo de goma de la lavadora. Sin embargo, lo que no puedo sacarme de la cabeza fue que no me diera comida para mi bebé en Marruecos. Me decía que yo era un animal, y él y su familia comían y a mí sólo me dejaban coger lo que caía al suelo», relata. «A él no le importaba el niño y no quiso comprarle leche. Se marchó y nos dejó en medio del monte en una casa con su familia. Les rogué llorando que me dieran leche para el niño y me decían que eso era responsabilidad de mi marido. Que no se hubiese ido. Después de tres días sin comer, mi hijo se murió de hambre en mis brazos. Su padre ni siquiera quiso saber el lugar donde le enterramos».

Sucedió en Marruecos, pero la náufraga se recupera aquí, recomponiendo el alma en un centro de víctimas de violencia que hace las veces de astillero y que no desvelamos por seguridad. Es la crisis: si Jamila (35 años y nombre ficticio) no encuentra trabajo, si no tiene un techo cuando acabe esta estancia de urgencia, la Administración se quedará con la tutela de sus otros cuatro hijos. Y entonces la que se querrá morir es ella.

«No entiendo la vida sin mis hijos, no sé cómo estarán sin mí. Siempre hemos estado juntos y me asusta que piensen que les abandono. Pero no puedo dejar que se mueran de hambre ni que vivan en la calle».

De aquella infancia en Nador, la mediana de nueve hermanos recuerda que en casa los varones estudiaban y las chicas trabajaban. Ella empezó a hacerlo a los 10 años como interna. Por el día, Cenicienta recibía «patadas si no lo hacía bien». Al caer la noche, «dormía en el suelo».

«Al marido lo conocí el día de la boda. Yo tenía 17 y él más de 30. Él fue el que dejó morir al niño, el del tubo de goma. Vinimos a Murcia porque él quería trabajar aquí. Cuando me separé y escapé, conocí a mi segunda pareja. Parecía una buena persona. Viví cuatro años de maltrato. Tres de ellos encerrada».

Jamila plancha y lava. Jamilia limpia y cuida niños. Jamila trabajó en la hostelería y en el campo. Jamila tiene todo el currículumvitae en los callos de las manos y todas las esperanzas puestas en que alguien le abra este encuadre (ayudajamila@yahoo.es).

«Un zumo por la cabeza»

No ha tenido suerte desde que su primer marido se la trajo a España, en 1999, mediante reagrupación familiar. De todo esto saben sus hijos de dos, cuatro, siete y 15 años, que conocieron las agresiones y aquellos desayunos: «Un día se le cayó un vaso de zumo. Lo llenó de nuevo y se lo echó por la cabeza». De todo esto saben los hijos, decíamos, y de testigo estaba Bambi, que en la foto calla.

El laberinto de Jamila que vive gracias a los 420 euros de una ayuda, que desgrana un rosario de denuncias y que no puede volver a Marruecos porque allí es una adúltera es que ya ha sobrepasado el tiempo de estancia permitida en la casa de 50 metros que le facilitó el centro de acogida. Y que en la calle no espera nada. Sólo vagar con la prole, tratar de comer, y esperar a que la Administración se quede con sus hijos.

«No puedo volver por mi seguridad. Mi marido me busca. Me dicen que antes de la crisis había más alternativas para nosotras. Pero ahora no», señala. «Estoy consiguiendo recuperarme de lo que he vivido, y sólo necesito que me den la oportunidad de trabajar».

No sabe leer ni escribir, pero sí tiene todos los oficios preparados por si alguien le dice ven. Hablamos de una madre, y de la posibilidad de seguir estando junto a sus hijos.

Lo corrobora la psicóloga que la acompañó y la sostuvo para terminar este reportaje. Lo repite Jamila, que nunca había contado lo del bebé aquel y que se deshizo como un azucarillo al hacerlo. Lo constata hasta el cervatillo de peluche que ven en la imagen, que sabe mucho de madres que terminan mal en los cuentos.

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