Ivie, un sueño roto

La Vanguardia, * JOSEP PLAYÀ MASET Barcelona, 12-04-2012

Todo sucedió muy rápido. Los Mossos d’esquadra llegaron, ya de noche, a una zona de descanso de camioneros, cerca de la frontera de La Jonquera para un control rutinario. Al ver a la patrulla, una mujer salió corriendo de entre los camiones y la oscuridad, atravesó la carretera y un vehículo la arrolló. Sucedió en el punto kilométrico 775,5 de la N-II, a las 21.27 horas del 18 de septiembre del 2009. Al día siguiente la noticia apareció de forma escueta: “Una prostituta de origen nigeriano falleció al ser atropellada en La Jonquera por un vehículo, cuyo conductor se dio a la fuga”. Una historia anónima que hubiera acabado aquí de no ser por la labor de dos periodistas de Figueres Marc Faro y Anna Teixidor, que siguieron el rastro de esta mujer para realizar un documental sobre su vida ( Mujeres de carretera. Esclavas del vudú) que obtuvo la beca Agita de creación del Ayuntamiento de Figueres.
Del coche que la atropelló sólo se supo que era de color rojo y matrícula francesa. Nunca lo hallaron. La mujer atropellada se llamaba Ivie Okundaye, de 21 años, nigeriana. Según sus compañeras, huyó porque hacía poco que el Ayuntamiento de La Jonquera había aprobado una ordenanza que multaba con 3.000 euros el ejercicio de la prostitución y ella confundió a los Mossos con la policía local. Ni sus amigas, aquellas con las que vivía en un piso en Figueres, ni su familia pudieron reunir el dinero para repatriar el cadáver. Quince días después de su muerte, tras superar los trámites de la autopsia, pudieron celebrar la ceremonia en el tanatorio de la capital del Alt Empordà. Sólo asistieron una veintena de mujeres, acompañadas de una mujer mayor, Jane, venida de Valencia, y tres hombres. Ellas entonaron entre lágrimas unas canciones y antes de cerrar el féretro dejaron en su interior una linterna encendida y un cuchillo de cocina. Después, el cadáver fue conducido al cementerio donde unos albañiles lo dejaron en el nicho 74, no muy lejos del panteón de los figuerenses ilustres. El único gesto reivindicativo fue el de una de las amigas levantando una fotografía de Ivie.
Unos días antes los dos periodistas contactaron con las amigas de Ivie y obtuvieron permiso para grabar la ceremonia, con la condición de filmar la cara de la chica y entregar las imágenes a la familia. La autorización final la dio Mamá Kennedy, otra nigeriana que pagaba la hipoteca del piso. Su hijo era el encargado de trasladar cada día a estas chicas a La Jonquera para ir a “trabajar”. Marc Faro y Anna Teixidor emprendieron por su cuenta el viaje a Nigeria para conocer a la familia de Ivie y entregarles la película. En Benin City, a 300 kilómetros de Lagos, les esperaba el padre de Ivie, de 55 años, un profesor de agricultura que gana el equivalente a 200 euros al mes. Los Okundaye viven en una pequeña casa de ladrillos de arcilla. La habitación principal está presidida por la butaca y la moto de Emmanuel, el padre y patriarca. Él dispone también de habitación propia y baño, en realidad una cavidad en el suelo, mientras que la mujer y los seis hijos que viven en la casa se reparten el resto de las dependencias y comparten el otro baño. En la casa no hay puertas, sólo cortinas, y desde hace meses no tiene luz. El hermano mayor, Osafame, de 23 años, estudia mecánica. Ivie era la segunda y este verano habría cumplido 22 años. Kely, de 20, estudia administración. Antonia tiene 17 y como otras muchas chicas nigerianas sueña con llegar a ser peluquera en Europa. Los otros hermanos tienen 12, 6 y 4. La más pequeña pasó la malaria y le quedan secuelas, apenas habla. Tras contemplar en un tenso silencio la grabación del funeral, los dos periodistas escucharon la versión del padre. Vendió una parte del jardín de su casa para pagar el viaje. Creía que su hija estaba en España aprendiendo la lengua, pero no sabía ni de qué vivía ni cómo. De hecho, Ivie aprendía castellano en unas clases de la Cruz Roja en La Jonquera. Nadie se atreve a citar la palabra prostitución. Emmanuel rebela que los abuelos son animistas y que por eso dejaron en el féretro la linterna y el cuchillo para que su viaje al cielo fuese seguro. Antes de salir para Europa le había preparado una ceremonia de vudú para protegerla. El brujo se queda con el alma de la chica para ampararla y quienes la “ayudan” en el camino se quedan con algo más. Allí descubrirán los dos periodistas que aún quedan puntos oscuros en el relato. Como que Jane era pariente del padre y que desde Valencia controlaba a las nigerianas de Figueres.

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