«Os voy a matar a todos»
El Correo, , 04-04-2012Corea, Filipinas, Nepal, Nigeria… Sus víctimas eran tan extranjeras como él y sin embargo acabaron pagando la frustración de un coreano del sur que se sentía excluido por no hablar buen inglés. One L. Goh, de 43 años, asesino confeso de siete personas en un colegio de enfermería de Oakland (California), había sido expulsado meses antes por «problemas de conducta». El lunes volvió para vengarse. «Os voy a matar a todos», sentenció antes de apretar el gatillo.
Su frustración iba en aumento. La mujer responsable de su expulsión no estaba trabajando en ese momento, así que se desquitó con la secretaria, a la que subió a clase a punta de pistola. La puso contra la pared, junto a otros estudiantes que, según el jefe de la Policía, no parecen ser los que se metían con él, y los ejecutó uno a uno. Luego recorrió las instalaciones disparando contra cualquiera que se encontró. Para mayor ofuscación, en ese momento solo había 35 personas en todo el edificio. No eran los que realmente buscaba, pero One no pensaba irse de vacío después de haberse lanzado a cometer una masacre con una semiautomática del calibre 45 que había comprado legalmente.
A las afueras, Art Richards recibió un empujón de una joven estresada y temblorosa con los ojos sobresaltados. «Me han disparado», le dijo mostrándole el brazo lleno de sangre. Pronto comprobó que «era verdad». Oyó disparos dentro del edificio, saltaron los cristales, apareció la Policía escondiéndose detrás de los coches, «como en las películas», recordó. «Guau, aquí está pasando algo muy gordo», se dijo.
Y tanto. La masacre de la Universidad de Oikos se considera una de las más trágicas en la historia de California, con un balance de siete muertos y tres heridos. Es la mayor que se produce en el norte del Estado en más de 20 años.
Confesión entre sandwiches
Cuando oyó que alguien llamaba a la Policía, el asesino huyó en el coche de una de sus víctimas hasta un centro comercial de la localidad cercana de Alameda. Entró al baño, se recompuso y luego se acercó a los camareros que despachaban sandwiches detrás de la barra. «Acabo de matar a algunas personas», anunció.
Con la misma calma narró los hechos a la Policía, que agradeció su «cooperación» en recomponer un caso que nadie terminará de entender nunca.
Se cree que One había perdido en el último año a su madre y a un hermano, un sargento del Ejército que murió en un accidente de tráfico en Garmish (Alemania), donde cumplía destino. No tenía ningún expediente delictivo, pero estaba acosado por las deudas. Debía a Hacienda más de 17.250 euros en impuestos federales y en diciembre había sido condenado a pagar 750 euros que debía al banco.
Hay quien asegura que nunca fue expulsado de la escuela de enfermería, sino que simplemente comunicó en noviembre pasado a la administración que no quería seguir porque no se sentía cómodo. En lo que todas coinciden es en que se sentía marginado y excluido por su incapacidad para hablar inglés, igual que Seung – Hui Cho, el también coreano que hace cinco años mató a 28 personas en la Universidad Virginia Tech. «Era raro y paranoico», dijo un empleado de la escuela de Oikos a la familia de una de sus víctimas, Katleen Ping, según ‘San Francisco Chronicle’.
Ping era una inmigrante filipina de 24 años con un hijo de cuatro al que nadie sabía ayer cómo explicarle que su madre nunca volverá.
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