ANÁLISIS ZOE WILLIAMS / Londres The Guardian / EL MUNDO
La dimensión sociológica de los saqueos
Los disturbios tienen más que ver con el consumismo que con el malestar político
El Mundo, , 11-08-2011El día después de que Londres comenzara a arder hablé con Claire Fox, una radical izquierdista y residente en Word Green, al norte de la ciudad. Durante la mañana del domingo los saqueadores en su zona no sólo habían atacado el H&M local, sino que se habían estado probando antes la ropa que robaron. Fox dice que los disturbios parecían ser de carácter nihilista, sin aparante motivación política, ni tampoco sentido de comunidad o de solidaridad social.
Creo que es posible que una persona pueda llegar a ver los saqueadores transformados en figuras nobles y desesperadas en el caso de que se encontraran robando alimentos básicos. Pero eso es algo que no se puede hacer con quien está apropiándose de calzado de deporte, por no hablar de ordenadores portátiles. Los saqueos de las tiendas estaban caracterizados por las preferencias como consumidores de los propios saqueadores. Y esto es algo que jamás habíamos visto antes.
Que un acto de violencia por parte de las autoridades provoque un aullido de protesta es algo tan antiguo como el tiempo. Pero, ¿multitudes trasladándose desde un centro comercial hasta otro? ¿E intentando activamente evitar un enfrentamiento con la policía, tratando de entrar y salir de las tiendas antes de que llegaran los federales? Eso es nuevo.
¿Cómo se puede despreciar la ley y el orden, todo un universo moral, la cooperación, el propio fin de la existencia y, sin embargo, creer todavía en la ropa deportiva? Alex Hiller, un experto en Marketing de la Nottingham Business School, señalaba que no hay ningún conflicto entre los disturbios y el consumo. «El consumismo se apoya en los sentimientos de las personas que se sienten desconectadas del mundo».
No obstante, el hecho que los manifestantes no tengan una agenda política no significa que la respuesta no esté arraigada en circunstancias de orden político. La ministra de Interior, Theresa May, declaró que se trataba de «delincuencia pura». Una lectura autoritaria de la situación sería que ésta es una generación con un falso sentido de sus derechos, creada por la cultura victimista de las últimas décadas. Otros sugieren que se trata de una respuesta natural frente la brutalidad de la pobreza.
Entre estos dos polos, una lectura más pragmática: esto es lo que sucede cuando la gente no tiene nada, cuando tienen la nariz atacada por el aroma de cosas que nunca podrán permitirse el lujo de comprar.
El tipo de bienes saqueados parece particularmente relevante. Si hubieran ido a coger lo estrictamente necesario, creo que la gente se inclinaría hacia la compasión. Sin embargo, no me da la impresión de que estemos ante personas que padezcan hambre. Si hubieran ido a por los objetos de lujo más extravagantes, atacando Tiffany y Gucci, su actuación podría parecer algo más política. Su talón de Aquiles fue, sin embargo, ir a por las cosas a por las que demostraron querer ir.
El psicólogo Kay Nooney considera con cierta impaciencia la idea de los recortes sociales como motor de la anarquía. «Esto ha sido algo muy similar a un motín en una cárcel. Simplemente se tiene un alto volumen de personas con un historial de conducta impulsiva, inmersas en una aventura gigantesca».
Algo muy grave debe haber ocurrido para que los jóvenes se comporten en las calles como si ya hubieran sido encarcelados. Como otro criminólogo, John Pitts, dijo: «Muchas de las personas involucradas pueden proceder de entornos con bajos ingresos, alto desempleo… No tenían nada que perder».
Parece existir otro aspecto relacionado con la impunidad: el hecho de que las personas involucradas en los disturbios no estén tomando en serio la idea de que la situación podría rebotar en su contra. Las fotografías más dramáticas son de hombres jóvenes con pasamontañas pero, en realidad, resulta mucho más alarmante el número de personas que no han intentado cubrir sus rostros.
Esto nos devuelve a la idea de que, con el cierre de una serie de centros de menores, esta gente ya no cree que vayan a ir a parar a la cárcel por algo tan pequeño como robar unas zapatillas. Eso podría ser cierto a pequeña escala, pero cuando los jueces perciban que la confianza pública puesta en ellos puede estar en cuestión, tendrán que ponerse duros.
También hay elementos surrealistas, entre ello los alborotadores llamando a los policías federales, como si pensaran que están en la serie de televisión The Wire, y el envío de unos a otros de textos diciendo: «Si ves a un hermano… ¡SALUDA! Y si ves a un federal… ¡DISPARA!»
Durante la madrugada del lunes fue noticia que los comerciantes turcos de Dalston estaban luchando contra los merodeadores con bates de béisbol. Los enfrentamientos de Dalston nos vienen a recordar que establecimientos pequeños, tiendas de barrio que no están aseguradas hasta los dientes, también fueron saqueadas. Cuando una gran cadena es atacada, su protección corporativa implica que no respondamos emocionalmente. Cuando la tienda de la esquina es destruida el desorden tiene una víctima y nos sentimos profundamente disgustados. No se trata del material robado, sino la gente que está detrás de las cosas.
Falsos amigos. Un grupo de saqueadores fingían ayudar a un joven malasio que recibió una paliza en las revueltas. Mientras le levantaban, sangrando y con la mandíbula rota, aprovecharon para abrirle la mochila, robarle las pertenencias y huir con su bicicleta. Cameron citó ayer el episodio como ejemplo de los fallos de la sociedad británica.
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