Gitanos, los «actores invisibles» de la Guerra Civil

Sólo unos pocos estudios recientes se han ocupado de averiguar cómo vivió, sufrió y luchó el pueblo gitano entre 1936 y 1939, donde más allá del pintor anarquista Helios Gómez o el beato «El Pele» es difícil encontrar a algún protagonista

ABC, , 05-10-2011

El pintor anarquista Helios Gómez, el beato Ceferino Jiménez Malla «El Pelé», un tal «Oselito» Palma León… y ya. Si quisiéramos contar los gitanos que, por unas razones u otras, alcanzaron cierta notoriedad durante la Guerra Civil, acabaríamos muy pronto. Casi nada sabemos de este pueblo errante al que la prensa de la época calificaba de «andariego», «indocumentado», «de alegre discurrir» y cuyos hijos «nacían en los caminos». Tan solo un par de estudios recientes se han ocupado de averiguar cómo vivieron, sufrieron y lucharon los gitanos en aquella España que se desangraba.

«Cuando consulté la bibliografía para enterarme de lo que se había hecho sobre este tema, me di cuenta de que no había absolutamente nada. Era tan original que me costó hacerlo», explica a ABC Eusebio González Padilla, autor de «El pueblo gitano en la Guerra Civil y la Posguerra en Andalucía Oriental» (ROMI, 2009).

La participación de los gitanos en las contiendas bélicas de siglos pasados tampoco es muy conocida, aunque en el caso de la Guerra Civil resulta aún más sorprendente, ya que se trata de un conflicto relativamente reciente sobre el que se han publicado una cantidad ingente de libros, tesis, novelas, artículos o películas sobre los aspectos más diversos.

Una de las principales razones, según coinciden los escasos investigadores que se han ocupado del tema, es que vivieron la guerra como un conflicto en el que no quisieron verse involucrados. Practicando su estilo de vida nómada al margen de ese gran marasmo de ideologías que convivían en España, proyectadas en numerosos partidos políticos, sindicatos y organizaciones.
«Le cambiábamos la banderilla al burro»

La antropóloga Teresa San Román –que ha estudiado en los últimos 30 años la situación de distintas comunidades gitanas– constata en «La diferencia inquietante» (Siglo XXI, 1997) esta misma tesis, reflejada a través del testimonio de un anciano gitano: «Si ganaban los que “aluego” ganaron –contaba– nos iban a hinchar a palos y nos iban a tirar (echar) de todas partes. Y si quedaban los otros, nos iban a matar trabajando en cualquier mina de por ahí y hasta que nos quitarían a nuestros hijos, decían. Ni unos ni otros respetaban nuestras cosas, ni siquiera a nuestros muertos. Así es que el tío X y yo, que íbamos juntos, le cambiábamos la banderilla al burro según pasábamos por aquí o por allí».

Para Padilla, también investigador del grupo «Historia del Tiempo Presente» de la Universidad de Almería y responsable del Archivo Militar de Almería y Granada, esto no quiere decir que no existan gitanos que lucharan en el bando franquista o el republicano. Muchos se emplearon como artilleros, cabos o sargentos, e incluso algunos llegaron a ser condecorados en ambos bandos.
Helios Gómez, el «artista revolucionario»

La figura más representativa de los gitanos durante la Guerra Civil fue quizá la del pintor y poeta Helios Gómez. Un artista comprometido con el anarcosindicalismo andaluz que trabajó para infinidad de periódicos y recorrió Europa en la década de los 30 enarbolando su «gitanidad». «El sino de este gran artista, gitano y revolucionario, le manda siempre estar donde el pueblo viva horas dramáticas», decía de él el diario «Crónica», el 15 de octubre de 1936.

Se afilió al Partido Comunista poco antes de comenzar el conflicto y llegó a ser un hombre importante del partido como comisario político de la central de UGT. Luchó en los frentes de Guadarrama, Madrid y Andalucía, hasta que, durante la batalla de El Carpio, mató a un capitán de su propio ejército por una disputa ideológica y tuvo que regresar al bando anarquista como miliciano de la 26 División, la antigua Durruti, con la que pasó a Francia en 1939.

