De profesión, gorrilla

Las Provincias, J. A. MARRAHÍ | VALENCIA., 27-05-2012

Lo primero es adueñarse de una zona, algo por lo que puede haber bofetadas. Lo segundo, defenderla. Más peleas y conflictos. Lo tercero aparcar de sol a sol o en la franja asignada por un grupo. A partir de ese momento, uno ya puede decir que es gorrilla.

En Valencia, los aparcacoches suelen ser de Bulgaria, Rumanía, Lituania, India, Paquistán y países subsaharianos. En el ‘China Town’ de la calle Jerusalén ya hay hasta gorrillas chinos. Aproximadamente un 70% son inmigrantes y un 30% españoles. Pero todos tienen un motor común. Tras años de trabajo se han quedado sin empleo y sin paro. Algunos han caído en el alcoholismo. Y casi todos repiten dos ideas: «En vez de robar, prefiero hacer esto» y «ni amenazo a nadie ni daño los vehículos».

La gorra de Vicente es blanca y del Valencia CF. Tiene 39 años, fue soldador y ahora aparca coches junto a su pareja, Loli, de 45. Les acompaña Paco, de Barcelona, ex trabajador de una gasolinera con el que comparten piso y horas de aparcamientos a las puertas de un centro comercial y un hotel de Campanar.

«Cuando me quedé sin subsidio y el banco me quito el piso opté por esto», recuerda Vicente. La zona donde ejercen su actividad se la ofrecieron unos rumanos que iban a trasladarse a Bulgaria. «Desde entonces hemos tenido que defenderla con tres peleas, pero aquí nos conocen los taxistas y algunos guardias de seguridad y se ponen de nuestro lado», describe. Si llegan otros gorrillas donde están ellos, Vicente les dice: «Lo siento, pero aquí trabajamos nosotros».

Vicente, Loli y Paco llegan a su ‘trabajo’ a las diez de la mañana y acaban a las nueve de la noche. Por el medio hay un bocadillo, «mucho calor en verano y frío en invierno». Todo para lograr «un bote común de unos 30 o 40 euros al día», dinero con el que pagan su alquiler de 400 euros al mes. «El domingo, descansamos. Estamos agotados y lo dedicamos a quedarnos en casa viendo películas en la tele». Y vuelta a empezar.

Según el gorrilla valenciano, «la gente se estira cada vez menos». La mitad de los conductores «no dan nada y los que dan te entregan entre 30 y 40 céntimos». Otra manera de conseguir la deseada propina es ofrecer a conductores papeles de la ORA desechados por otros con tiempo de aparcamiento por consumir.

Multas y otras amenazas

Parte de lo que ganan se les va en multas de la Policía Local. Entre él y Loli ya acumulan cinco, la última de 180 euros. Día sí día no escuchan frase como «si me rayas el coche, te abro la cabeza» y reciben «muchas miradas de odio». «La gente no comprende que cuando no queda otra, de alguna manera has de ganarte el pan», sentencia.

Cerca de allí, en la calle Ricardo Micó, una decena de subsaharianos mueve las manos al paso de los coches. Uno de ellos es Charles Kumi Mensah, un ghanés de 45 años que dejó allí a su mujer y dos hijos para entrar con patera en territorio español. Recaló en Lanzarote, Madrid y Valencia. Trabajó en la obra y se metió en líos. «Los últimos tres años los he pasado en la cárcel. Una mujer me denunció por pegarle».

Dejó la prisión en marzo. Desde entonces, Charles subsiste de la propina de conductores y vive en un albergue de la avenida del Puerto. «Estoy toda la mañana y gano unos 5 euros en ese tiempo. Esto no me gusta, la verdad, pero cualquier cosa es mejor aquí que lo que puedo encontrar en Ghana», compara. Su zona es territorio africano y entre sus colegas se reparten espacios.

La ruta gorrilla nos lleva obligadamente a la zona de Jerusalén, Matemático Marzal y Pelayo. Por allí se mueve el búlgaro Rosen Asemov, de 37 años. Trabajó como vigilante en su país y como empleado de un lavadero. La misma historia: «Se acabó el paro y desde hace dos años aparco coches». Vive alquilado en una habitación y su ‘turno’ es de tardes. Por la mañana, aparca coches en otra zona. Rosen asegura haber sellado una especie de alianza con la Policía, a los que califica de «amigos». «Yo les aviso de los ladrones de coches y ellos tiran a otros gorrillas si vienen a mi zona».

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