Roba dos armas a los agentes y hiere a tres

El Mundo, P. HERRAIZ / S. PERUGA / Q. ALSEDO, 15-09-2011

A las 10.30 horas estaba durmiendo, o al menos echado dormitando, en el parque Salvador Madariaga, entre la Mezquita de la M-30 y el tanatorio, según testigos presenciales: «Es un tipo muy grande, pero muy tranquilo, que suele dormir ahí», explicaba el vigilante de la mezquita.

Media hora después, arramplaba con el arma de dos policías, le arreaba a otro con un madero arrancado de un banco, le causaba a otros tres heridas con un machete que blandía sorpresivamente, estaba a punto de matar a uno de un disparo que terminaba en su chaleco antibalas y eran necesarios seis agentes para reducirle.

Así, el hombre, un nigeriano de en torno a 40 años, con antecedentes policiales y cerca de 200 kilos de peso, era trasladado finalmente al Gregorio Marañón con un meñique seccionado. Fuentes policiales daban por hecho que se trata de «un desequilibrado». El balance de su estallido de furia: tres policías heridos y hasta seis disparos en la trifulca.

Los hechos, según fuentes policiales, comenzaron cuando una mujer avisaba a una patrulla de policías nacionales de la comisaría de Ciudad Lineal de que había un hombre con un machete en el Parque Salvador Madariaga. Los agentes se dirigían hacia el lugar, un claro en medio del parque en el que suelen dormir indigentes según testigos presenciales y, al dirigirse al hombre, éste, sin mediar palabra, le soltó un machetazo a uno de ellos.

A la otra policía, una agente en prácticas que una hora después aún caminaba cabizbaja por el lugar llorando, le arrebataba el arma reglamentaria. Otras versiones apuntaban a que a la joven se le cayó la pistola, pero testigos presenciales afirman haberla escuchado lamentarse, al llevar a su compañero herido al cercano tanatorio: «¡Me quitó el arma, me quitó el arma!». Con el machete en una mano y la pistola en otra, el hombre, después de dejar sangrando al policía, intentó disparar a su compañera. No lo logró: no queda claro si en la recámara no había bala o si el seguro estaba puesto los agentes en el lugar apuntan a que el arma «no estaba montada».

Habiendo dejado KO a los dos primeros agentes, el tipo sale corriendo, siempre según versión policial, hacia la acera de la calle de Salvador de Madariaga testigos desde el tanatorio dicen no obstante que «se quedó unos minutos como lavándose las manos».

Casi en el límite del parque, se topa con una patrulla de dos agentes de los Grupos de Atención al Ciudadano. De nuevo, sigue la misma tónica: a uno le arrea con el machete la pistola de la chica la ha tirado en la hierba y al otro le roba el arma. El hombre parece un gigante. Dispara con su nueva adquisición y esta vez sí hace fuego: por suerte, el policía lleva chaleco antibalas. El impacto le da en una zona vital, pero el resultado no pasa de una contusión.

La suerte quiso que llevara el chaleco pese a lo molesto que resulta con calores como el de ayer, lo que hace que muchos de sus compañeros sólo lo lleven con frío.

Además, el agresor consigue apuñalar a los dos. En pocos segundos llegan otras dos patrullas, avisadas por la llamada de socorro de la primera pareja. La primera que se persona en el lugar es también de los Grupos de Atención al Ciudadano, la segunda procede de Ciudad Lineal.

Es uno de los agentes de la primera el que, definitivamente, coge el toro por los cuernos. Forcejea con el nigeriano y le agarra la mano con la que éste blande la pistola. Es en ese momento cuando resuenan en el lugar unas cinco o seis detonaciones, procedentes del arma del hombre, que se resiste con todas sus fuerzas a que lo reduzcan.

En ese instante pelean con él hasta seis policías, y aun así tienen problemas para hacerle deponer su actitud. Finalmente, y con un meñique menos, meten al tipo en cintura. Testigos presenciales ven cómo se lo llevan del lugar en una camilla, hecho un ovillo porque casi no cabía en ella. Fuentes policiales dan por hecho que se trataba de un desequilibrado, quizá por su situación de exclusión social.

El hecho de que el agresor procediera a atentar sin mediar palabra, y que se enfrentara hasta a ocho agentes de Policía en su desenfrenada carrera hacia ningún lugar, evidencia, según estas fuentes, la falta de sentido del ataque.

Un rato después del suceso, en el lugar se concentraban varios agentes de la Policía que se disponían a recrear la agresión. Mientras, una mujer cabizbaja y llorosa declaraba ante sus compañeros; era la joven agente del principio.

El guardia de la mezquita de la M-30 aseguraba a este diario que el hombre era «un habitual» de las «más de 30 personas que duermen todos los días en el parque, sobre todo en verano». Los trabajadores del tanatorio aprovechaban para quejarse de la «degradación» del lugar: «No sólo hay indigentes, se trapichea mucho. A este hombre lo conocemos: suele venir a los aseos», decía uno de ellos.

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