Tribuna Abierta

El panteón de Franco

Diario de Noticias, Bibliotecaria y escritora, por arantzazu amezaga iribarren, 02-12-2011

TODOS los dictadores tienen afán faraónico. No les basta la gloria conseguida en su trayectorima infame sino que, además, maquinan cómo robar inmortalidad a la muerte física. Cómo proyectarse más allá de las generaciones, enalteciendo la gesta que les llevó al poder, quizá porque recelan de aquello de que no hay más muerto que el olvidado, según aseveró Gregorio Marañón

Larga es la lista de monumentos funerarios devenidos desde la prehistoria, porque la humanidad se ha resistido a morir, a desaparecer del todo. Uno de los primeros pasos evolutivos es precisamente el enterramiento de difuntos. Hay toda una escenografía alrededor de la muerte en las diversas religiones, y en el corazón de cada uno cuando vemos partir a un ser amado a ese más allá incógnito en el que deseamos encuentre la perdurabilidad. Quizá uno de los actos más emotivos, al menos para mí, sea el de esas pequeñas piras funerarias que se lanzan al Ganges y que se pierden en el horizonte, arrastradas por la corriente del río, uniéndose cenizas y aguas, en dramático círculo vital.

Franco fue un militar rebelde a la República a la que juró fidelidad, y tras un alzamiento programado con sus compinches Sanjurjo y Mola, llevó adelante una guerra civil de tres años, inmisericorde. Detentó un poder, también inmisericorde, de cuarenta años. Muriendo, mandó matar a un disidente a garrote vil, imagen que retrata la estrategia de terror mantenida a lo largo del régimen, al que solo podemos calificar de genocida.

En la Historia de Europa del s. XX, solo tiene parangón con Hitler, Mussolini, Stalin y Salazar, de quienes recibió ayuda y de quienes era cómplice, pero a quienes sobrevivió. Como ellos, supo mover, mediante campañas de propaganda efectivas, a las masas que le vitoreaban, y mantener sujetos a militares y administradores ante la amenaza de la muerte o del destierro. Fue un sistema perfectamente sincronizado que jugó con la desmoralización, pobreza, aislamiento y terror de la población. Mientras Europa renacía de las cenizas de su guerra, el Estado español se enterraba en ellas.

Pero no era suficiente este grado de poder, alimentado por el apoyo de una Iglesia obediente que le llevaba en procesión, cobijado bajo palio, y así, en las horas en que morían sus enemigos, algunos fusilados, otros enfermos, los demás exiliados, Franco, tuvo su delirio faraónico: el proyecto del valle de los Caídos por Dios y por España, en el municipio de San Lorenzo de El Escorial, en la sierra de Guadarrama, comenzando las obras en 1940 y terminadas en 1958.

El decreto del 1º de abril de 1940 dice, entre otras cosas, que se va a edificar para que se conozca… la dimensión de nuestra cruzada, los heroicos sacrificios que la victoria encierra y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya… No suscribe la cifra de un millón de muertos para el logro de semejante gesta.

Se abarataron costes de mano de obra: para eso estaban los políticos disidentes y republicanos presos, 20.000 se calculan, que realizaron los 6 kilómetros de carretera de acceso, la horadación de la roca con dinamita y la construcción del monasterio y abadía. Se cree que cada día trabajaban unas 2.000 personas en su construcción, culminada, tras 18 años de trabajo, por una inmensa cruz. Costó, en tiempos que el hambre apremiaba en la península, la gente emigraba a América y Alemania, unos 6.529.758 euros actuales.

Se trata no tan solo del mausoleo del dictador y del jefe de la Falange, al que no quiso canjear, José Antonio Primo de Rivera, sino de los caídos en la guerra, pero al determinar que por Dios y por España, se deja fuera un contingente abundante de españoles agredidos en la contienda por ese Dios y por esa España que representaba Franco y los suyos. Hay enterradas unas 33.841 personas, no todas identificadas. Posiblemente, en gran número, se trate de los obreros del panteón. Se sabe de muerte por extenuación, tuberculosis y otras enfermedades derivadas del maltrato y peor alimentación.

Semejante monumento es un atentado a la razón democrática, a la decencia política, a la fe religiosa de la que hace exaltación. No creo que ninguna persona que haya llevado a cabo la matanza que Franco realizó y perpetuó durante 40 años, merezca, desde el punto de vista ético, religioso, moral y docente, ocupar un lugar preferente, ni tan siquiera un lugar, en un panteón edificado con el sudor y el esfuerzo de hombres y mujeres que formaron, obligatoriamente, un contingente de mano de obra esclava.

Que por no renunciar a sus ideas libertarias y descalificados por las mismas, fueron obligados a doblar el espinazo para ir colocando con sus manos laceradas, uno a uno, los adoquines de la avenida que conduce al panteón por la que habría de ser conducido, tantos años después, su verdugo, para ser enterrado. Por esa misma avenida debería ser regresado quien solo existió para dolor de muchos.

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