La aventura francesa

Diario Sur, ANTONIO FUENTES, 21-08-2011

Con 40 años de diferencia, hay cosas que siguen siendo costumbre entre los malagueños. Unidos por el nexo de la necesidad – con muchos matices – , los trabajadores que emigraban en la década de los 70 a Francia para trabajar en la vendimia y los que lo hacen ahora, comparten experiencia únicas, duras y, en muchos casos, irrepetibles.

La escasez de trabajo y las pésimas condiciones laborales existentes en la sociedad malagueña de hace varias décadas forzaba a miles de personas a buscarse el pan en el país vecino. La vendimia convertía el verano en una continua despedida del cabeza de familia, que recorría 2.000 kilómetros en tren (tres días enteros de viaje) para pasar poco menos de dos meses recogiendo uva.

Evolución

Hoy en día, el ritual es el mismo aunque con muchas diferencias. Los que acuden a Francia también lo hacen por culpa de la economía, ya que la crisis que azota al país convierte a la vendimia francesa en una oportunidad irrechazable de conseguir unos ahorros. Ahora el autobús, unas 25 horas en la carretera, ha sustituido al tren, el sueldo sigue siendo atractivo aunque, respecto a lo que se gana en España, hace varias décadas la diferencia era mucho mayor y, sobre todo, las comunicaciones posibilitan que la estancia de los emigrantes en Francia no se convierta en un trauma.

Cuando Francisco Morillo, de Humilladero, se fue a Francia por primera vez regresó con un sueldo de 9.000 pesetas, «lo que era un dineral para aquella época, porque me acuerdo que a mi padre le costó la casa que teníamos 14.000», rememora. Fue en 1969 y él solo contaba con 14 años. Ahora, cuando Cristóbal Sánchez, de Sierra de Yeguas, vuelve de su aventura francesa, llega a casa con unos 2.700 euros. Un buen dinero, conseguido a razón de nueve euros por hora trabajada. Son dos ejemplos de ‘currantes’ del campo que un día decidieron probar suerte lejos de Málaga y, curiosamente, hoy los dos están encantados con su experiencia entre gabachos.

La historia de Francisco es curiosa desde el principio. En 1969, decidió irse con su padre y algunos vecinos más de Humilladero a trabajar en la vendimia cerca de Bourdeos. Pero, en realidad no podía debido a su corta edad. «Tuve que irme con el pasaporte de turista, porque con 14 años no podían hacerme el de trabajo», recuerda.

En aquel viaje, compartió vagón de tren con el exparlamentario y presidente de honor del Partido Comunista Antonio Romero, otro de los habituales en la vendimia francesa.

Las inquietudes políticas y la clara oposición al régimen franquista de ambos provocaban una curiosa imagen en la noches de la vendimia, al terminar de trabajar. «Nos reuníamos todos en torno a una radio que parecía un baúl, a escuchar la emisora clandestina de La Pirenaica donde daban noticias de España y recuerdo que algunas veces, incluso, hablaban de Humilladero», asegura Francisco.

Al volver a su pueblo, Francisco recuerda que «el profesor que teníamos en el colegio nos pidió que hiciéramos una redacción de lo que habíamos hecho allí, pero yo no sabía que poner porque fue todo trabajar».

Los viajes a Francia en aquella época eran toda una odisea que comenzaba con llegada del tren a la estación de Bobadilla. Antes de llegar al destino, durante tres días, había que hacer trasbordo en Madrid e Irún. Y a la llegada, esperaban 50 días de intensísimo trabajo, desconectados del mundo.

«Comunicarse con la familia era casi imposible porque las cartas tardaban en llegar más de una semana y muchas veces se perdían», comenta. Eso los que podían escribirlas, ya que muchos de los trabajadores no tenían formación y les resultaba imposible. «Los que sabían un poco les escribían las cartas a los demás, pero yo he visto situaciones muy tristes como las de algunos compañeros que recibían una carta y no podían leerla porque no sabían y, si les daba vergüenza decirlo, aguantaban allí con la carta hasta la vuelta», asegura Francisco.

