MAtilde elexpuru presidenta de la asociación de empresarias y directivas de Bizkaia

"Hubiese querido ser una gitana sin papeles"

Va y viene con un ritmo trepidante, como si le hiciese falta un día de 36 horas. Matilde Elexpuru es una mujer dinámica, más allá de las obligaciones profesionales que le aprieta. Sueña con la mar y con su caserío de Morga. Y con ir de visita a todos los confines de la tierra

Deia, Jon Mujika, 01-07-2012

Bilbao. Junto a la caseta desde la que se izaba el puente de Deusto cuando entraba a puerto o partía un buque de aquellos de proporciones descomunales, Matilde Elexpuru parece feliz. La entrevista se cursa en su último día de trabajo, a las puertas de unas bien ganadas vacaciones. Recuerda que hacía tiempo, mucho tiempo, que no cruzaba a pie ese puente que, ya de niña, se le hacía eterno. “Yo vivía en Deusto, en la calle Carlos Haya que hoy se llama Francisco Macía, y cruzarlo era ir a Bilbao…” Ese fue el primero. El primero de sus largos e interminables viajes.

¿La ría divide a Bilbao?
Antes más que ahora. Por eso me gustan tanto los puentes; tanto los arquitectónicos como los figurados, los que acercan a las personas.

Ha de explicarme que es eso de la gitanería…
Gitana, sí. Me hubiese gustado serlo y andar por el mundo sin papeles. Me encanta viajar y como una cosa lleva a la otra, estudié Turismo en Deusto, lo que me ha permitido cumplir ese sueño.

Cierro los ojos y digo gitana…
Y andar descalza, que me encanta. Esa vida nómada, de país en país sin que te pidan papeles, sin fronteras.

¿Las fronteras hacen daño?
Es difícil decirlo así. En Centroamérica más que en Europa. Y no le digo nada en África.

¿Así que entiende que algunos se jueguen la vida por cruzarlas?
Cómo no lo vas a entender. Hace treinta y tantos años estuve en un campamento palestino llamado Tierra Santa y vi las condiciones. Cómo no va a florecer ese sentido kamikaze de la vida con ese abono.

¿Hoy sobran cuando ayer hacían falta?
Es injusto, pero todo depende del momento económico: cuando hay,  hacen falta; cuando no hay, resulta que consumen. También es verdad que han cotizado y sujetado a la Seguridad Social. Difícil papeleta.

Ha conocido, según tengo entendido, a grandes personalidades…
He estrechado la mano a Gadaffi cuando era el rey del mambo. A Pinochet no le saludé porque no quise, me negué. Dejémoslo ahí.

¿Ha cambiado el mundo que conoció en sus viajes?
Sí, sí lo ha hecho. No sé si ha mejor o a peor, pero sí ha cambiado.

¿Ha sido testigo directa de alguno de esos cambios?
Estuve en Irán en el último año del Sha de Persia y en el primer año de Jomeini. A los dos días, vinieron unos hombres de la policía religiosa a preguntarnos si mirábamos a la cara cuando dábamos la información. Nos dieron un velo y nos prohibieron hacerlo. ¡Fuera de inmediato! Todavía conservo ese velo en casa.

Las mujeres y su largo camino…
Largo y duro, sí. En mi sector ha sido algo más fácil, pero no es nada cómodo. Y lo que queda todavía…

¿Qué queda?
Son muchos los factores que influyen, culturales, competitivos e incluso religiosos. También pesa, claro, la forma de ver la vida de las propias mujeres. Hay asuntos que están por arreglar.

¿Pesan en la decisión los hijos?
No los tengo y no lo sé, pero me molesta mucho esta pregunta, sobre todo porque nunca se le pregunta a  un hombre si ser padre puede interferir en su carrera profesional.

Perdón pedido. ¿Cómo se puede solucionar esta cuestión?
La sociedad tiene que arbitrar más medidas. No como una posibilidad si algo sobra, sino como un derecho. Está ya muy cacareado, pero hay que ver como ayuda el Estado noruego a la familia.

Los hijos son algo más que una materia de debate, supongo… 
¡Por supuesto! Estaría loca si no me alegrase de un nacimiento. Eso es felicidad pura y, si quieres mirarlo desde un punto de vista egoista, algo necesario.

