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Economía y política

Diario de noticias de Gipuzkoa, Economista (www.ekoberri.com), por sixto jiménez, 30-01-2012

Hasta hace unos años, el escenario económico era fundamentalmente coincidente con las fronteras de los estados. Ello facilitaba que la sociedad impusiera a la actividad económica sus condiciones de actuación. La política primaba sobre la economía, la creación de riqueza compartía el pedestal con los objetivos sociales y el estado de bienestar fue posible.

Europa señalaba el camino por el que era deseable que transitara la humanidad. Un camino hacia la sociedad del bienestar y hacia la integración paulatina de los pueblos. Se inició la unión progresiva de los estados cuya dimensión y fronteras fueron originadas y mantenidas por la violencia y habían quedado obsoletas.

La globalización económica y la consiguiente redistribución de las actividades económicas obligan ahora a Europa a competir con países con escaso gasto en políticas sociales y le crean dificultades para financiar las suyas. Esta solo deberá ser una fase en el desarrollo mundial, que terminará a medida que los países en desarrollo vayan aumentando su gasto social. Pero una fase larga.

La economía solo se justifica por su servicio a la sociedad que la admite, regula y sostiene. Ahora, sin embargo, padecemos una inversión de valores. Las finanzas son parte esencial de una actividad productiva eficaz, pero esas finanzas productivas son una pequeña parte de la actividad financiera; el mayor volumen de actividad financiera se ocupa en actividades especulativas sobre alimentos, productos básicos, derivados, etc., que crean olas de riqueza ficticia y estampidas financieras que desestabilizan la economía real.

La política, es decir, la voluntad de los ciudadanos, si hablamos de una auténtica y eficaz democracia, nunca del todo existente, debe imponerse a la economía. El gran casino financiero alejado de la financiación de la inversión y del comercio, debe ser autorizado solamente previa demostración de que la utilidad de cada una de sus actividades supera a sus potenciales inconvenientes.

Un producto financiero puede interesar a su creador pero no ser recomendable para la sociedad, puede crear beneficios particulares pero también graves daños públicos; puede facilitar en alguna medida el comercio de alimentos pero estar provocando la subida de precio de los más básicos para disfrute de unos pocos y desgracia de millones de personas.

Corresponde pues a la sociedad, a través de la política, decidir si un nuevo producto financiero es socialmente aceptable habida cuenta de lo que aporta y de lo que arriesga o perjudica. Cada producto derivado añade volatilidad y tiene por tanto una razón en contra de su existencia que deberá ser probadamente superada por los beneficios que puedan esperarse de su creación.

Quienes prestan a un país deben asumir el riesgo de haberlo hecho en lugar de ser generosamente rescatados o permitirse crear mercados de deuda poco transparentes en los que hacer subir los intereses a la espera de que otros estados acudan al rescate.

No puede tolerarse que países enteros hipotequen su futuro porque una tribu de especuladores haya tenido la suerte de que la falta de coordinación política mundial les esté permitiendo saquear los tesoros públicos. Que se apague la luz y ello facilite u oculte un robo no convierte su comisión en un negocio honorable.

El resultado del desbarajuste actual y del pésimo ejemplo de corrupción de dirigentes hasta en entidades de carácter histórico social y benefactor como las cajas de ahorros, es el desconcierto, y el miedo. El miedo es un temible factor en psicología de masas que abre la puerta al fascismo y a la xenofobia y cuya presencia y efectos empiezan a verse en toda Europa y, en particular, en España, que ha pasado más años bajo el fascismo que bajo la democracia en su historia reciente. El miedo es además particularmente contagioso y enemigo de la democracia y de la solidaridad, que son las variables que mejor expresan el nivel de calidad de una sociedad.

No solo está Europa en riesgo de retroceder económicamente, sino que puede perder su espíritu de apertura, que logró hacer del continente más violento del mundo un remanso de paz y construcción social internacional en los últimos 60 años.

El egoísmo propio del neoliberalismo, solo será atemperado por la caridad, siempre placentera para el que la práctica por ser dinero que va de arriba abajo, en la cantidad decidida arriba y concedida a quien se decida arriba de entre los que están abajo.

El egoísmo y el miedo favorecerán gobiernos conservadores, cuando no involucionistas y quién sabe si fascistas. La llegada de Adolf Hitler se produjo en una Alemania ofendida por los aliados, y asustada por la inflación y el desempleo.

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