De la cola del paro a un comedor social
"Estaba casi aguantando el hambre"
Dos bilbainos y dos colombianos que siempre habían trabajado se ven abocados a un comedor social
Deia, , 02-09-2012Bilbao
Gabriela enhebra la aguja de su vida y no para de hilvanar desgracias. Abandonada por su marido con dos niños y otro en camino, pasó hambre en Colombia y ha estado a punto de padecerla en Bilbao. Enferma de osteoporosis, con depresión y un cáncer en su historial, en junio la despidieron de varias casas, donde llevaba una pila de años trabajando, para no tener que darla de alta. Los 132 euros que cobra limpiando en otro piso no dan mucho de sí. “Lo poco que tenía se lo daba a mis hijos. Llevaba ya dos días sin comer. Es muy duro, pero no lloré delante de las niñas. Mami, te veo triste. No, tranquila. Apenas hay esto de comida. Sí, mi hija, no hay más. Ay, mami, vengo con un hambre. Vaya a pedir alguna cosa, un poco de leche. Yo las mandaba a veces sin desayunar”.
Ahora las mantiene a base de lentejas, garbanzos y lo que le da la iglesia. Y ella, muy a su pesar, se sienta a la mesa en el comedor social que Cáritas gestiona en Indautxu, donde se ofrecen doscientos menús al día. Su hijo, de 18 años, se resiste a dar el paso por vergüenza a que lo vea su novia.
Gabriela > 56 años, Colombia
“Fue muy duro venir, pero hay que asumir a lo que llegué”
Dice Gabriela que en su país te topas por la calle con gente con dos o tres niños pidiendo para el biberón. Ella tampoco tenía qué llevarse a la boca y ya debía cuatro meses de alquiler. Huyendo de esa miseria, poco después de dar a luz, dejó a sus hijos al cuidado de una hermana y emprendió vuelo con el dinero que le prestó una amiga. “La niña solo tenía unos meses, fue muy duro. Mi amiga me dijo: Ay, regálame la bebé, yo te la cuido bien. Yo le dije: No. Te hago lo que sea, pero yo no regalo a mis hijos. Mucha gente me pedía a las niñas de pequeñas. Como me veían en esa situación…”.
Tras pasar unos meses en Zaragoza, Gabriela recaló en Bilbao, donde ya lleva catorce años. Los cinco primeros estuvo de interna en una casa, hasta que “se murió la señora, empecé a trabajar por horas y pude traer a mis hijos”. En 2007 el destino o lo que quiera que sea se volvió a cebar con ella. “Me dio un cáncer. Trabajaba en un bar y me despidieron: Ay, para hacerte la quimio y la radio vas a perder mucho tiempo. No, yo voy a estar aquí a la hora, pero me echaron”. Todavía está en tratamiento. “Y, después, pasarme esto… Fatal, fatal. He llorado…”, musita. Y uno se pregunta si a esos ojos tristes les quedará, después de todo, alguna lágrima.
A Gabriela no le sobra un céntimo ni un gramo de grasa. Tiene que ir a todos los sitios caminando y acarrea con las bolsas de comida que le dan en una iglesia de Deusto hasta San Adrián. Con las bolsas de comida y la pesada mochila de su mala suerte cargada a la espalda. “Me siento supercansada. Como tengo osteoporosis…”, dice. Pero solo a título informativo, no para dar lástima. “Yo estaba casi aguantando el hambre, pero tengo amigas que pasan necesidades también. La crisis es para todos, aunque a mí me ha dado muy fuerte”. Tanto que se ha tenido que sentar en un comedor social. “Fue muy duro venir aquí, pero ¿qué se va a hacer? Hay que asumir a lo que llegué”. Por si fuera poco, tiene que espantar pretendientes. “Los hombres me dicen: ¿Cuándo vamos a salir? Les digo que no me interesa, pero si no es el uno, es el otro”, cuenta hastiada.
