Un asesino pone en jaque a Francia
El pistolero de Toulouse mata a tres niños y un adulto en una escuela judía
La Vanguardia, , 20-03-2012Incrédula, horrorizada, Francia encajó ayer con dolor y desconcierto el asesinato de tres niños y un adulto de nacionalidad franco-israelí a la entrada de un colegio confesional judío en Toulouse, en el sur del país. El pistolero, cuyo móvil se ignora pero cuya motivación antisemita resulta evidente, es el mismo que hace escasos días asesinó, de la misma forma y con idéntica frialdad, a tres paracaidistas franceses en Toulouse y Montauban, los tres de origen árabe, e hirió gravemente a un cuarto, negro de origen antillano. La posibilidad de un pista neonazi o de ultraderecha va tomando cuerpo, aunque los investigadores no descartan tampoco la pista del terrorismo islamista, pues las unidades a las que pertenecían los militares atacados han participado en el contingente enviado a Afganistán.
Casi todos los candidatos al Elíseo condenaron la masacre y suspendieron sus actos de campaña electoral. Algunos, como Nicolas Sarkozy, François Hollande y François Bayrou, se desplazaron hasta Toulouse. El presidente francés, que reunió de urgencia a los principales miembros del Gobierno, calificó la matanza de “tragedia nacional” y anunció por la noche, en un mensaje televisivo a la nación, la movilización de “todos los medios de la República” para prender al asesino y para reforzar la seguridad. La investigación ha sido asumida por los servicios antiterroristas.
La matanza se produjo al filo de las 8 de la mañana, a la entrada del centro escolar judío Ozar Hatorah, un internado con 200 alumnos situado en una discreta calle del apacible barrio residencial de La Roseraie. El asesino, cubierto con un casco, se acercó a la entrada y disparó indiscriminadamente, pero calculadamente, contra varios de los presentes: bajo sus balas cayeron el profesor de religión de la escuela, el rabino Jonathan Sandler, y sus dos hijos pequeños, Arieh, de 6, y Gabriel, de 3, así como la pequeña Miriam Monsonego, de 8 años, hija del director del centro, Yaacov Monsonego. Un adolescente de 17 años resultó gravemente herido, pero su vida no corre peligro.
Las cámaras de videovigilancia situadas a la entrada del centro grabaron la matanza. El asesino, que actuó en todo momento con aparente calma y determinación, llegó a entrar en el patio del colegio para perseguir a una de las niñas –la hija del director– y dispararle en la cabeza. Tras encasquillárse una primera pistola, disparó con una segunda arma. La comunidad judía francesa no había sufido un ataque tan grave desde el atentado de la calle Rosiers, en el barrio judío de París, en 1982, que causó seis muertos.
Las primeras sospechas se confirmaron pronto: el asesino es el mismo que mató, los pasados 11 y 16 de marzo, a tres militares franceses e hirió gravemente a un cuarto en Toulouse y Montauban. Su modo de actuar es idéntico. También la moto utilizada para huir –un potente scooter Yamaha T-MAX, robada el pasado 6 de marzo en la región de Toulouse–, según se ha podido comprobar al quedar grabada la matrícula. Y, lo que resulta definitivo, también la misma arma: una pistola automática de calibre 11,43 mm, antaño utilizada de forma reglamentaria por los soldados norteamericanos y hace años bastante frecuente en el mundo del crimen organizado.
Una de las pistas que sigue la policía es la posibilidad de que esta cadena de asesinatos tenga algo que ver con el caso de tres soldados del 17.º regimiento de ingenieros paracaidistas (RGP) de Toulouse –el mismo al que pertenecían dos de los militares asesinados– que en el 2008 fueron expulsados del ejército por sus actividades neonazis, tras ser denunciados por un camarada, según avanzó Le Point.
Oficialmente, la policía –que ha destinado a estos tres casos a 130 investigadores– se decanta por privilegiar la pista de ultraderecha –o neonazi– y la pista islamista.
Nicolas Sarkozy anunció por la noche que, más allá de la investigación, el Gobierno reforzará la seguridad en la región de Toulouse –donde el plan de vigilancia antiterrorista ha sido elevado al máximo nivel– y desplegará una vigilancia especial sobre los centros escolares confesionales. El presidente francés suspendió su campaña electoral al menos hasta el miércoles –día en que presidirá la celebración de los funerales por las víctimas–, convocó un minuto de silencio para hoy en todos los colegios de Francia y acudió por la noche a un oficio religioso con la comunidad judía en una sinagoga de París. Todos los líderes políticos condenaron la matanza, entre ellos la líder del Frente Nacional (FN), Marine Le Pen.