Los días de trabajo en la vendimia eran para él muy duros, ya que se encarga de transportar al uva al remolque con una canasta que llevaba colgada a la espalda. «Eso sí, el ambiente siempre fue bueno y hoy en día mantengo el contacto que uno de los patrones que tuve, que vive en Avignon», dice.

Las condiciones en las que los trabajadores como Francisco pasaban esa temporada en Francia eran bastante precarias. «Tengo marcados los días de lluvia. Eran durísimos. Allí había que trabajar sí o sí, lloviera o no lloviera y se hacía muy duro. Además he visto a gente dormir en naves de vacas, con las camas separados por sacos», recuerda con tristeza.

Esas 9.000 pesetas que ganó en su primer año en la vendimia suponían un sueldo mucho mayor que lo que se cobraba en España, donde el sueldo en este tipo de trabajos era de 25 pesetas al día. «El dinero que conseguíamos merecía mucho la pena, ya que la diferencia con lo que se ganaba en el pueblo era grandísima. Hoy en día también se gana un buen dinero, pero la diferencia no es tan grande», explica.

Las diferencias, además, en el trabajo que se realiza también son notables respecto al actual. «Uno de mis patronos, por ejemplo, ahora tiene una fábrica en la que solo se dedica a realizar injertos de viña y la gente que va allí a trabajar no tiene que coger uva, si no que realiza sus funciones dentro de la fábrica», indica, a la vez que asegura que «en los últimos años ya nos dedicábamos a eso y recuerdo que dábamos muchas horas. Había días que curraba unas 18 horas, pero se ganaba mucho dinero. Hace poco un sobrino mío me comentó si podía ir allí a trabajar y, si quiere, tiene allí su casa ya que el patrón es como un padre para mí».

Francisco dejó de ir a Francia hace ahora seis años, «pero nunca diré que no volveré a ir porque quién sabe. Seguro que, al menos, de turismo sí que iré». Cristóbal Sánchez también conoció la vendimia francesa hace varias décadas, pero a diferencia de Francisco él volvió a engancharse a la emigración hace tres años. Desde entonces cada verano hace las maletas rumbo a la pequeña localidad de Menerbes. Este año su situación ha cambiado. Ya no viajará con su mujer, que tiene que cuidar de un familiar y tampoco lo hará con su amigo Sebastián Aguilar, el ‘encargado’ del grupo de Sierra de Yeguas que llevaba 40 años sin faltar a la vendimia. Este año le acompañarán Antonio y Bartolomé, otros dos vecinos del pueblo.

En el caso de Cristóbal, la crisis es la que le empujó a volver a viajar a Francia. Aunque este año le ha ido un poco mejor: «He estado trabajando hasta esta semana en un yacimiento en Casabermeja y ahora engancho con la vendimia, así que pasaremos un invierno mejor», comenta.

Viajes duros

La rutina sigue siendo la misma, aunque en su caso viaja en autobús. «Es lo que peor llevo porque tirarse 25 horas en un autobús te deja el cuerpo molido», explica. Una vez allí, le esperan 10 horas de trabajo diarias, con una parada de una hora para almorzar, y una charla amistosa antes de irse a la cama cada noche. «Este año nos vamos antes, sobre el 24 de agosto, porque ha hecho buen tiempo y la campaña se ha adelantado», asegura.

Como Francisco, Cristóbal también tiene buena relación con su patrón, cuyo cortijo se encuentra a solo un kilómetro de Menerbes. Incluso, le ayuda con los gastos del desplazamiento. «Normalmente, él paga la ida y nosotros la vuelta, con lo que nos ahorra unos 80 euros», dice.

La provincia de Málaga y, en especial, la comarca de Antequera está llena de casos como los de Francisco y Cristóbal, valientes que dejan su casa por una temporada para buscar en otros países el pan para su familia. En los últimos años ha vuelto a haber un repunte en el número de trabajadores que acuden a la vendimia debido a la situación económica y, a buen seguro, quedan bastantes años con malagueños en las viñas francesas.

La última aventura de la vendimia francesa comenzará en pocos días. Dos meses después llegarán los frutos del trabajo a distancia.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)