"El cáncer me mata, pero el Estado me remata"
Las iniciativas sociales de autogestión surgen como fuerte alternativa al "abandono del pueblo a su suerte"
Diario de noticias de Gipuzkoa, 27-02-2012Begoña Astigarraga
En el parque de Koraí, muy cerca de la plaza Syntagma, Olga Stefou reparte comida caliente a los necesitados. Un caldo con patatas y pollo, aderezado con paprika, pan y naranjas es el menú de hoy. Suficiente para engañar al estómago unas horas, pero solo un mordisco robado al hambre. Porque ahora, en Grecia, un país de la UE, mucha gente está pasando auténticas penalidades. Solo en Atenas se dan cada día unas 12.000 comidas a personas necesitadas, mientras el número de sin techo ha aumentado un 30% desde inicios de este año, según las ONG.
En los cuatro últimos meses el Gobierno griego ha cargado sobre la espalda de los contribuyentes el paro de los desempleados (21%) través de un impuesto solidario de hasta el 4% de los ingresos de los trabajadores y gravámenes adicionales a los autónomos. Esta carga se suma a la subida del IVA sobre buena parte de bienes y servicios, a un incremento de precios en los alimentos de entre el 13% y el 25%, a unas tarifas de electricidad y calefacción que casi se doblan y a una bajada de las pensiones y del salario mínimo. Además, se han anulado convenios colectivos y liberalizado el despido, en la línea de lo que han hecho el Gobierno español y otros ejecutivos europeos.
Ante este lastre para el ciudadano, en Grecia se multiplican las experiencias de grupos que se organizan en torno a la autogestión. “Es la única alternativa”, asegura Abel Mateo, un filólogo valenciano afincado en Atenas. “Día a día surgen nuevas cooperativas de trabajadores sin jefes, cafeníos (cafés cooperativas) y tiendas, servicios de mensajería, talleres de muebles y cooperativas de alimentos que funcionan de forma horizontal. Se han creado redes de intercambio de productos y servicios, y en algunos casos hasta se ha activado una moneda alternativa”, explica Mateo.
Las cocinas colectivas proliferan ante la creciente demanda tomando forma de comedores sociales y, en los barrios más desfavorecidos, las ONG y la iglesia, en colaboración con los ayuntamientos, han comenzado a repartir bonos de comida a los niños en las escuelas.
Este diario estuvo presente en una de estas cocinas sociales que por un día sacó a la calle sus fogones. "Hemos salido a la calle en protesta por la prohibición del Ministerio de Sanidad a que las organizaciones “no autorizadas” ofrezcamos comida, argumentando cuestiones de higiene, explica Olga Stephou mientras la Policía se instala en la plaza. "Cada día hay más gente que acude a los centros sociales a pedir ayuda, comida, refugio, atención médica, medicinas, etc. El Gobierno está abandonando a la gente a su suerte, dejándola sin protección social. ¿Qué va a pasar con todas estas personas?, se cuestiona esta activista del partido de izquierda Synaspismós mientras ofrece naranjas a una familia de afganos de cinco miembros con niños pequeños.
Muchos afrontan una extrema pobreza por primera vez en sus vidas y muestran su necesidad con mucha discreción, por lo que es difícil saber con exactitud el índice actual. La desnutrición, el sida, la prostitución, la adicción a las drogas y los suicidios conforman un escenario muy negro para Grecia, donde la xenofobia y la delincuencia crecen de forma exponencial.
Olga entrega un plato de guisado a Giannis Kapyas. Es de Atenas. Tiene 62 años y un piso “en muy mal estado”. Ha trabajado 33 años en el sector de manufacturas de cuero y ahora recibe una pensión de 312 euros al mes, todo lo que tiene para comer y vestir, porque, como afirma, “lo de pagar facturas ni lo considero, es imposible”.
“Con la dictadura de los generales había trabajo y no había casi delincuencia”, afirma Kapyas mientras apura su guiso. “No soy ningún fascista, no voto a nadie desde 1981, pero recuerdo cuando las fábricas pedían trabajadores en los 70. Ahora están todas cerradas”, se queja entre la indignación y la nostalgia. A su lado, Tassos afirma que si los extranjeros se fueran del país todo iría mejor. “Hay demasiados y son unos delincuentes. El PSOK (Partido Socialista) ha destruido Grecia”, exclama.
Los recortes no solo están generando pobreza. “La delincuencia está aumentando mucho, las calles se han vuelto muy inseguras, la xenofobia se extiende y los grupos fascistas están haciendo cada vez más batidas (progroms) contra inmigrantes”, dice Mateo. Según una encuesta del periódico Ethnos, la ultraderecha ha subido dos puntos en los dos últimos meses en intención de voto.
Salud La política fiscal restrictiva no solo ha acabado con los salarios dignos y con los programas sociales sino que ha recrudecido drásticamente el gasto público en un área tan vital como la atención de la salud y muchos trabajadores se han quedado sin seguro médico tras meses sin cotizar. Según datos de la Escuela Nacional de Salud Pública, el porcentaje de población sin acceso a Seguridad Social tras la introducción de la reforma fiscal es del 20%. La diferencia desde hace 4 meses, comenta Chrystina Samarthy, trabajadora de Médicos del Mundo en una policlínica de Atenas, es que ahora llegan muchos griegos.
El ciudadano sin seguro médico tiene que pagar cinco euros por una visita al doctor y asumir el coste total de las pruebas de hospitalización y de laboratorio. Por ejemplo, una mujer que dé a luz en un hospital debe pagar 1.000 euros, mucho más que el sueldo de un mes para la mayoría de trabajadores.
“La práctica del sobrecito es muy común en la sanidad pública y puede llegar a ser de varios miles de euros en el caso de una operación seria”, atestigua Dimitri, un titulado universitario que tuvo que esperar más de un año para operarse de ligamentos por negarse a ofrecer soborno. Ante esta situación, en diversos barrios de Atenas y otras ciudades se han ocupado edificios para convertirlos en ambulatorios sociales gestionados por médicos voluntarios y en los que la consulta es gratuita. Esta es la única sesperanza para miles de personas como Nurin Arraifogoul, un prejubilado que a sus 55 años lucha contra un cáncer de próstata sin ninguna ayuda para medicinas. Hace 4 años que se le acabó el paro y hasta los 65 años no puede cobrar su pensión. “Va a ser difícil llegar. Si el cáncer me mata, el Estado me remata”.
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