Clásica
«Trovatore», un logro difícil
La Razón, , 29-05-2012Temporada del Palau de les Arts
«Il Trovatore», Verdi. J. de León, M. Agresta, E.Semenchuk, J. J.Rodríguez… Coro de la Generalitat Valenciana y Orquesta de la Comunidad Valenciana. Direc. de escena: G.Vera. Direc. musical: Z. Mehta. Palau. Valencia.
El Palau de les Arts se ha atrevido con una obra casi imposible en ests tiempos y que por ello se programa poco pese al atractivo de su música. Su libreto es de los más incomprensibles de la historia y con pocas posibilidades de ser llevado a escena de una forma original y que ayude a explicarlo. Y apenas hay tenores y barítonos para los papeles principales. Valencia triunfóo en esta apuesta con la baza de la calidad en lo músico – vocal. La crisis obligó a que Gerardo Vera diseñase escenarios que pudieran compatibilizar dos óperas tan diferentes como «Trovatore» y «Medea». No se sabe bien si el Conde de Luna va vestido de soldado o sereno, los gitanos parecen emigrantes de la Europa del Este, la prisión de Azucena semeja la estructura de un aparcamiento… Obras así precisan de simplicidad escénica, luces en condiciones y dirección actoral. Hay muchas cosas, poco teatro e iluminación inadecuada en momentos claves. Vera cosechó bastantes «buhes».
Ya es raro que Azucena no sea la gran triunfadora de un «Trovatore»; Semenchuk compuso una gitana impecable, pero tenía al lado un trío sólido. Maria Agresta, soprano desconocida en estos lares, cantó con línea admirable, regulando, con buen fraseo y voz bella de soprano lírica. Juan José Rodríguez sustituyó a última hora a Sebastian Catana. Con razón aplaudidísimo, dibujó un Conde de robustez y el bajo Liang Li no desmereció como Ferrando. Jorge de León entusiasmó en la «pira» y cantó con nivel el «Ah si ben mío», si bien le falta apianar y le sobra empujar. La facilidad del agudo y la fortaleza vocal en un repertorio de «spinto» sin apenas competidores son sus armas, pero ha de cuidarlas. Mehta planteó una lectura más medida y controlada de lo esperado, mimando a los cantantes y dejándoles ser auténticos protagonistas. La orquesta estaba allí para arroparles, no para ahogarles. Esto se llama madurez, generosidad y humildad en no desear ser la estrella de la noche, aunque al final, precisamente por eso, acabe siéndolo de verdad.
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