“Su sonrisa es lo que más motiva”

Una pareja valenciana reparte cada domingo decenas de raciones de macarrones a inmigrantes sin techo

La Vanguardia, SALVADOR ENGUIXValencia, 11-06-2012

Es difícil clasificar lo que cada domingo hacen Manuel Díaz y Paula Antúnez en Valencia. Porque esta pareja no forma parte de una oenegé, asociación benéfica o caritativa; ni están vinculados a ninguna iniciativa religiosa. Y sin embargo, el último día de cada semana lo dedican a cocinar macarrones, en gran cantidad, y a repartirlos en raciones entre los inmigrantes, muchos de ellos sin techo, que abundan en el barrio en el que viven, en Campanar. Así de sencillo. Hierven macarrones, los envasan en raciones individuales (más de 150 unidades de media), se bajan a la calle y los entregan, junto a un refresco, pan y en ocasiones postre, entre los más necesitados.
Manuel Díaz, de 51 años de edad, asume que lo que hace no es normal. O al menos, no en esta sociedad en la que vivimos. Pero no se siente ni un héroe, ni un samaritano; simplemente le apetece hacerlo, y como además cuenta con un montón de amigos dispuestos a secundar cada domingo su iniciativa se siente, realmente, feliz. Y cuando se le pregunta qué es lo que más le satisface de esta acción señala que “la sonrisa de esas personas, eso lo compensa todo”.
La idea tiene nombre: “Macarrón solidario”. Y nació hace tres años por un cúmulo de casualidades. Cierto es, como señala Manuel, que en muchas ocasiones, cruzando el antiguo cauce del Turia, había pensado en hacer algo con esos hombres y mujeres inmigrantes que observaba “en situación realmente dramática”. Su mujer, Paula, compartía ese sentimiento. A Manuel le encanta cocinar, y un domingo preparó una paella para sus dos hijos de un matrimonio anterior. Estos, ese día, no se presentaron en casa. Se generó, recuerda, un dilema; “¿qué hacemos con la paella?”. Paula fue la que le sugirió que repartiera el arroz en recipientes individuales y regalara la paella a los más necesitados.
La experiencia provocó en Manuel y Paula una especial sensación, y decidieron consolidarla. El primer problema fue que no era posible repartir paella en grandes cantidades porque es un plato complicado de elaborar, con muchos ingredientes y que precisa de grandes instalaciones para poder cocinar muchas raciones. Decidieron que en lugar de paella el macarrón podía ser una alternativa. Porque es más sencillo de preparar, se reparte con pocos ingredientes (tomate, especias y carne) y no es necesario un recipiente especial.
Una vez cocinado, siempre al mediodía de cada domingo, Manuel, Paula y un montón de amigos, entre los que hay varios inmigrantes, bajan a la calle. Ya han pactado con los receptores dónde deben esperarles. Son dos zonas: una cerca del Instituto Valenciano de Oncología, y otra a unos cien metros, cerca del antiguo cauce. Los primeros en recibir las raciones son un grupo de veinte subsaharianos. Conocen a Manuel. Se saludan. Toman lo que se les da y se retiran. Después la comitiva se traslada al otro punto donde una fila de unas cien personas esperan el alimento.
En este segundo grupo llama la atención que además de sudamericanos y magrebíes hay varios españoles. “Antes no había tantos”, confirma Manuel. Hay, incluso, un matrimonio con un bebé haciendo cola. Todos hacen fila de forma respetuosa, aceptan la ración y se retiran al jardín para consumirla. Eso es todo. “Si te vienes otro día nos ayudas a cocinar y a repartir”, anuncia Manuel, al que el corazón no le debe caber en el pecho.

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