«Me muero si tengo que ser un 'nini'»

El Mundo, OLGA R. SANMARTÍN MADRID, 13-11-2012

Samuel saca casi todo notables y sobresalientes, pero niega ser el típico empollón. Ha dirigido dos cortometrajes, canta rap, hace fotos, lee a Juan Ramón Jiménez «él me enseñó lo que es la poesía» y queda con el equipo de fútbol los viernes por la tarde. Tiene 14 años y estudia 2º de ESO en el Instituto Magerit de Vallecas (Madrid). Dice que lo suyo no es nada comparado con lo que trabajan los alumnos hispanoasiáticos de su clase. «Los chinos sí que se esfuerzan, se esfuerzan de verdad. A mí esforzarme es lo que más me gusta. Si te esfuerzas, al final acaban saliendo todas las cosas».

Samuel quiere ir a la Universidad y estudiar Derecho «para acabar con todas las injusticias que hay en el mundo». Si no, tiene preparado lo que él llama el plan b: hacer Magisterio. «Estoy harto de muchas cosas que pasan en el instituto. Se forman bandas y, de repente, unos cuantos chavales van a pegar a un niño que no ha hecho nada. Los gitanos sólo se juntan con los gitanos, los chinos con los chinos y los moros con los moros… Yo me junto con todos, aunque luego tenga mi grupo. Hay mucha desconfianza hacia los que son distintos».

Cuando Samuel habla, sus ojos se iluminan tanto como el pendiente que lleva en su oreja izquierda. «Los gitanos tenemos que luchar por estudiar, darnos a valer para romper la imagen que tienen de nosotros… Yo me voy a esforzar todo lo posible», explica. «Yo, que me estoy moviendo por todos los lados y que hago de todo, me muero si tengo que ser un nini».

Samuel tiene un hermano en paro, José, que va cada día a la oficina de empleo para ver si consigue algo. Sus padres también están sin trabajo y deben mantener a cuatro hijos, dos chicos y dos chicas, con menos de 500 euros al mes que cobran del subsidio. En casa de Samuel casi no pueden pagar los libros de texto y el material escolar. Tienen ordenador, pero no conexión a internet.

Eso sí, lo importante para Rafaela y Enrique es que los niños estudien. Ellos no pudieron terminar la enseñanza obligatoria. Habla Rafaela, mirando con orgullo a su hijo: «Siempre les digo que la cosa está muy mal; que si se esfuerzan, van a tener recompensa; que el futuro está en sus manos».

«Dicen que la crisis mejora, pero yo digo que no», apunta Samuel. ¿Para qué me voy a meter en un cursillo o en Formación Profesional si luego no hay trabajo?», reflexiona. Y hace cálculos: «Me quedan cuatro años en el instituto y cinco en la universidad. Digo yo que en nueve años se habrá acabado la crisis. Si no, me voy fuera de España». Admite que no sería fácil para él marcharse al extranjero. Aquí está muy integrado. Tiene a su familia y a sus amigos y, además, sirve de unión entre los distintos grupos de su clase. «Nunca nadie se ha metido conmigo porque siempre he estado respaldado por mis compañeros», se vanagloria.

Hay una sola cosa que recuerda Samuel con cierta amargura. Sucedió hace ya tiempo. Iba a celebrar su cumpleaños e invitó a sus amigos. Vinieron todos menos uno de los más cercanos. Al día siguiente, Samuel le preguntó:

- ¿Por qué no fuiste a mi fiesta?

- Porque no me dejaron mis padres, es que eres gitano, respondió el otro.

Desde entonces no se hablan. Cosas como ésta son las que le llevan a Samuel a querer ser abogado.

>Vea hoy en EL MUNDO en Orbyt los sueños de Samuel.

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