El crecimiento demográfico en nuestro entorno…
Es un desastre. La actual tasa de natalidad es una ruina.

Llegamos a casa sin fuerzas ‘pa ná’…
Ja, ja, ja. El trabajo no puede marcar la agenda de toda tu vida, aunque vivamos momentos excepcionales. Es aconsejable que no ocupe más del tercio de tu vida.

Habla la calle: las mujeres jefas son mejores.
¡Qué va! Yo no me apunto a esa Liga. Algunas son estupendas  y otras unas auténticas… Rellena tú los puntos suspensivos.

Y habla el trabajador: todo jefe es un cabrón.
Ya. Y todo trabajador, un vago. Hay que acabar con esos clichés.

Hoy se piden sacrificios laborales, ¿mañana debieran repartirse los beneficios?
Imagino que sí, no. Esa es una de las enseñanzas de la crisis: que no podemos seguir como hasta ahora. Empresarios, sindicatos… ¡todos!

¿El banco es el malo más malo de todos los malos?
 Tal y como se presenta la película, parece que sí. Y además parecen imbatibles: lo hagan bien o mal, siempre tienen salvavidas.

Cambio de tercio: ¿Cuál es su sueño incumplido?
Me hubiera encantado ser arquitecta. Y tengo una anécdota que…

¡Desenfunde!
En Tellaetxe, estaba interna en las clarisas. Un día descubrieron que había dibujado un plano de las instalaciones, incluido el espacio de clausura… ¡Casi me echan!

Bilbao es un templo arquitectónico…
Tiene cosas muy bellas y algunos desarreglos incorregibles. A mi juicio estamos rodeados de montañas pero a la ciudad le falta pulmón, más zonas verdes.

Canta en el coro de Fruniz para…
Porque me encanta la música y la voz como instrumento. Y esa sensación de equipo.

“Lo mío con el agua es un romance” ¿Quien dijo eso?
Yo, hace un minuto. Me encanta en todas sus formas: en la ría, en la lluvia, en los regatos, en la mar… ¡Hasta en la manguera!

¿No tener mar es una ‘imperfección’ de Bilbao?
Sabemos que está al alcance. Quizás si lo viésemos a diario dejaría de ser un lujo. Me encantan los temporales, las mareas vivas. Por eso cuando miro al Cantábrico digo la mar y el Mediterráneo me parece más el mar.

Rellene ahora usted los puntos supensivos: Comer en Bilbao es…
Una maravilla. Y cada vez me gusta más volver a la cocina del recuerdo. Me dejo sorprender a veces por la alquimia de lo nuevo, pero donde esté una merluza en salsa verde bien hecha.., ¡Quita!

¿Y cuál es su recuerdo de cocina?
En los bajos de mi casa de Deusto estaba el obrador de la pastelería Jauregi. ¡Subía un olor! mi padre solía decir que sus hijos eran los mejor merendados de la ciudad.

¡A soñar! ¿Qué poder le gustaría adquirir?
Volar. Ha de ser el placer de los placeres. Hacer todo lo que haces, sobrevolando en lugar de andando.

Despegándose del asfalto ¿dónde se despega Matilde?
En mi caserío de Morga. Es mi médico, mi psiquiatra.

¿El campo cura de la ciudad?
Sí. Y del estrés, del agobio… Pero el campo si sabes estar, claro. Hay que ser activo, vivir el campo, pendiente de las lunas, los vientos y la climatología.

¿Tanto daño hace la prisa?
Enorme. El placer de ir despacio lo disfruto siempre que puedo. Si llego, bien. Y sí no lo logro, no pasa nada: a la lista de cosas pendientes.

¿Qué pierdes por su culpa?
Amigos, afectos, atardeceres, salud, reflexión… ¡y además, engorda!

¿A qué teme?
Me da miedo el dolor, todo tipo de dolores. De pequeña temía quedarme sola y hoy, fallar a los demás.

¿Y qué odia?
La falsedad de la gente. Sumada al egoismo es un cóctel asqueroso.

¿Y la tan denostada mentira?
Pues mira, a veces no viene mal. Si todos fuésemos por la vida diciendo nuestra verdad… ¡la que se arma!

¿Su lema es?
Fiel a mi misma. Esa pregunta me la hicieron las monjas y no les gustó la respuesta. No sé por qué. 

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