Victorias parciales
Contra los escupesuelos
Deia, , 24-02-2012SI alguien dice que no le gustan los negros o los gitanos, se le acusa de racista. No importa que esa persona no odie a esas razas ni defienda su persecución ni desarrolle ningún tipo de comportamiento pernicioso hacia ellas. Sencillamente, no le gustan, como podrían no gustarle el arroz con leche, el color amarillo y las películas de romanos. No hay ningún triunfo moral en decir que nos gusta todo el mundo. De hecho, sospecharíamos de alguien que pensara así. El triunfo moral reside en que, reconociendo nuestras preferencias hacia un tipo u otro de gente, sepamos tratar a todos con el respeto que se merecen. En otras palabras, como decía Leonard Cohen, el triunfo es conseguir acallar al nazi que todos llevamos dentro.
El juicio apresurado que nos lleva a llamar racista a quien no le gusta algún grupo étnico es un perfecto ejemplo del modo en que el lenguaje condiciona nuestra visión del mundo. El término “racista”, bien conocido por todos, de aplicación en todo el globo, con una larga historia a sus espaldas y con un significado indudablemente negativo, actúa como un agujero negro semántico que absorbe los significados de otros términos más o menos cercanos, pero que no significan lo mismo. Si por el contrario una persona dijera odiar con toda su alma, por ejemplo, a los que escupen por la calle, si defendiera su persecución, su internamiento en campos de reeducación y, en caso de reincidencia, la extirpación de sus glándulas salivales, no pasaría nada. No se le podría colgar una etiqueta semejante a “racista” porque no existe una palabra para denominar a quienes odian a los escupesuelos y apoyan su persecución. En este caso hablaríamos tan solo de una persona “con una manía singular”.
Todo lo anterior viene a cuento porque me gustaría aprovechar esta tribuna para iniciar una campaña contra los escupesuelos. No habría gulags en Siberia lo bastante duros para ellos.
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