«No quiero dinero ni caridad, solo quiero un trabajo»
Casos de exclusión y de quienes temen caer en ella tras una vida de esfuerzo
La Voz de Galicia, , 13-01-2012Testimonios recogidos por Marga Mosteiro, María Conde, Fina Ulloa y Patricia Blanco
La falta de empleo, en unos casos, y algún revés en la vida, en otros, los sitúa al borde del precipicio.
Suegra y nuera. «Solo quiero trabajar». María Juliana Alves, de 29 años, tiene un sueño desde que llegó hace dos años a Galicia: «Volver a Brasil». Su idea era reunirse con su marido, que llegó un año antes a Santiago, «ahorrar un poco» y regresar. Pero la crisis truncó los planes de la pareja, que tiene un hija de 17 meses. Además, hace dos, Quiteria, suegra de Juliana, cogió las maletas y se vino a Galicia, porque «la vida en Brasil no está bien». No domina aún el idioma, pero querría «encontrar un empleo en el servicio doméstico». Juliana lamenta la falta de ayudas económicas, aunque «yo no quiero dinero, ni caridad, quiero un trabajo». Los pocos ingresos que llegan a casa su marido hace «reparaciones» en construcción se van en el «alquiler del piso, la luz, el agua, el gas; consigo algo de ropa y de alimentos, pero no llega a nada». Deben pedir ayuda para comer y vestirse. Ven el futuro «negro, pero hay que seguir».
Iago: «No somos animales». Iago es uno de los veinte indigentes que han convertido las ruinas del viejo cuartel de la Guardia Civil de Pontevedra en su casa. Sin agua, sin luz, con presencia de basura y «ratas como conejos». Vigués de 30 años, afirma: «Somos personas, no animales. A ver si nos pueden ayudar a los que estamos sin hogar, desde el Ayuntamiento o desde donde sea». Extoxicómano, dice llevar «ya trece meses sin drogas» y estar tramitando una pensión.
Seastean Florin. Regresará a Rumanía sin su sueño. La de ayer era su última noche en Ourense. Viajará a Madrid para acogerse a un programa de retorno de la Embajada de Rumanía. Regresa enfermo y sin haber logrado lo que soñaba. Seastean Florin trabajaba en una empresa de seguridad en su país. Ganaba 150 euros y aunque le daba para vivir, no pudo resistirse al sueño español. «Me dijeron que aquí era fácil encontrar trabajo y que el sueldo mínimo eran 600 euros. Tengo un hijo y pensé que era una oportunidad», cuenta. En estos tres últimos años recorriendo Galicia «nunca he encontrado a nadie que me diese trabajo asegurándome. No puedo seguir viviendo así, de albergues, en la calle, así que regreso. Es un buen país con buena gente, pero no voy a encontrar nada porque veo que hay gente de aquí, buenas personas que han trabajado mucho y que ahora coinciden conmigo en los albergues, así que menos habrá algo para alguien de fuera».
Juan. Pondrá a la venta su casa para hacer frente al desahucio de su hija. «Ya no soy indignado, soy del grupo de los iracundos», apunta Juan Calo en su piso de A Coruña. Maestro, trabajó toda su vida hasta los 61 años, cuando tuvo que jubilarse por cuestiones de salud. Es pensionista. Él y su mujer, en paro, tienen cuatro hijos: el menor, de 17 años. «Una de nuestras hijas y su marido compraron un piso hace unos cinco años. Nosotros fuimos fiadores. Las cosas se torcieron. Se separaron, por malos tratos de él, y ella se quedó con la hipoteca. Trabaja a tiempo parcial, gana unos 670 euros. La hipoteca son 496 al mes, después los gastos…: le quedan unos 70 euros para mantenerse todo el mes ella y su niña, menor de edad». Imposible. Por eso ya les han advertido de que, en poco tiempo, podría ser desahuciada.
Juan pidió préstamos para ir haciendo frente a los gastos. Su hija acudió a servicios sociales de A Coruña, «pero muy mal, le dieron largas, pese a reconocerle una situación de precariedad económica o emergencia social. Dicen que no hay fondos. Lo que nos ha tocado vivir es triste, penoso y miserable. Lo que se hace desde la política… Los políticos han convertido una actividad noble en algo deplorable. El Gobierno acude a rescatar a los bancos, pero no a las personas. Está al servicio del dinero». Juan y su esposa han decidido poner a la venta su vivienda, «más bien regalarla…». Después de trabajar toda la vida, darán lo que tienen para afrontar gastos, alquilarán algo «y aún quedaremos endeudados». Se sienten impotentes. De una vida normal, a casi la nada.
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