La momia de Juana de Arco

Sarkozy se creyó aquello de que los moderados no deben dejar en exclusiva a los ultras el discurso antiinmigración

La Vanguardia, Miquel Molina, 26-06-2012

Ha pasado más de una semana desde la incontestable victoria socialista en las elecciones francesas y en el seno de la UMP, la principal formación de la derecha, prolifera la autocrítica sobre los mensajes de la larga campaña presidencial/legislativa. Uno de los principales reproches que se le hacen a Nicolas Sarkozy desde sus propias filas es haber ahuyentado al electorado más centrista con su decisión de arrimar el partido al terreno ideológico del Frente Nacional. El exprimer ministro Jean Pierre Raffarin o la ex ministra Chantal Jouanno figuran entre quienes acusan a Sarkozy de abrazarse con demasiado entusiasmo a la momia de Juana de Arco y con ella al patriotismo xenófobo de los ultras, propiciando una suerte de porosidad entre los electorados de ambas formaciones y alejándose así de la centralidad ganadora (que en su caso no debía de andar muy lejos del progresismo chic de Carla Bruni, un terreno que frecuentó con soltura al poco de ser elegido).

El hecho de que al expresidente francés le haya salido mal su estrategia de culpar a la inmigración de todos los males ha desactivado a este lado de la frontera la consabida apostilla postelectoral: aquella que reza que los partidos moderados no deben dejar en exclusiva a los ultras el discurso sobre las cuestiones que preocupan de verdad al votante; es decir, el exceso de inmigrantes. O dicho de otra manera: seamos todos un poquito más xenófobos para que no lleguen al poder aquellos cuyo principio fundacional es el acoso a los extranjeros. Como el resultado de Marine Le Pen tampoco ha sido para echar cohetes (el sistema electoral la penaliza), ha resultado que la inmigración ha quedado apartada del eje central de las elecciones, del mensaje ganador. Que no ha sido otro que la promesa del socialista Hollande de anteponer el crecimiento a la austeridad. Al final, de entre todos los miedos reales o distorsionados, la ciudadanía sabe identificar las ideas por las que conviene apostar.

Es difícil prever cómo evolucionará el debate ideológico en este país en estado de shock. De momento, la bandera contra la inmigración la enarbolan abiertamente políticos que, como Esperanza Aguirre, tienen muchos motivos para desviar la atención. En Catalunya, por el contrario, parece que se ha optado en general por una oportuna prudencia.

Pero vamos a suponer que implícitamente llegamos a la conclusión de que sólo volveremos a crecer, ni que sea un poco, de la mano del ladrillo, ya que la anorexia presupuestaria impide apostar por los modelos alternativos que tanto nos encanta pregonar. Entonces no quedará más remedio que ordenar a la policía que mire hacia otro lado para que los inmigrantes poco cualificados entren sin problemas por los aeropuertos. El mismo buenismo –fronteras abiertas para todos– que aplicaron las autoridades durante la década prodigiosa que tanto irrita a Angela Merkel.

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