sociedad
"Me avergüenza llamar a mi familia"
Seyni Hiang, senegalés de 29 años, busca un golpe de suerte que reconduzca su proyecto vital
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 21-02-2012EL chaval coge dos galletas, se echa la chaqueta al hombro y sale a la calle con el ánimo revuelto. No ha descansado demasiado bien, y ya van varias semanas sin conciliar el sueño. “Creo que algún día cambiará mi suerte. ¿Sabes por qué lo creo? Porque no soy una persona mala”. El senegalés Seyni Hiang, de 29 años, ha acabado sus rezos hace unos minutos. Ha pedido al más allá fuerzas suficientes para mantener a su familia, aunque la realidad que le rodea es tan tozuda que el objetivo, hoy, parece inalcanzable.
Camina el joven por la calzada de Ategorrieta de Donostia con cierto aire tristón, un tanto ausente. La antigua iglesia de la Sagrada Familia, el centro Hotzaldi, acaba de cerrar sus puertas. Cuando caiga el día y se levante la noche regresará a él, a echarse dos mantas encima y soñar “cosas buenas”. Pero ahora toca afrontar el presente, que casi le exige a uno reinventarse cada día para no caer en el pozo sin fondo del desánimo. “Mi padre tiene 85 años y está enfermo. Mis hermanos están con él en Senegal, esperando a que yo les pueda mandar algo. Yo soy el hermano mayor, y yo ahora mismo no puedo hacer nada. Estoy sin trabajo desde hace un año, y me siento responsable, triste. Me siento muy mal, y me da hasta vergüenza llamar a mi familia”.
Hiang alcanzó las costas de Tenerife en 2007 después de una arriesgada aventura en patera preñada de penalidades y sufrimiento. Una dura experiencia que superó estoicamente. Cómo será ahora el azote de la crisis, que lo que no consiguió aquella singladura incierta lo va logrando una situación de desempleo que parece remontarse a la noche de los tiempos. “Llevo más de un año sin trabajar, y me agarro a la esperanza, pero es verdad que a veces pienso cosas malas”, admite. El chaval está formado en el mantenimiento de barcos, oficio que aprendió de Alioune Hiang, su octogenario padre de salud maltrecha que aguarda alguna partida de dinero para poner cerco a sus achaques de salud. Se ha cansado de echar currículum, por ahora, sin ningún éxito.
Cuando a Hiang se le pregunta a qué se refiere con hacer “cosas malas”, su mirada vaga unos segundos antes de responder con cierto pudor que a veces piensa que no merece la pena tanto sufrimiento. Que, “quizá”, todo sería más fácil si se quitara de en medio. ¿Y tu padre, y tus hermanos? Es entonces cuando los ojos de Hiang parecen aterrizar de nuevo. “Sé que me necesitan, pero es que esta situación es muy dura, se está alargando mucho en el tiempo, y a veces me desanimo”, confiesa el chaval en su descargo.
Aunque tiene algún que otro amigo, desde que llegó a Donostia hace dos meses y medio su compañera inseparable es la soledad. No censura ningún tipo de consumo, expresa con un alto nivel de tolerancia. Ni de alcohol, ni de drogas, ni de cualquier otra sustancia que pueda hacerle a uno más llevadero su calvario. “Lo que no comparto es que se abuse de todo ello”, precisa el senegalés.
Y por eso anda solo, porque en el mundo de la calle observa muchos excesos. “Veo a gente que no cree en nada, que no tiene esperanza. Antes solía andar con ellos, pero ahora veo que son una mala experiencia. Algunos piensan en robar, y así es difícil que podamos encontrar puentes de entendimiento”, reflexiona.
Además de reparar barcos, el joven senegalés atesora contrastada experiencia en mecánica de camiones y turismos, empleos a los que ahora ha dado un sonoro portazo la crisis. “No me ha faltado trabajo, no me faltó hasta que me engañaron en el último que tuve”, denuncia Hiang. Su vida laboral concluye así en Burgo de Ebro, municipio de la provincia de Zaragoza, donde un empresario embaucó al joven para abrir un negocio en su país de origen.
reparador
El engaño del jefe
Aquellos planes de futuro acabaron en agua de borrajas. “Trabajaba en una empresa de compra – venta de camiones. Me dedicaba a reparar los que se iban a vender. Hablamos de abrir un negocio similar en Senegal, pero todo fue un engaño”, rememora el chaval. Después de abusar de su fuerza de trabajo, el empresario le dejó de pagar la Seguridad Social, llegándole a adeudar varias nóminas. Sus sueños se perdieron.
Y ahora el que se ha perdido es su permiso de residencia, que está en compás de espera. “Me he quedado sin poder renovar los papeles por el engaño de aquel empresario”, lamenta el chaval, que se verá las caras con él en octubre, en los juzgados. Antes de despedirse, Hiang solo pide que las cosas “vuelvan a ser como antes”. Sus ojos parecen desprender algo más de brillo tras la charla. El joven quiere pensar que “esto cambiará tarde o temprano”, aunque a veces se desanime y le dé por pensar en hacer “cosas malas”.
(Puede haber caducado)