El barraquismo en la Barcelona del siglo XXI

La Razón, Maria Molins, 15-04-2012

Más de 700 personas viven hacinadas en asentamientos, barracas, caravanas y naves industriales de la ciudad
BARCELONA –  Tras la Barcelona del diseño y del lujo, la capital mediterránea que presume de ser  líder del turismo en Europa y motor empresarial se esconde una realidad oculta y tercermundista.  A los pies del esnobismo arquitectónico de la torrre Agbar y a pocos metros  del glamour del lujoso Hotel Me, centenares de familias malviven en chabolas, caravanas y antiguas fábricas abandonadas del Poblenou. Bajo un techo de hojalata y tablones de maderas, sin agua caliente ni calefacción, en situaciones de alarmante insalubridad, sobreviven día y noche en esta ciudad que se publicita como «la mejor tienda del mundo».

La trágica muerte de cuatro rumanos después de un incendio en un solar abandonado de Poblenou donde vivían, ha destapado una de las realidades más escondidas que se expande en la Ciudad Condal: el barraquismo. Aunque este fenómeno siempre ha existido, en los últimos cuatro años los asentamientos en Barcelona han aumentado un 162 por ciento. Una consecuencia más de esta crisis que cadía día deja a más personas sin trabajo ni hogar.

El cuarto mundo
De un solar abandonado en la calle Bolivia, dos jóvenes de etnia gitana salen con una furgoneta en busca de cartón. Mientras abren una gran valla para que salga su vehículo, dejan entrever un poblado formado por cinco chabolas y una decena de viejas caravanas. Montones de cartón, chatarra, ropa tendida, algún colchón, viejos electrodomésticos y varios perros dan la bienvenida al cuarto mundo.
 
«Vinimos de Liñares (Pontevedra), pero hace unos cinco años que estamos en este solar», explica Iván, de 25 años. «Vivimos unas siete familias y en total somos unos 50», enumera. «Trabajamos del cartón, con una tonelada nos dan 60 euros ¿de qué vamos a trabajar si no hay nada más?», lamenta bajo columnas de cajas amontonadas. «Nos gustaría tener otro trabajo porque si el Ayuntamiento nos ve, nos pone multas y nos lo saca», comenta mientras se despide de su tío que sale del recinto.

Dentro de una de las chabolas más grandes, Dosilda y su nuera Noelia preparan en una cazuela pollo con guisantes para comer. «Todas estas chabolas las hemos construido con nuestras propias manos», dice sentada en una vieja silla rota mientras señala las vigas de madera. «Cuando llueve esto parece un río pero tampoco tenemos otro sitio donde vivir y  a la calle no vamos a ir», dice la mujer, de 48 años, y madre de seis hijos que hace unos 20 años dejó su tierra rumbo a Barcelona. «Cuando nos desalojan, nos cambiamos de solar», explica.

El papel del Ayuntamiento
«Si nos ofrecen un piso evidentemente que queremos irnos de aquí», añade Noelia, de 25 años y madre de la pequeña Saray, de 6 años, que acaba de llegar del colegio y pinta distraída su cuaderno.  Al contrario que el Ayuntamiento, que asegura que estas familias rechazan la ayuda y el realojo debido a su forma de vida y tradiciones culturales, Noelia y su suegra aseguran lo contrario. «Nunca se nos ha ofrecido nada, somos gitanos», afirman. «Será que el Ayuntamiento no tiene pisos vacíos», protesta. «Si nos fuéramos de aquí, evidentemente haríamos un esfuerzo para adaptarnos a la nueva forma de vida ya que no hay nada mejor que una casa en condiciones», coinciden.

Servicios sociales
En un destartalado sofá, cerca de una rudimentaria chimenea hecha de hojalata y con ceniza por el suelo, Domingos hace la siesta. «Hay que calentarse de alguna manera», comenta Dosilda sobre el peligro que supone esta chimenea situado en uno de los costados  de la chabola de madera. A pesar de los pocos ingresos y de las condiciones en las que viven, «de 50 que somos, sólo dos de nosotros cobramos la Pirmi (Renta mínima de Inserción)», dice la joven. «Y la asistenta social viene solamente dos veces al año», informa, decepcionada.

A dos manzanas, en la calle Badajoz, bajo el viejo techo agujereado de un antiguo almacén, una docena de caravanas aparcadas en fila forman uno de los asentamientos de galaico – portugueses más grandes y antiguos de la ciudad.

«Llevan aquí más de diez años y a pesar de las denuncias, nadie hace nada. Está lleno de basura,  ratas, animales, pulgas, niños…», lamenta Luis, vecino de este campamento. «Hacen sus necesidades en el solar de al lado, no pagan nada, ni las multas y cogen la electricidad y el agua de nuestros edificios», denuncia. «Hacen fuego allá dentro y un día nos quemaremos todos», añade Manoli, su mujer preocupada. «Es vergonzoso que haya gente que viva así en la Barcelona del siglo XXI», asienten.

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