Merah tenía antecedentes por delitos comunes y se radicalizó hace dos años
La Vanguardia, , 22-03-2012La historia del joven Mohamed Merah parece calcada de la del personaje que el actor francés Rashid Debouzze encarna en la reciente película La desintegración, de Philippe Faucon. El filme retrata la trayectoria de un muchacho banal de una banlieue francesa que, sintiéndose excluido de la sociedad, cae hipnotizado por los cantos de sirena del fundamentalismo religioso y acaba integrando las filas del terrorismo islamista.
Nacido hace 23 años en Toulouse, de nacionalidad francesa y de origen argelino, el joven Mohamed Merah había trabajado en un taller de carrocerías de coches y se había dedicado a la pequeña delincuencia, antes de ser captado por los predicadores salafistas, caer en el fanatismo y abrazar la causa de la Yihad. En su expediente policial constan una quincena de hechos delictivos, algunos con violencia, cometidos cuando era menor.
A principios del mes de abril tenía que comparecer ante el juez de aplicación de penas para establecer el modo de cumplir la sanción de un mes de prisión firme a la que había sido condenado tiempo atrás por –según su abogado, Christian Etelin– conducir sin permiso. Según explicó Etelin al canal de televisión BFM, su cliente habría experimentado hace un par de años una “súbita radicalización”, que le habría llevado a viajar a Pakistán y Afganistán. Antes, era un muchacho “amable y educado” del que nunca hubiera esperado semejante dureza.
En el barrio de la Côte Pavée, en el este de Toulouse, una zona residencial popular pero no suburbial –donde se mezclan casas modestas de una planta y jardín con bloques de pisos dispersos–, Mohamed Merah no daba mucho que hablar y su fanatismo religioso lo llevaba con gran discreción. Parecía un chico absolutamente normal. Sus vecinos son los primeros sorprendidos. Amante del fútbol y de las motos, según algunos de sus amigos, Mohamed no hablaba de política ni de religión, y frecuentaba poco la mezquita. Iba a discotecas –la semana pasada, sin ir más lejos–, pero no bebía alcohol.
La Dirección Central de Investigación Interior (DCRI, en su siglas francesas), los servicios secretos, lo tenían identificado y controlado desde hace varios años, según admitió el ministro del Interior, Claude Guéant, sin que su comportamiento hiciera sospechar que estaba dispuesto a pasar a la acción. Al parecer, se movía en un grupo de tendencia salafista de Toulouse integrado por una quincena de jóve-
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