Un nuevo «Gallinero» crece junto a la A-2
Sesenta gitanos rumanos, veinte de ellos niños, comen restos caducados y beben agua de alcantarilla entre ratas y basura, en San Fernando de Henares
ABC, , 21-10-2012Dicen que vinieron directamente de Rumanía, pero la Policía cree que quienes han fundado el último poblado de Madrid, en San Fernando de Henares, provenían de Italia, tras las expulsiones en masa de delincuentes gitanos del país transalpino. Son las 60 personas, un tercio de ellas niños, que malviven en lo que podría llamarse un «nuevo Gallinero», a semejanza del asentamiento de similares carecterísticas de Villa de Vallecas.
«¡Estoy cansada de esta vida!», exclama, en un español casi ininteligible, una mujer que cubre su cabeza con un pañuelo verde raído. «Tengo dos niños, pero nada de trabajo», se queja, para después responder a la pregunta de por qué no regresa a Rumanía: «¿Y qué voy a hacer allí? No tenemos casa allí. No tenemos nada.
La cuestión es que aquí, a apenas 15 kilómetros de la Puerta del Sol, en el pórtico de lo que se supone que es la Europa rica, tienen menos que nada. Quienes llegaron en grupos a Madrid tras las expulsiones de Italia lo hicieron con antecedentes a sus espaldas. Ellos niegan que tengan problemas con la Policía. Dicen, aseguran, que algunos ya vivían en otro poblado de San Fernando, las Fuentecillas, al otro lado de la autovía de Barcelona. Hasta que se quemó completamente durante un incendio supuestamente fortuito.
Cuando se les pregunta por «El Gallinero» dicen que no saben qué es. Bastaría con explicarles que una réplica de la «ciudad basura» que se han montado con puertas de madera, cartones y demás porquería de contenedores.
Apenas articulan palabras en español. Excepto una chica: «En nuestro país somos muy pobres», insiste, mientras un hombre planta sobre una mesilla coja un plato con huevos revueltos. Aún no es mediodía. Es la hora de su almuerzo. Una comida que a menudo les provoca intoxicaciones y erupciones en la piel, debido a su mal estado. «Como no tenemos dinero, cogemos la comida caducada que tiran los del Carrefour de San Fernando», aseguran.
¿Yel agua? «La sacamos de un canal». El «canal» es una alcantarilla con una toma de agua de más que dudosa procedencia. Le han introducido un tubo con el que llenan bidones, tanto para cocinar como para beber y quizá asearse. ¿Es potable? «No lo sabemos».
Como es lógico, tampoco cuentan con luz eléctrica. «Un hombre compró un generador, pero necesitamos dinero para meterle combustible y que funcione», explica nuestra improvisada «traductora». Pese a las lamentables condiciones de malvivir que tienen, el poblado sigue creciendo. Cada mujer tiene al menos dos hijos, que por supuesto corretean entre ratas, escombros, moquean y están sin escolarizar.
El ambiente, sin embargo, delata que hay poca preocupación entre los adultos. Los hombres juegan a las cartas en una mesa y otro grupo practica ping – pong sobre una mesa para tal efecto que sí que han conseguido construir.
Las únicas que hacen algo son las mujeres: unas duermen en tiendas de campaña comidas por la mugre, otras cocinan, otras fuman tras la valla exterior del poblado, junto a las ruinas de lo que fue un burdel de carretera. El tiempo se ha parado y no serán ellos quienes les den cuerda al reloj.
«Sólo llevamos aquí una semana», dice este último grupo. «Venimos desde Rumanía. Estamos de vacaciones», explican junto a varios colchones amarillentos, a la vera de la autovía. Su trabajo, cuando lo tienen, consiste en recoger papel, metal y cartón.
El éxodo de Las Fuentecillas no se originó sólo por un incendio. Hace tres años, se desmanteló la zona, para levantar un desarrollo urbanístico. Era un foco de robos y tráfico de drogas.
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