Los jornaleros de la Zona Hermética
Decenas de parados buscan y venden chatarra en el polígono de Sabadell
El Mundo, , 27-02-2012Le llamaremos M. Es una inicial ficticia
de un nombre inventado para
un joven africano muy real. Es tan
auténtico como los otros buscadores
de chatarra que pululan en el
polígono de la Zona Hermética de
Sabadell, los que se las arreglan
apelotonando cartones si no llegan
a tiempo de arramblar con la escasa
quincalla que se hunde en el fondo
de los contenedores.
Nos topamos por primera vez
conM. dentro del campo arrasado
en el que ha decaído una fábrica de
encuadernaciones que quebró. El
tejado se ha esfumado y el suelo lo
alfombran páginas arrancadas, cedés
pisoteados y un mar de maderos
y pedazos de uralita. Mientras el
Ayuntamiento promete que descombrará
el amianto y se lo cobrará
luego a los propietarios, M. la
emprende amazazos con el revoltijo
que ha desenterrado.
«Lo descubrí ayer, hay que venir
a sitios como éste para comer», reconoce
M. sin dejar de golpear al
esqueleto de una silla plegable.
Rastrea por media Sabadell desde
hace seismeses y, como la mayoría
de los que se agarran al carro, hace
tiempo que le apearon del andamio.
A media mañana va cargado
hasta arriba, pero duda de que se
embolse algo más de 15 euros.
«La gente no tira nada, no hay
dinero para vivir», observa despreocupado
M. La ecuación es sencilla:
a la vez que la competencia
en la calle ha crecido, mengua el
tesoro en los escombros.
Cuatro hombres más exploran la
nave. Cada uno por su lado, revisan
el terreno a paso lento y con la mirada
gacha. «No queda nada que valga
la pena, no se ve cobre ni aluminio»,
tercia el que parece más experimentado.
Un chico con acento portugués
ha rescatado un ramillete de hierros.
«Se deben recoger muchos kilos para
ganar dos euros», protesta elmuchacho,
que se las ha visto alguna
vez con la policía.
En las viejas oficinas, los contadores
y las cañerías se han evaporado.
Los cables cuelgan partidos
del techo y las salas lucen alborotadas.
Sorprende encontrarse un jacuzzi
descascarillado, como si fuera
el rincón reservado al vicio de la
fortaleza recién saqueada de un
dictador. El piso chirría en cristales
rotos y se acumulan fundas en las
que el hilo de cobre ha sido extirpado.
Se ve un bote medio lleno de
mayonesa caducada, un par de colchones
sucios, un revoltijo de cazadoras
polvorientas, un montón de
botellas desperdigadas… Mirando
tras una cerradura, se descubre
una habitación más o menos apacible,
dotada de cocina y cama.
No hay nadie dentro.
Pocos metros más adelante, los
jornaleros del contáiner hacen cola
en la chatarrería. El goteo de los
que vienen a descargar es constante.
«A veces, estamos esperando
una o dos horas», ilustra un chico
rumano que gana unos 15 euros
diarios. Admite que no para ni el
domingo, cuando se lanza a juntar
las latas que se beben en las discotecas
que proliferan en la Zona
Hermética. «El lunes me dan 30 o
40 euros», asegura.
«Muchos vienenmás de una vez
al día, se llegan a hacer seis o siete
viajes», cuenta un trabajador. Se paga
90 euros por una tonelada de cartón
y papel y 95 por la de aluminio.
Mucho mejor se remunera el hierro
(210 euros cada tonelada) y elmás
preciado sigue siendo el cobre (una
tonelada vale 410 euros), aunque escasean.
«Es muy difícil que lo encuentren
si no es que alguien se lo
da», piensa el empleado.
Con esas tarifas, es necesario armarse
de fuerza y suerte para no
conformarse con una recompensa
mísera. «Hay que traer 300 kilos de
cartón para que te den 15 euros; con
eso echo cinco euros de gasolina a la
furgoneta yme quedan diez para comer
o lo que sea», atestigua unmarroquí.
Antes fue maquinista, carpintero
ymozo de almacén. «Es cuestión
de sobrevivir. Como hay mucha
gente que busca, queda menos a coger,
y a menos trabajo,más personas
en la chatarra», reflexiona.
«Esto es una mierda, ya no se recoge
casi nada y los españoles vienen
con las furgonetas llenas», descerraja
un subsahariano que troncha
los restos de un ordenador. El esfuerzo
le saldrá por unos cuatro euros.
«¿Dónde encuentras ahora una
televisión? ¿Y una nevera? Cuando
empecé éramos tres y nadie sabía el
valor de esto», recuerda un africano.
Dice que no ha comido después de
ocho horas removiendo la morralla,
pero salvará el día con los 11 euros
con los que le han comprado los hierros
desconyuntados de una cama
de 70 kilos. Le aguanta poco en el
bolsillo para cubrir los 180 euros
que le cuesta una habitación. «Antes
vivía de puta madre, pero en 2007
me quedé sin trabajo; con el eurito
queme gano por lasmañanas no se
hace nada», reconoce.
Volvemos a ver aM. una semana
más tarde. Ronda todavía por la nave
abandonada. El precinto de la
policía no le disuade de seguir colándose.
«Mira, amigo», saluda contento
y enseñando la mercancía. Se
ha buscado un compañero para
arrastrar tres vigas que amenazan
con volcar el carro. «Esto serán 30
euros», confía.
Al igual que los demás, M. recela
de las fotos. «No quiero problemas
ahora, me queda poco aquí», se excusa.
«La familia lo pasamal. No les
llega dinero. Y aquí no sale nada, ¡si
hasta en esto se han metido los españoles!
». Confiesa que se va a casar,
que su novia tiene familia en Inglaterra.
Quizá allí aún le den trabajo para
escapar de la basura.
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