Preso busca cárcel en Chile
El Mundo, , 11-09-2011«Soy Pablo Obreque, ciudadano chileno. La historia de mi vida comenzó después de la dictadura que tuvimos en mi país…». Y de momento, su historia termina entre los barrotes de la prisión, condenado por traer una maleta llena de cocaína.
La aventura de su vida, relatada por él mismo, le llevó a sobrevivir durante casi 20 años, hasta que la grave enfermedad de su hija Belén le empujó a arriesgarse. Ahora sólo quiere que le manden de vuelta a una prisión de Chile, para estar más cerca de Belén.
Agarrró su mochila y se marchó lejos de Pinochet. «Pero no llegué muy lejos y me absorbió una nueva tierra: la Amazonia boliviana, Santa Cruz de la Sierra», explica. Dice que le encandilaron la cultura de allí, sus nuevos amigos, y sobre todo, las semillas tropicales, muy extrañas porque no se parecían a lo que conocía de Chile.
«Comencé a trabajarlas para fabricar collares, pendientes y un sinfín de cosas impresionantes», recuerda. Se las vendía a los turistas. «Al cabo de un tiempo me enamoré de una hermosa mujer amazónica. Las cosas cambiaban para mí, sentía que se alejaba el pasado que había vivido en Chile. Pronto nació mi hija Tábata Belén», continúa el preso.
Cuando nació «un varoncito», pidió dinero al banco y a un prestamista de Santa Cruz, alquiló un local y compró máquinas para fabricar su bisutería. «Me decía: ‘¡Cuando termine de pagar, pediré otro crédito para comprar una casita! ¡Qué lindo sueño! Algo propio, la familia…’».
Pero el sueño se rompió. «Comenzó lo que parecía una simple fiebre de mi hija. Tenía tres añitos y no se recuperaba; no sabíamos qué pasaba, dejé de trabajar, se atrasaban las deudas, sólo quería estar con ella. Las ventas bajaban, ya no era el mismo », relata.
Su mujer llegó a consultar con brujos para encontrar una solución a la extraña enfermedad. Los doctores no daban con ello, y Pablo se quedó sin dinero. Lograron ingresar a Belén en el hospital, le hicieron pruebas hasta dar con el problema: «Había nacido con un riñoncito que funcionaba al 27% y el otro a un 70%. Su fiebre era como fuego».
«Belén es reproductora de cálculos, le quitaron uno pero quedaba otro grande que había que operar. La nefróloga lo dijo claro: el problema iba a ser el futuro si no lo arreglaba ya», cuenta Pablo.
«Cuando Belén salió del hospital vivíamos en una casa prestada, y nos dijeron que teníamos que abandonarla porque se había vendido. ¡Para remate sin casa! ¡Con las deudas hasta el cuello y una hija enferma!», se lamenta.
Pero volvieron a empezar: «Mi mujer me llevó a un terreno lejos de la ciudad, donde entras a vivir, construyes algo y luego pactas con el dueño. Sonará extraño, pero así son las cosas por aquel lugar. Construí una casita de cartones y madera que me regalaban, antes de las lluvias tropicales. Sin agua ni luz, con mis propias manos construí un pozo de agua ¡y lo logré!».
Sin perder la esperanza
Y en su chabola de la selva no perdieron la esperanza: «Ahora necesitaba buscar una solución a mi mala suerte. Conocí a un tipo que me ofreció traer una maleta ya preparada con droga. Dijo que al llegar acá me pagarían 10.000 dólares y me arriesgué».
Como no quería que su mujer se enterase, le mintió: «Le dije que tenía que ir a la frontera a sellar mi pasaporte y que volvería en una semana. A las pocas horas de viaje ya estaba arrepentido. Pero pensaba en los 10.000 para pagar las deudas».
Aunque nunca llegó a verlos. «Cuando aterrizamos en Barajas lo primero que me preguntó la Policía fue: ‘¿Con cuántos kilos te mandaron?’ y sólo atiné a decir que no sabía. Eso fue el 23 de octubre de 2008, y ya pronto serán tres años en esta prisión de Estremera», donde el director de la cárcel se enteró de su caso y le ofreció un puesto en la enfermería.
La pena que le cayó a Obreque era de nueve años y un día, más tarde rebajada a seis y un día. Pidió terminar su condena en Chile, donde su familia vive ahora.
Pero la desgracia fue que al concederle el traslado, el terremoto de Chile de febrero de 2010 derrumbó la prisión a la que iba a ir. Ahora su caso flota en un limbo administrativo, paralizado en la burocracia. Aunque algunos funcionarios que le aprecian le han dicho que una prisión allá es mucho peor, a Pablo no le importa.
Ha escrito cartas a Doña Sofía, al Defensor del Pueblo, al cónsul de Chile… Y luego asegura: «Actualmente Tábata Belén está creciendo, sólo ruego que no le pase nada, algún día llegaré para estar a su lado y ayudarla, ésa es mi promesa».
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