Viviendo en un arcén de la M-30
Cinco rumanos llevan 6 meses en unas tiendas en una mediana de O'Donnell
El Mundo, , 05-06-2012Tienen todo lo que usted desea: solárium, un huertito con tomates que crecen sin fertilizantes artificiales, un retrete ecológico muy bien ventilado y una vivienda, en fin, construida en frescas lonas, madera de boj, brotes verdes y césped.
Viven en una zona exclusiva de Madrid (y tan exclusiva), bien comunicada y repleta de servicios. Junto a su peculiar casa, pistas de tenis y pádel. De jardín, media hectárea de zonas verdes en las que se respira aire puro, con una vista privilegiada de los atardeceres sobre la ciudad.
Están a salvo de la burbuja inmobiliaria, no parece que aquí vaya a causar estragos la prima de riesgo y Bankia es apenas un vago eco.
Están, de hecho, tan alejados del mundanal ruido como la clásica urbanización de ricachones, pero sin servicio de vigilancia.
Usted circula en sentido sur por la M-30, y toma la salida de O’Donnell. Recorre los 100 metros del carril, que asciende en dirección al Pirulí, y justo cuando va a girar a la derecha puede ver, emergiendo de entre los arbustos, un toldo azul.
Se para en el arcén unos metros más allá (el arcén es amplio: difícilmente se aparca más holgadamente en el centro de Madrid), y sólo tiene que caminar hacia la M-30 para llegar al recóndito lugar.
Lo primero que verá es una tienda de campaña tipo quechua. Más allá, un tendal con ropa recién lavada. Quizás le pase como a este redactor cuando se plante en el lugar: que huele rico. La cocinilla está funcionando a pleno rendimiento hoy.
Alín y Alina se sorprenderán de verle por aquí, pero no tema: no sólo son pacíficos, son muy amistosos, gente majísima… Que está en la más absoluta miseria.
«Yo, si tuviera en Rumanía la posibilidad de una habitación en cualquier sitio, no estaría viviendo así… Pero es lo que hay», dice él, de 26 años, llegado de Rumanía hace cuatro con su esposa, Alina, de 29. «Nosotros vivíamos en la Elipa cuando llegamos a Madrid… Vinimos desde Valencia, llegamos allí hace cuatro años, para trabajar en el campo. Trabajábamos para otros rumanos que no nos pagaban, así que lo dejamos. Vinimos a Madrid y yo trabajé mucho en la construcción, esos años fueron muy buenos. Empezamos a vivir de alquiler en La Elipa, yo me compré un coche pequeñito para trabajar…».
Alín no responde para nada, ni en aspecto ni en su forma de hablar, al prototipo de indigente: se expresa muy correctamente y no parece para nada abandonado a su suerte. Sigue: «También trabajé por entonces en una empresa de muebles, luego cuidé de dos señores mayores que terminaron muriendo… Después empecé a trabajar en la obra de un señor muy majo, el director de una cadena de peluquerías. Me puso a dirigir la obra, y a mi mujer de peón. Sin embargo, los que tenían que pagar no lo hicieron, eran dos españoles y se aprovecharon de mí: me tenían que pagar 6.000 euros en negro y sólo me pagaron 1.500. Luego intenté recoger cartones en mi coche, pero me pusieron una multa de 500 euros».
Ahí comenzó la cuesta abajo que en septiembre de 2011 les dejó en la calle. «Aquí llevamos desde diciembre pasado. Antes estuvimos en un parque al otro lado de la M-30, pero hay un chico que le gusta beber y que está loco, aquí estamos mejor, pero también hay uno que aparece de vez en cuando con una pistola y con ganas de hacer cosas malas…».
Al minicampamento de refugiados se han unido otros tres rumanos (dos hombres y una mujer) que no hablan español. Continúa Alín: «Yo en mi país no tengo nada. Sé que aquí no vamos a durar mucho. El domingo me despertó un policía: ‘Usted sabe que no puede dormir aquí, ¿no?’».
Alín tiene prisa: debe irse a pedir, su única ocupación, aparte de buscar chatarra que revender. «Como mucho saco ocho o diez euros al día. Al menos no hemos tenido hijos. Somos rumanos, pero no gitanos, aún tenemos un poco de cabeza». Termina: «Es muy triste estar así, vivimos muy mal, yo no he hecho nada malo en mi vida… No sé qué va a pasar».
Volvemos a la civilización, no sin antes descubrir otras tres tiendas ocultas en la mediana de enfrente, con su tendal de ropa y todo: la miseria comienza a cercar el centro de Madrid.
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