DÍA CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO.En lo que va de año, 43 mujeres han sido asesinadas por su pareja o ex pareja, una cifra que siguemidiendo una lacra.Ninguna otra violencia dirigida mata amás personas en nuestro país. Los números de las heridas –que el Gobierno se ha compromotedio a contabilizar y transmitirmes ames a partir de enero– fijarán aun más la dimensión de un terrorismo que no cesa. Los colectivos feministas avisan de que la ley de tasas de Gallardón disuadirá del divorcio a las maltratatadas.Mientras, bajo las 100.000 denuncias anuales, ellas siguen muriendo. Hoy EL MUNDOcuenta qué pasa en el entorno de las asesinadas y a qué se enfrenta tras la peor noticia de su vida.

Vida después de la muerte

Los padres de una joven narran cómo sobrevivir 4 años a un acto de machismo criminal

El Mundo, Rafael J. Alvarez, 25-11-2012

Aquel domingo, Rocío no cogía el
móvil. Ella, que siempre anunciaba
sus pasos cuando estaba lejos, no llamaba.
Con la cena imposible en la
tripa, con ese hambre de sospecha
que te impide comer, Félix oyó en
TVE el titular de un asesinato en Valencia.
«Se me encendió una luz».
Sin hablar, a solas con su miedo, subió
a la habitación y pinchó la web
del periódico: Un colombiano mata
a una joven de 25 años en la calle
Ecuador… Bajó y, como quitándole
importancia a la preguntamás negra
de su vida, se dirigió a su mujer:
– Lucila, ¿cómo se llama la calle
donde vive el novio de la niña?
Y Lucila, que llevaba una tarde de
madre pendiente, se giró a Félix:
–No sé, Ecuador o algo así.
El hombre miró un instante al suelo,
sólo un flash, y se murió.
Volvió a la realidad y se fue con su
mujer y su hijo a denunciar la desaparición
de Rocío. Cuando estaban
saliendo de casa con sus abrigos de
frío, vieron a una pareja de policías
que traía su patrulla de malas noticias.
Y antes de que nadie dijera nada,
el Félix hijo, el Félix hermano, el
Félix pequeño, habló a los agentes:
– Nome digan que esmi hermana.
No, por favor.
Los policías se acercaron y dijeron
un nombre para siempre:
– ¿Rocío López Agredano?
«Aún conservo la hojita donde los
policías apuntaron el teléfono de la
comisaría y el número de diligencia
del caso. Me dijeron que llamara al
día siguiente. Y se fueron. Así, sin
más. El mundo se hundió».
Ésta es la historia de
lo que queda cuando
una vida de mujer se
asesina, los restos de
una víctima en quienes
la quieren, la postmuerte
de género.
Eso empieza demasiado
pronto, al primer
segundo de saberlo. O
un día después. «Con
un policía amigo, fuimos
al piso donde la
había matado. Yo no
me asusto fácilmente,
pero me dijeron que
no entrara. Vi mucha
sangre. Recogí tres cosas de ella y
nos fuimos. Luego vi a mi hija en la
morgue y supe que tendríamos que
vivir de otramanera».
Nos ocupan Félix, Lucila y Félix,
el padre, la madre y el hermano de
Rocío, asesinada de 30 puñaladas
por Jairo Ortiz Cortés el 30 de noviembre
de 2008. El viernes hará
cuatro años.
Ellos saben que Rocío no está, pero
ella no para de estar. Está en el
óleo del salón, en los trofeos que ganó
como gimnasta, en las fotos de la
casa, en la asociación quemontaron
en su memoria, en las charlas que
dan a los chicos, en los discursos duros
de Félix a los políticos, en la chapita
con la cara y el nombre de Rocío
que llevan desde que se arrancaron
la telaraña de su secuestro doméstico.
«Lucila estuvometida en casa dos
meses. Yo no falté ni un día a trabajar
porque necesitaba actividad mental.
Los amigos venían a casa pero
no sabían qué decir. Qué vas a decir.
Es duro. Tuvimos dos equipos de psicólogos
y como temíamos a la depresión,
decidimos luchar. Lucila es la
fuerza de una madre cuando tocan a
su hija. Y eso es imparable».
El otro Félix tardó más. Durante
tres años decidió pensar que no veía
a su hermana porque estaba en otro
país, «una coraza», dice el padre. Y,
de pronto, se cayó. «Un día lo oímos
