Sin perdón ante el mal

El Mundo, GINA MONTA NER, 17-04-2012

Ha comenzado en Noruega el juicio contra Anders Behring Breivik. Un ultranacionalista que el pasado verano asesinó a sangre fría a decenas de jóvenes que se habían congregado en la idílica isla de Utoya, precisamente con el espíritu liberal de celebrar la diversidad multicultural. En su primer día en el banquillo, el reo no se ha mostrado arrepentido. Breivik reconoce los hechos pero no se siente culpable porque, desde su perspectiva torcida, había razones para eliminar a quienes acabarían por contaminar la pureza noruega.

Coincide con el comienzo de este juicio la publicación de un libro, Disposición final, del periodista argentino Ceferino Reato, que arroja luz sobre la naturaleza de estos monstruos imbuidos de verdades y soluciones absolutas. Lo más impactante de la crónica de Reato son las declaraciones del ex general Jorge Videla, que cumple condena por crímenes de lesa humanidad. Videla, que formó parte de la Junta que gobernó en Argentina de 1976 a 1983, evoca los horrores de aquellos años con la frialdad de quien hace un recuento de las reses llevadas al matadero. Al igual que Breivik, no muestra remordimiento, sino la convicción de que fue preciso eliminar a casi 8.000 personas porque «era el precio de ganar la guerra contra la subversión».

Breivik está en la treintena y Videla ya es un anciano. En apariencia nada les une. Ni sus experiencias vitales ni la geografía. Sin embargo, su patología, que es la encarnación del mal razonado, es la misma. Ambos son hijos de lo que la pensadora Hannah Arendt vislumbró durante el juicio en 1961 al nazi Adolf Eichmann. En aquel entonces Eichmann se defendió diciendo que sólo había cumplido órdenes del Führer. Se había limitado a ser un soldado en la maquinaria del Holocausto. Como Breivik, que exige ser juzgado por un tribunal militar, o el propio Videla, que hoy en día aclara que su objetivo era «disciplinar a una sociedad anarquizada».

Sencillamente había que asesinar en Utoya a 77 jovencitos. Era necesario hacer desaparecer en los vuelos de la muerte a quienes pretendían propagar la subversión en Argentina. Y en la Alemania de Hitler cundió la certeza de que era imprescindible eliminar a seis millones de judíos. Hannah Arendt llegó a la conclusión de que un ser cualquiera, sin ser militante de una fobia particular como es el antisemitismo, puede llegar a masacrar inocentes por la vía perversa de la banalización del mal. O esa fue la coartada del manipulador Eichmann con la vana esperanza de no ser ejecutado. Antes de ser arrestado en Argentina por el Mossad, Eichmann le dijo a un periodista que el único error de los nazis había sido «no asesinar a todos los judíos».

Ni Breivik, ni Videla, ni Eichmann en el pasado han expresado contrición, puesto que los tres encarnan a los Hannibal Lecter que, en nombre de ideologías, están dispuestos a despedazar a los corderos que mueren en silencio. Cuando nos enfrentamos al mal no podemos flaquear. Porque donde no hay arrepentimiento no puede haber perdón.

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