«Los españoles que ayudaron a los judíos no contaron sus hazañas»
El Correo, , 07-11-2011«Los españoles que ayudaron a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial no le dieron importancia a su labor, se guiaron por sus sentimientos humanitarios y todos guardaron silencio de sus hazañas», explica Diego Carcedo. «Y, sin embargo, se jugaron la vida para esconderlos y proporcionarles maneras de llegar a Portugal. Fueron unos héroes, pero ninguno recibió un homenaje en vida». El periodista, autor de un ensayo sobre este fenómeno, hablará de aquellos que colaboraron con los perseguidos por el régimen nazi en un nuevo encuentro del Aula de Vocento que tendrá lugar hoy, a partir de las ocho de la tarde, en el Salón El Carmen de Bilbao. El acto cuenta con la participación de la editorial Espasa.
El autor ha encontrado algunos protagonistas y familiares que le han narrado las peripecias. La actuación de Ángel Sanz Briz es la más conocida. Este encargado de negocios en la embajada española en Hungría no sólo facilitó documentos para que los judíos pudieran llegar a nuestro país, sino que creó una red de pisos de acogida y se enfrentó personalmente a la peligrosa Gestapo cuando sus agentes intentaron deportar a quienes había protegido. Su osadía salvó la vida a unas 5.300 personas y ha sido reconocida por el gobierno israelí con el título de Justo entre las Naciones, un reconocimiento concedido a aquellos que se esforzaron en salvar la vida de los perseguidos.
Pasaportes a los sefardíes
El caso del denominado ‘Ángel de Budapest’ no fue aislado. Otros diplomáticos, como el cónsul Propper de Callejón en París, contravinieron la política oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores, no intervencionista, y facilitaron papeles a perseguidos. En la mayoría de los casos empleaban una ley dictada durante la dictadura de Primo de Rivera que expedía pasaportes españoles a los sefardíes que lo solicitaban y que ya había prescrito. La aplicación era masiva y los funcionarios no hacían distingos con los judíos ashkenazis que también requerían ayuda.
Algunos de los salvadores fueron destituidos y la mayoría no gozó de una fructífera carrera profesional, a excepción de Sanz Briz. «Pero nunca contó los hechos, ni siquiera lo sabía su familia», apunta Carcedo. También hubo personas sin ningún cargo oficial que asumieron ese cometido humanitario. En España, destacan los casos de las hermanas Touza, dueñas de una cantina en el pueblo asturiano de Rivadavia, que alojaron a refugiados y los ayudaron a llegar a la frontera lusa, o el doctor Eduardo Martínez Alonso, que colaboraba con el M – 16, el servicio de inteligencia británico, para recoger pilotos ingleses abatidos en Francia e individuos de origen hebreo.
El paso de la frontera pirenaica era facilitado por organizaciones de socorro y pastores que ayudaban desinteresadamente o rentabilizaban la necesidad de los huidos. España era un lugar de paso en su camino hacia Portugal, donde los judíos embarcaban rumbo a América. Pero la inseguridad de la ruta era evidente. La hostilidad oficial podía provocar su retención en campos de detención como el de Miranda de Ebro e, incluso, su deportación a Vichy.
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