El Ramadán no entiende de velos

El Correo, DANIEL GONZÁLEZ / ITSASO SÁNCHEZ, 19-08-2012

Unas gruesas cortinas sumen casi en la penumbra el amplio salón, dejando entrever el largo sofá, el suelo cubierto de alfombras y los cojines que descansan al otro extremo. Nada más traspasar el umbral, la sensación de paz que evoca la estancia se contagia, obligando a dejar atrás los agobios de la vida mundana. Sólo el sonido del televisor que descansa en una esquina, sintonizando las noticias de Al Jazeera, rompe con ese aura casi mística. Sukeina Abdelbaghi Dleim, a sus 38 años, mira con tristeza la pantalla. «Sólo salen noticias malas. Me duele el alma», se sincera.

Es por ello por lo que durante el Ramadán, cuando el contacto con Alá es más directo y puro, reza para que acabe la pesadilla de la violencia en los países árabes. «Y la crisis». Por eso, aun teniendo frente a ella una mesa repleta de dátiles, zumos y leche, se mantiene firme en su ayuno. Su prima Feilah Wona vierte el humeante té verde en vasos de cristal, a pesar de no poder probarlo hasta las nueve de la noche. «La verdad es que tengo mucha sed», admite Sukeina. «Pero hasta las nueve, nada», recuerda sonriente.

Como ella, cerca de 8.000 musulmanes han realizado este ayuno en Vitoria – tampoco pueden tener relaciones sexuales – . Hoy, tras un mes dedicado a la oración, el Ramadán termina con una gran fiesta. Sukeina lo practica desde hace sólo cinco años, debido a una gastritis crónica. Tenía 8 cuando, al salir de la escuela en su campamento del Sáhara «con una sed increíble», entró en la tienda de su tío y agarró una garrafa. Y tragó, pensando que contenía agua. «Era gasoil», explica con amargura. Sus allegados le animaban a realizar el Ramadán para que su mal mejorase. «No les creía». Hasta que siguió su consejo. «No sé si es algo científico o es que Dios quiere que sea así, pero he notado un alivio en el estómago tremendo», se sorprende.

A su lado, Feilah, de 43 años, intenta seguir la conversación. No domina bien el idioma, por lo que se limita a afirmar la sensación de bienestar que le acompaña. Sukeina, en cambio, encuentra las palabras exactas para ensalzar su rito más importante. «Te da una estabilidad emocional tremenda, ¡y mira que yo no soy religiosa a rajatabla! Pero te invade una paz interna…».

El timbre corta su reflexión. Sus cuatro primas esperan para subir. Porque el Ramadán, aparte de los cinco rezos diarios – uno de ellos pasadas las seis de la mañana – y el ayuno brindan la ocasión perfecta para las reuniones familiares o con amigas. Feilah y Sukeina no serán las únicas que degusten a la noche el cuscús que con mimo han preparado. La visita llena aún más de color el vistoso salón. Mientras, Bouceif, con cara de pillo, atrapa un dátil. A sus seis años, aún no practica el ritual, y su apetito hace el resto. Su hermana, de tres, no cae en la tentación. Pero nada más oír hablar a su madre, Zueina, del ayuno, se apunta con una sonrisa. «Yo mañana empiezo a hacer el Ramadán. Mami, no me hagas comer», reclama.

Y es que los más pequeños no están obligados a dejar de comer durante el día, «y si cuando les llega el momento dicen que no, les dejamos», asegura Sukeina, quien también tiene dos hijos, que esta semana están con su padre. Pese a la rígida imagen que muchos tienen de su cultura, esta saharaui ahora separada, no tendría ningún problema en volver a casarse. «Es más importante que se cumpla la religión». Le entristece que muchas personas no conozcan estos detalles. Le duele ver polémicas como la surgida hace más de un año con el intento de instalar una mezquita en el cercano barrio de Zaramaga. «La gente va allí en paz, a desear lo bueno para los vecinos. No pueden generalizar. No hay que etiquetar a toda una comunidad por unas pocas personas que han hecho algo mal», apunta.

Antes, la salud

A pocas calles de allí, Hafida y su hijo Rayan despliegan las alfombras en el suelo. De rodillas, mirando a La Meca, empiezan su oración. La saben de memoria. La marroquí de 32 años lleva desde los 13 cumpliendo con el Ramadán, desde su primer ciclo menstrual, «como es común en las mujeres». Esta vez es diferente. Tras media década en Vitoria, tiene a su lado al pequeño que llegó hace apenas un mes. Hafida agradece el ser empleada de hotel. «Si me quedo en casa sólo pienso en comer y en que llegue la hora», asegura. Sus principios en la capital alavesa no fueron fáciles, ya que «poco tienen que ver la implicación de la sociedad aquí y en Marruecos. Allí todos los restaurantes, los bares, cierran. No ves comida».

Además de rezar en casa, es fiel a la visita a la mezquita, donde ora en el lugar reservado a las mujeres. Sólo una cosa le impediría cumplir con la tradición del Ramadán: estar enferma. Aquellas personas que padecen alguna dolencia, están embarazadas o hacen un largo viaje, están exentas del ayuno. «Antes está la salud», apunta un compañero argelino. ¿Y qué pasa si, por descuido, bebe algo? «Entonces, al Ramadán tengo que sumarle un día más, para compensar».

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