Dormir en los jardines Levinsky
Se dispara el número de refugiados e inmigrantes africanos en un Israel que no sabe cómo acogerlos
La Vanguardia, , 25-05-2012Al principio, hace siete años, los africanos llegaban a Israel desde el desierto del Sinaí egipcio, gota a gota, unas decenas al mes. Ahora son miles de jóvenes, unos refugiados de guerra, otros emigrantes económicos que arriesgan sus vidas cruzando el desierto a pie durante semanas. Oficialmente en Israel son 60.558: 33.912 de Eritrea, 15.664 de Sudán y 10.982 de otros países. Pero se cree que ya alcanzan los 90.000. Al llegar se entregan a la policía, son trasladados a un centro de detención en el desierto del Neguev y son liberados tras recibir comida y ropa. Muchos llegan a los barrios del sur de Tel Aviv.
La familia de I., de Darfur (Sudán), compró un pasaje a El Cairo y allí, junto con unos conocidos, se puso en contacto con unos contrabandistas beduinos para que los pasaran a Israel. Pero I. fue secuestrado por una banda de beduinos que pidió 30.000 dólares por él. Un tío llegó con un maletín y lo liberó. Cruzaron el Sinaí y entraron en Israel. Ya en Tel Aviv sufrió un fuerte ataque de asma, no llegó a su inhalador y, cuando ingresó en el hospital Ijilov, ya era tarde. En torno a su cama uno de ellos suspira: “¿Quién será el próximo?”.
En el modesto barrio de Shapira, en el sur de Tel Aviv, hay decenas de miles de jóvenes africanos. Algunos, una minoría, ya trabajan y son vistos como una élite. Los más espabilados tienen bicicleta y móvil. Pero la mayoría no tiene qué comer ni dónde dormir. Por eso se acuestan en el césped del jardín Levinsky.
Hace un año, el pintor israelí Igal Shteim llegó por la mañana a su galería. Vio a un mendigo que dormía en la entrada del edificio. Intentó despertarle, pero no reaccionó. Era un recién llegado de Eritrea que había pasado meses en el camino y murió en su primera noche en la tierra prometida. El choque cambió su vida: Shteim fundó una organización de voluntarios que todos los días dan de comer a los africanos en el jardín Levinsky. Desde entonces, cada día aparecen nuevos voluntarios con comida. Para muchos de los inmigrantes es lo único que comen durante el día.
El único que sonríe en la larga cola de la sopa es Kasata, de Eritrea: “Es mi primera noche en Tel Aviv”. Sus chanclas demuestran que ha pasado por el centro de detención de Saharonim, en el desierto. Él entiende inmediatamente que intuimos lo ocurrido y explica en perfecto inglés: “Es que todos llegamos descalzos. Nos robaron las zapatillas Nike en el desierto egipcio y la policía israelí nos dio ropa y chanclas”.
Los vecinos del barrio, todos ellos de las clases sociales más desfavorecidas, eran relativamente atentos con ellos. Tenían reputación de educados y limpios. Pero dos casos de violaciones de adolescentes de 15 y 16 años por parte de africanos dio un vuelco a la situación. En Shapira, varios padres se manifestaron para exigir la deportación de eritreos y sudaneses. Un voluntario de Shteim contesta a una madre: “Nosotros, los judíos más que nadie, tenemos que ayudar a los refugiados. No como hizo tanta gente en Europa con nosotros en la shoah, que nos ignoraron mientras los nazis nos perseguían”.
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