Ni siquiera le queda el comodín de la familia. La hermana que tiene en Gerona tiene al marido y sus tres hijos en paro y su madre, en Colombia, “está muy ancianita”. “He pensado irme para estar con ella los últimos años, pero mis hijas dicen: No, mami, tenemos que terminar la carrera como sea, pidiendo, yendo al albergue… Una quiere ser abogada y la otra, jueza o periodista. Las profesoras me dicen que son unas niñas súper. Ellas dicen que no se quieren quedar en el camino”. Y menos en ese que está lleno de espinas. La última vez que Gabriela pisó su país fue hace seis años. Al día siguiente se le mató un hermano. Y así todo. Pero ella, aunque agotada, no tira la toalla. “He salido adelante sola con mis tres hijos y yo con mis tres hijos hasta que me muera. Tengo que luchar”.
Oscar > 37 años, Bilbao
“Si esto no mejora, va a haber que montar más comedores”
Oscar lleva en el tajo desde los 18 años y un tatuaje en el brazo. Ha trabajado en un taller, montando muebles, de electricista… En septiembre del año pasado se le terminó el paro y estiró los ahorros hasta marzo. Desde entonces ha dormido en dos albergues. “Cuanto menos tiempo estés allí, mejor. Es gente de todo tipo y al final siempre hay roces”, dice. Ahora vive en una habitación alquilada con el dinero que le han prestado Cáritas y el Ayuntamiento de Bilbao hasta que le concedan la Renta de Garantía de Ingresos. “Son ayudas de emergencia, pero tramitarlas lleva su tiempo”, advierte por si alguien se cree que es llegar y besar el santo.
El primer día que se sentó en el comedor social, este bilbaino estaba descolocado. “Siempre lo has visto como algo que les pasa a otros y cuando vienes, dices: ¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo he llegado a esto si hace poco estaba trabajando? Pero, al final, hay que asimilarlo. Si te hundes, acabas toda la vida comiendo aquí y yo eso es lo que procuro evitar. Lo que pasa es que ya sabemos cómo está el tema del trabajo y más en la construcción. Está difícil, pero nada es imposible”, se anima. Él, por si acaso, no para de buscar empleo en el periódico, internet, Lanbide, ETT… “Nadie te lo va a llevar a casa. Hay que moverse”.
Con ganas de comerse, sino el mundo, sí “un filetito más a menudo”, Oscar espera salir de esta por sus propios medios, desprovisto como está, en este triple salto mortal, de colchón familiar. “Mi hermana tiene tres hijos y no trabaja. Con eso te lo digo todo”. Todo no. Aún hay más. “En el albergue ya se ha visto a alguna mujer y a parejas con críos, pero ya sabes, los de arriba son los que tienen que moverse”. Es acordarse del Gobierno y ponerse reivindicativo. “Siempre nos recortan a los mismos. Ellos no se bajan el sueldo, pero a nosotros…”. Oscar no pierde la sonrisa. Confía en poder llenar pronto la nevera. “Tarde o temprano esto tiene que empezar a mejorar. Si no, va a haber que montar más comedores”.
Linarco > 51 años, Colombia
“A uno se le agotan las fuerzas y pierde la motivación”
Dejó en su país a su mujer y a sus dos hijos para tratar de ofrecerles una vida mejor y está a un pasito de tener que regresar con la cartera vacía y su sueño de montar una pequeña empresa de electricidad volatilizado. “Si este mes no consigo nada, me marcharé”, anuncia Linarco, con esa melancólica sonrisa de quien ha extraviado “las ilusiones” y tiene que volver a empezar de cero. “Uno piensa que se va a superar y, al quedarse así, todo se derrumba. A uno se le agotan las fuerzas y pierde la motivación”.