El Consejo Representativo de Instituciones Judías en Francia (CRIF) hizo un llamamiento “a la vigilancia y a la calma” y se unió al “dolor de las familias de las víctimas”.
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Ahora mismo, sólo quiero ir a rendir homenaje a las víctimas y rezar…”. Simon, de veinte años, tiene la mirada perdida a las puertas del colegio Ozar Hatorah, en la calle Jules Dalan de Toulouse. Una calle anodina de un barrio de casas con jardín –modestas y sencillas– como hay tantos en Francia. Una ligera llovizna cae sobre el barrio mudo de La Roseraie, pero las lágrimas se resisten a caer de los ojos brillantes de Simon, ex alumno reconvertido en vigilante del internado. “Yo los conocía a todos. Ayer aún estaba jugando con los pequeños”, dice con una tristeza infinita. Todavía le cuesta comprender, asumir lo que ha pasado. “Todo el mundo está atónito, perdido. Todos estamos bajo el shock”, afirma.
Simon bajaba por la calle en dirección al colegio cuando se produjo la matanza. Debió oir los disparos –un ruido seco–, pero no reparó en ellos. Tampoco vio al asesino. Sólo vio gente corriendo, presa del pánico. Cuando llegó a la entrada de la escuela, los cuerpos de las víctimas yacían en el suelo, en la calle. “Ayudé a cubrilos con mantas”, explica. El recuerdo de esas imágenes le hace titubear y prefiere alejarse.
Apenas queda rastro en el suelo de la matanza, sólo cinco círculos de verde fosforescente dibujados por la policía. Cuatro o cinco ramos de rosas habían sido depositados junto a la puerta, controlada por dos cámaras de videovigilancia. Casi nadie ha podido acercarse al lugar. La policía mantenía acordonadas las calles adyacentes, cerradas a los curiosos. Las casas de enfrente tienen los visillos corridos. A este internado privado para chicos, El tesoro de la Torah –ese es el significado de Ozar Hatorah–, acuden alumnos de toda Francia. En él estudió, por ejemplo, uno de los más populares humoristas y actores franceses, Gad Elmaleh.
La comunidad judía de Toulouse acudió en masa, a última hora de la tarde, a la sinagoga de la calle Riquet para rendir homenaje a las cuatro víctimas de la matanza. El oratorio situado en la primera planta se quedó pequeño y los presentes ocupaban todas las escaleras y los pasillos adyacentes. Escuchar lo que se decía no era lo más importante. Lo más importante era estar allí.
“¿Miedo? No, nada de miedo. Indignación, mucha, pero miedo no. No tiene más que ver cuánta gente hay aquí reunida”, protesta Jean-jacques, en la cincuentena, cuando se le pregunta sobre el estado de ánimo de la comunidad judía tolosana. No se ve miedo en los rostros, efectivamente. Ni tampoco ira. Pero sí una enorme dignidad, en medio del dolor.
Para Jean-jacques, como para todo el mundo, el ataque ha sido una sorpresa. En Toulouse, explica, no había habido hasta ahora actos antisemitas de gravedad. “Amenazas, grafitis, poca cosa”, dice. En su opinión, el autor de la masacre no es simplemente un loco: “Será un loco, pero un loco lúcido. No ha actuado al azar. Ha elegido bien la hora y el lugar”, dice. “¡Es un cobarde, un gran cobarde!”, apostilla con ojos enrojecidos su amigo Olivier.
Tampoco Gisèle, una elegante y afable abuela, cree que el asesino sea un loco. “No lo creo”, susurra. Demasiado fácil. Gisèle conoce al director de la escuela y de su esposa, cuya hija Miriam fue rematada en el suelo por al asesino. “Yo estuve con ellos ayer mismo, imagino su sufrimiento”, dice. “Espero que lo detengan pronto, mientras siga en libertad nadie está al abrigo”, añade en relación al autor del crimen, asegurando –como Jean-jacques– no tener miedo: “Miedo, no. Pero estamos todos muy impactados”.
Jeanine y Henri también han acudido a la sinagoga a expresar su indignación y su solidaridad. Ellos viven además en el mismo barrio –“a cinco minutos del colegio”– y conocían a los tres niños asesinados. “No esperábamos una cosa así, no lo esperábamos”, confiesan desconcertados ante lo que consideran un acto propio de un “desequilibrado”.
La web oficial del colegio Ozar Hatorah permanecía ayer casi inalterada. Únicamente un escueto mensaje aludía a la tragedia, con idéntica continencia: “A causa de los sucesos, la escuela permanecerá cerrada el martes día 20”.
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