“Estamos dispuestos a colaborar”
Rumanos gitanos asentados en Gipuzkoa muestran su disposición a implicarse con el plan de intervención
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 22-04-2012Astigarraga. LA autobanda, como llaman los rumanos gitanos a la Autovía del Urumea que discurre sobre sus cabezas, es a primera hora de la mañana un zumbido machachón sobre una explanada sembrada de porquería. El aguacero no ha cesado en toda la semana, y el principal asentamiento de rromíes de Gipuzkoa es un lodazal circundado por tres containers, colocados recientemente para que los gitanos depositen la basura. Toda una novedad. Parece haber en ello un intento de hacerles responsables de sus propios desperdicios, que se acumulan por doquier.
La dramática realidad que rodea a estas personas, muchas de las cuales llevan viviendo a la intemperie en el territorio desde hace casi una década, ha llegado esta semana a los despachos del Gobierno Vasco. Las instituciones han acordado un plan de intervención en el que será necesaria la coordinación de todos los departamentos implicados. También la de los propios interesados.
¿Y ellos qué dicen? “Estamos dispuestos a colaborar”, sonríe Robert, de 35 años, que coge en brazos a su hijo Cosmin, de tres. El pequeño necesita ropa y pañales. Su padre no tiene muy claro dónde cursar la solicitud.
La vida que estalla en los ojos de Cosmin contrasta con el cansancio que se adivina en el rostro de su madre, Nicoleta. En ocasiones, no es fácil pegar ojo en este sórdido paraje con una población de ratas que gana terreno de madrugada. Hay quien ha recibido las dentelladas de los roedores, siendo evacuados en más de una ocasión. No ayuda en nada vivir junto al río.
El escenario en el que discurre la vida de varias decenas de rumanos sigue siendo el mismo, pero una serie de cambios parecen operarse en los últimos tiempos en Astigarraga. Encontramos a Corneliu construyendo una nueva chabola que albergará las ingentes cantidades de chatarra que se acumulan. Hasta ahora estaban desperdigadas por aquí y por allá. Corneliu, de pocas palabras, es el jefe del clan, la autoridad moral del resto. Él y los suyos han adoptado el compromiso de adecentar el lugar.
EMPEZAR A TRABAJAR
Censo de familias
Mucho se ha hablado sobre cómo empezar a actuar con un colectivo tan necesitado. Una de las primeras medidas ha sido realizar un censo para conocer qué familias viven en el asentamiento, cuántos miembros son y qué tipo de vida llevan. Para ello, las chabolas han sido numeradas. La casa de Nicoleta es la 24, que está barriendo Cosmina, de nueve años, la segunda hija de la rumana.
La niña no va a la escuela, y sus padres están haciendo gestiones para matricularla a estas alturas del curso, uno de los problemas que afectan a los colegios que no pueden responder al constante trasiego de familias. Es una de las cuestiones que ha sido tratada durante esta semana entre los diferentes departamentos del Gobierno Vasco. Hace falta una coordinación adecuada para buscar soluciones.
Pero cada familia es un mundo, y unos minutos de charla bastan para percibir el disenso entre ellas. “Esas chabolas de ahí adelante están vacías porque las familias han marchado a Rumania. Si fuera por mí, las echaba abajo”, dice mirando a varias puertas clausuradas con candados Feremc, de 45 años, uno de los veteranos del poblado.
Reside desde hace siete años en Gipuzkoa y se muestra molesto por la poca implicación en mejorar las cosas que muestran las familias que marchan al cabo del tiempo. Personas de ida y vuelta, dice, que tienen su propia casa en Rumania, e incluso algún que otro trabajo, y pasan por Gipuzkoa para hacer algún dinero extra, e incluso protagonizar “algún que otro robo” que acaba manchando el nombre del resto, según cuenta.
Feremc se ha quedado en Gipuzkoa porque nada le ata a su país. Aquí solo tiene a su mujer. Vuelve a cargar tintas contra el resto. “Son personas que no se responsabilizan de la basura, que tiran todo por todas partes. Ensucian, y se van”, lamenta.
ROSTROS ENVEJECIDOS
Problemas sanitarios
Sorin Cosmin se incorpora poco después a la charla. Acaba de llegar al asentamiento tirando de un carro que ha cargado con patatas y algunas compras con productos básicos del Lidl. Sorin es un rostro envejecido por el desgaste de unas condiciones de vida extremas. Tiene 31 años pero aparenta unos 45.
Le acompaña Elena, su mujer. Ambos están empapados en una mañana en la que no ha dejado de llover un instante, convirtiéndose en el paradigma de los problemas sanitarios que arrastra el colectivo. Elena y Sorin tienen un problema pulmonar serio, a pesar de emerger del incesante aguacero. Sorin reconoce que necesita el Ventolín, pero sonríe como un crío cogido en falta cuando se le pregunta por qué no vela un poco más por su salud.
Con los menores ocurre otro tanto. En los últimos tiempos están viniendo muchas parejas jóvenes con dos críos, y la cifra de chavales que corretean en este mundo de carencias se ha disparado hasta la veintena. La manutención de todos ellos es un constante caballo de batalla. En una época de la vida tan decisiva, en la que la alimentación cobra enorme relevancia, las verduras y las frutas brillan por su ausencia. Es un problema cultural.
Quienes trabajan con ellos dicen que hay que estar constantemente encima para que adopten el compromiso y, sobre todo, cumplan su palabra. “No le dan importancia a las papillas, a las aportaciones de calcio para los pequeños. Los padres te dicen que sí, que lo van a tener en cuenta, pero al poco tiempo dejan de lado su propósito”, reconocen, conscientes del apoyo que precisan.
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