«Los nazis me robaron el sueño» Neus català. la superviviente
El Mundo, , 04-06-2012«Cuando era pequeña, mi tía me llamaba ciruela negra porque era una niña demasiado moderna para ser una hija de campesinos en una sociedad rural y machista». A sus 97 años, Neus Català mantiene la mirada vigorosa, dos ventanas abiertas a un mundo de recuerdos que han dado para una novela en la que la realidad ha superado con creces a la ficción.
De la mano de la escritora Carme Martí, la vida de Neus Català ha sido novelada bajo el título Cenizas en el cielo (Roca Editorial), una estremecedora historia por la que el lector caminará con la respiración entrecortada, siguiendo los pasos de la única superviviente catalana del campo de concentración nazi de Ravensbrück.
Neus volvió del exilio en 1976, y se instaló en la villa de Rubí con la idea de recuperar la memoria de sus compañeras. «Las prisioneras españolas son las olvidadas de los olvidados», dice, culpando de ese olvido a la sociedad machista. «Conocí a Montserrat Roig cuando estaba a punto de entregar su libro Los catalanes en los campos nazis. Estaba convencida de que no había habido mujeres en los campos de exterminio, y cuando le dije: ‘Aquí nos tienes’, se quedó pasmada. Y eso que ella era una feminista convencida».
A su edad, a Neus Català se le pueden permitir ciertas licencias, y una es la de una obsesión que repite sin cesar: «Tenía que recuperar la memoria de mis compañeras muertas en Ravensbrück, porque sólo existían los hombres, y sólo existía Mathausen. Una injusticia, cuando incluso Malraux escribió que las mujeres habían sido la estructura de la Resistencia».
La historia del libro es la historia de una fascinación. «Yo estaba trabajando en un libro sobre crónica rural, y cuando fui a pedirle a Neus su colaboración, me dijo que estaría encantada de hablar de su experiencia como campesina en la Dordoña y escapar del corsé de prisionera», dice Martí. Tras varias entrevistas, quedó impresionada. «De repente quedé atrapada en su vida».
«Cuando era una niña quería vivir grandes aventuras. No éstas, pero sí otras», dice Neus. Cuando estalló la Guerra Civil, los jóvenes de Guiamets se movilizaron para defender a la República y ella se presentó como voluntaria para ir al frente con sus compañeros de las Juventudes del PSUC.
«Las mujeres no podíamos ir al frente y me mandaron a estudiar enfermería a Barcelona y más tarde a la cuidar a los huérfanos de la Colonia Negrín». Ciento ochenta niños con los que cruzó la frontera y se perdieron en el tiempo. «Sólo he tenido contacto con dos de ellos. Dos hermanos», añade Carme Martí.
Después de tres años de guerra, cualquiera hubiera optado por el ostracismo. No fue el caso de Neus. En Francia se enamoró de Albert, miembro de la Resistencia, y se casaron para que ella pudiera entrar en la organización y trabajar como enlace. «Con la nacionalidad francesa podía moverme con mayor facilidad». Su trabajo acabó cuando un farmacéutico de Sarlat la denunció a los nazis y tras un duro paso por la prisión de Limoges, fue deportada al campo de exterminio de Ravensbrück.
En el campo los días eran muy largos. Y las noches, diezmadas por el llanto sordo de las prisioneras, eran penitencias interminables en las que la lucha entre el deseo de dormir y no despertar, y el deseo de sobrevivir para contar era insoportable. «Los nazis me robaron el sueño. Incluso mi pensión es mayor por las secuelas causadas por haberme robado el sueño». Neus toma pastillas para dormir. Y dice que sus recuerdos son en blanco y negro, del color plomizo con el que veía el cielo, por más índigo que hubiera amanecido.
La palabra que aparece constantemente en la conversación es solidaridad. Una solidaridad extraña frente a la brutalidad de las carceleras, que tenía como fin convertir a las prisioneras famélicas en animales salvajes.
«De tan malos que eran los nazis eran locos», dice Català recordando a algunas compañeras asesinadas en los campos: Madame Grauville, quemada viva en el crematorio; Madeleine, colgada por el pescuezo a un gancho de carnicero con las manos y los pies atados. Y en ese mundo inhumano algunas cosas que nos pueden parecer normales se convertían en el salvoconducto a la salvación: la cuchara, el plato, el vaso. «Y la amistad, sobre todo la amistad».
Cuando salió del campo cogida de la mano de su hermana Therese Menot, hizo llegar a sus padres el mensaje de que estaba viva. «Pero cuando me planté en la puerta de la casa de Sarlat, tuve la sensación de que contemplaban a un fantasma».
Tras la alegría inicial, llegó una suma de dolores que la han acompañado de por vida. Un dolor: la incapacidad de poder contar algo que por su brutalidad parecía una irrealidad. Otro dolor: la sensación de seguir siendo un ser invisible. «No podía volver a un país del que no me había ido nunca. Era una ignominia que después de que los nazis perdieran la guerra, Franco siguiera gobernando». Y el último dolor: la muerte de Albert, fallecido pocos días después de que hubiera sido liberado.
«Lo que si guardé en una caja, como un objeto sagrado, fue mi traje de prisionera. Pero un día que estaba fuera, mi cuñada me lo quemó». Aún le quedan dudas del porqué de la quema de un traje a rayas que sobrevive en la retina de generaciones merced a una fotografía. «Por suerte, días antes había ido a un retratista. Fue como un deber hacia la memoria».
Neus Català volvió a España en 1976 En su largo exilio había seguido militando en el PSUC. «Militar significaba no querer aceptar la muerte de mi país», asegura. Volvió junto a Félix, su segundo marido, al que había conocido cuando ejercía de Comisario General de Guerrillas Españoles, pero sin sus hijos. «Ellos han nacido en Francia, y a pesar de que no reniegan en absoluto de sus orígenes, se sienten franceses».
«A Félix y a mí nos llamaban Tambour y Cascabel. Él era seco, yo alegre». Tras la muerte de su marido, Català decidió volver a su pueblo de Guiamets, y tras un accidente doméstico, dejar su casa para instalarse en el geriátrico del pueblo. Lo que más le gusta es sentarse en el bar del pueblo y tomar un café con la vista colgada en un precioso horizonte tapizado de viñedos.
Neus Català es una leyenda viva, y su vida, Historia. «Y eso que al salir del campo algunas mujeres nos decían: ‘Si os hubiérais quedado en casa cambiando pañales no hubiera pasado todo esto’». Català ha vivido como ha sabido, y ahora lo hace para dar vida a sus muertos. Aún preside L’ Amical Ravensbrück, y cada vez que ha vuelto al campo, sus compañeras le dicen que su cara cambia de color. Sin lágrimas. Los supervivientes son de una materia especial.
>Análisis de la figura de Neus Català a cargo de Daniel Vázquez Sallés.
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