llorar.Nos acercamos y dijo: ‘Mamá,
es que ya no voy a tener sobrinitos’».
La familia se incorporó a la vida. A
la vida después de la muerte. Lo primero
fue el juicio, soportar la estrategia
de la defensa, eso de que Rocío
fue de Castellón a Valencia amatarle
a él, y demostrar que fue Jairo el
que la llamó para que le ayudara a
hacer una mudanza, que fue él quién
compró una bombona de gas y un
cuchillo grande de cocina…
Con su ingeniería industrial y su
carrera de profesora a cuestas, Félix
y Lucila se bebieron la Ley Integral,
hablaron con otros padres huérfanos
de hijas, montaron Afavir y tomaron
conciencia de género. «Vivimos en
una sociedad machista donde las víctimas
de la violencia de género son
víctimas de segunda y las del terrorismo
de primera. Desde 1999, la
violencia de género ha matado a 900
mujeres . ¿Y si hubieran sido 900 políticos,
900 periodistas o 900 médicos?
Son sólo mujeres ». ¿Y entonces?
«Entonces hay que cambiar las
cosas. Los asesinos deben cumplir
íntegramente sus penas. Y hay que
crear una asignatura que enseñe valores
e identifique las señales: el maltrato
no empieza con una paliza, sino
comiéndote el coco. Los agresores
son todos iguales, son de libro».
Félix habla acariciando un caniche.
Lucila se ha metido en la alcoba.
Aún hay noches que la traicionan
cuando un periodista pregunta por
Rocío. Los días son mejores, las visitas
al Centro de la Mujer, el trajín de
la asociación, el concurso de relatos,
las charlas a los adolescentes sobre
desigualdad, donde Lucila y Félix
cuentan que si él te dice que esa falda
es corta no es amor, sino control…
Si hubieran sabido lo que saben
ahora. Ellos, que no intuyeron, que
hilan hoy cables sueltos
de ayer. «Las amigas
decían que cuando
estaba con él, Rocío
cambiaba, se quedaba
seria y callada. Ella,
que era todo alegría».
Cómo iban a presentir
nada si Rocío
era un volcán contra el
machismo, si un mes
antes de su asesinato
escribió un tratado para
prevenir la violencia
de género, si cuando
veía la noticia de un
crimen, aparcaba los
cubiertos en el plato y hablaba: «Decía:
‘A mí me hacen eso y lomato’».
A aquel tipo de hechuras culturistas,
callado, esquivo, que hoy va restando
días a sus 20 años de condena,
debió aflojarle la hombría el adiós
que le anunció Rocío. Sólo aguanto
nueve días. Al décimo la mató.
Vida después de la muerte
Los padres de una joven narran cómo sobrevivir 4 años a un acto de machismo criminal
Un trabajo premonitorio
>Rocío era profesora. Elaboró un programa «para que el
alumnado comprenda que la igualdad de género es un derecho
humano» y lo subtituló ‘¡No más violencia contra la
mujer!’. Su trabajo, de 26 páginas, se centró en alumnos
de Primaria, a los que alertaba sobre el «sexismo en los
libros de texto, en la familia, en la televisión…». Tras proponer
actividades contra los estereotipos, pedía «activar
la prevención de la violencia de género y cambiar el modelo
cultural y violento por otro de diálogo». Lo escribió
en octubre de 2008. Un mes después fue asesinada.

En lo que va de año, 43 mujeres han sido asesinadas por
su pareja o ex pareja, una cifra que siguemidiendo una
lacra.Ninguna otra violencia dirigida mata amás personas
en nuestro país. Los números de las heridas –que el
Gobierno se ha compromotedio a contabilizar y transmitirmes
ames a partir de enero– fijarán aun más la dimensión
de un terrorismo que no cesa. Los colectivos feministas
avisan de que la ley de tasas de Gallardón disuadirá
del divorcio a las maltratatadas.Mientras, bajo las
100.000 denuncias anuales, ellas siguen muriendo. Hoy
EL MUNDOcuenta qué pasa en el entorno de las asesinadas
y a qué se enfrenta tras la peor noticia de su vida.
DÍA CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO
«Vi a mi hija en la
morgue y supe que
debíamos empezar a
vivir de otra forma»

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