En el otro extremo, Ceferino Jiménez Malla «El Pelé», el único gitano beatificado en la historia de la Iglesia, por Juan Pablo II. Era un comerciante de mulas marcado profundamente por la religión, que murió fusilado en Babastro (Huesca) por un grupo de milicianos después de interceder por un sacerdote del municipio que había sido detenido, al comienzo la guerra. Al parecer, los milicianos ofrecieron a «El Pele» el indulto a cambio de renegar de la fe católica, pero él se negó. La madrugada del 8 de agosto de 1936 fue ejecutado junto a la tapia del cementerio.
Identificados con la izquierda
Más allá de las excepciones, la mayoría de los gitanos efectivamente eran apolíticos y querían andar por la guerra sin intervenir en ella. Eran «enemigos de los papeles oficiales», como les calificaba el «Mundo Gráfico» en octubre del 36, e incluso no inscribían a sus hijos en los registros para que no tuviesen que hacer el servicio militar o les ponían nombres de mujer. «Por eso hay tantos gitanos que se llaman Trinidad o Consuelo», cuenta Padilla.
Los gitanos, se identificaban con la izquierda, pero «no sabía lo que era la República»

Según el historiador David Martín, dentro de esta marginación voluntaria, el pueblo gitano tenía un alto sentimiento apátrida, «superior al de la mayoría de los anarquistas», repudiaba la política impuesta por los estados y conservaba un gran sentido de comunidad solidaria, «mayor que el de muchos comunistas», mientras su fe católica era superior incluso a la que se hacía gala entre los franquistas.

Parece evidente que los gitanos, según Padilla, si tenían que identificarse con alguien, lo hacían con el bando de la izquierda, aunque está convencido de que «un porcentaje muy alto de ellos no sabía lo que era la República».
Gitanos anarquistas
En Cataluña encontramos algunos casos de gitanos participando en la revolución anarquista, colaborando en distintas colectividades o alistados en sindicatos como la CNT. «Pero es una situación coyuntural, ya que en la región catalana el anarquismo fue muy fuerte y los gitanos, como muchos campesinos, fueron arrastrados por el movimiento de forma masiva», explica Dolores Fernández, presidenta de la Asociación de Mujeres Gitanas ROMI y autora, junto a Padilla, de «El Pueblo Gitano en la Guerra Civil y la Posguerra» y «Mujeres gitanas en la guerra civil y la posguerra».
«Ayer se abrazaban y ahora se odian y se matan. ¿Por qué hay tanta zana entre el mundo payo?»

Según Fernández, además, muchos gitanos fueron repudiados no sólo por el bando franquista, sino también por los miembros más radicales del bando republicano, algunos de cuyos militantes más veteranos y respetados «propusieron expulsarlos».

Este rechazo –que se multiplicó exponencialmente durante la dictadura franquista con leyes directas contra el pueblo gitano–, potencio el sentimiento de incomprensión hacia una guerra que consideraron «de los payos»: «Vi como fusilaban a tres, y también vi a toda la gente del barrio reunirse y celebrarlo como si fuera una fiesta o una corrida de toros. Entonces, maldije mil veces, porque otras me preguntaba: ¿Por qué mi madre no me parió gitano?, ¿por qué no haber nacido yo como un payo más, con sus casas y sus cosas adecuadas? (…). Pero después de lo que acababa de ver, dije: ¡bendita sea mi madre que me parió gitano! Porque entre nosotros esto no existe. Ayer se saludaban, ayer se abrazaban, y ahora se odian y se matan. ¿Por qué hay tanta zana entre el mundo payo?», contaba un superviviente gitano en el documental «Yo me acuerdo… gitanos aragoneses en la guerra civil» (productora Nanuk P.A.).

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