Dos meses lleva este oficial de primera colombiano sin poder enviar dinero a su familia. Los mismos que lleva acudiendo al comedor social de Indautxu. Él nunca se lo habría imaginado. Desde que se afincó en Bilbao, hace cinco años, no le había faltado el trabajo. Primero en la construcción, después como electricista o calderero. En noviembre del año pasado su vida laboral entró en parada y, salvo un trabajo que le salió durante el mes de mayo, no hay signos de reanimación. “Ahorita está muy difícil la cosa. Creo que esto demorará mucho en recuperarse”. Al menos él tiene una habitación alquilada en Santutxu donde cobijarse, porque algunos compañeros, ni eso. “Hay muchos latinos que están esperando una ayuda para regresar a su país. En esta situación no se puede estar porque de pronto las cosas empeoran más. Hay mucha gente que al final se ha quedado sin dinero y le ha tocado dormir en la calle”.
Con conocimiento de causa y consciente de que “la crisis golpea más a los inmigrantes”, Linarco desea “suerte a los españoles que se van a otros países a buscarse la vida porque no es fácil. Como aquí no hay trabajo, a los chavales que son universitarios les toca irse y aventurar, pero las aventuras a veces no terminan como uno piensa”.
Javier > 51 años, Bilbao
“Esto me lo cuentan y digo como que no, porque yo ganaba bien”
Javier tiene la piel morena. Cualquiera diría que ha veraneado en la costa. Pero no. Su bronceado es de los lunes al sol, porque desde que cerró su empresa, hace ya cuatro años, este bilbaino, como quien dice, está en el paro. “He ido trampeando, encontrando algún trabajo sin Seguridad Social…”. Insaciable, la hipoteca no dejaba de engordar y en 2009 tuvo que vender su piso. Ahora vive en uno de su madre. “Cuando solicité el préstamo, pagaba unos 600 euros y, al final, ya eran 1.200. Lo vendí en el mismo precio que lo compré y ni tan mal, porque ahora está más devaluado. Te llegan a decir que inviertes en ladrillo y que vas a perder dinero y dices: ¿Qué película me estás contando?”.
Para su desgracia, no se trata de ningún largometraje ni los gastos los sufraga una productora. “Estoy cobrando una ayuda de 426 euros de Lanbide, con la que pago agua, luz, teléfono, aseo y deudas, que todavía tengo”, cuenta. En la cruda realidad tampoco hay catering. “Un amigo me dijo: Javi, vete a un comedor social. Yo, al principio, pensé: Jo, ¿un comedor social? ¿Estoy ya en este límite? Luego recapacitas y dices: Sí, lo estoy. Aguantas dos o tres días sin comer, pero al cuarto haces de tripas corazón y vienes. Ahora estoy encantado”. Es un decir, claro. Aunque algún amigo le haga ver lo afortunado que es. “Me dice: Javi, mira la parte positiva. No cocinas, no friegas, vas a mesa puesta”. Pero aquello no es, ni de lejos, un restaurante. “No es nada grato. Nunca me imaginé en una situación así. Esto me lo cuentan y digo como que no, porque yo ganaba bien, pagaba la hipoteca, algún capricho, me iba de vacaciones…”.
Aunque sabe que lo tiene muy complicado y su edad juega en su contra, Javier no ceja en su empeño de encontrar trabajo. Todos los días consulta las webs de búsqueda de empleo y trata de mejorar su currículum de comercial haciendo cursos de formación. “Yo todavía tengo la facultad de aprender. Si uno tiene ganas de trabajar, disponibilidad e ilusión, no entiendo por qué se rechaza a un posible candidato”. No lo entiende, pero sospecha que es por sus 51 años.
El qué dirán lo vence Javier con sus ansias de encontrar empleo. “Yo a todo el mundo le digo que estoy buscando trabajo. Ahora, que no tengo ni para pagar el gas, pues hombre, lo pueden saber cuatro. No vas a estar aireando a los cuatro vientos tu situación”. Con la mente en positivo, que ya es mérito, sueña con que pronto suene en su mesilla el despertador. “Me gustaría tener la obligación y la responsabilidad de levantarme a las siete de la mañana para ir a trabajar. Yo no quiero vivir del cuento”.
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